Elegía por mi ciudad

Por Richard Ford, escritor, autor de novelas como El día de la Independencia, con la que ganó el Premio Pulitzer en 1996 (EL MUNDO, 05/09/05):

Un amigo, que es editor, me llamó. Me preguntó si conocía a alguien que pudiera escribir sobre Nueva Orleans. Que nos describiera lo que significa estar allí en este momento. Que nos acercara a lo que la gente está viviendo, a la sensación de pérdida, que nos hablara de lo que va a sobrevivir. Sabía que yo había vivido allí, que tenía una larga experiencia en la ciudad pero que de eso hacía mucho y que, por tanto, le pasaría el encargo a otra persona. Por supuesto que conozco gente, le dije. En mi mente comencé a repasar una lista de personas. ¿Y cómo damos con ellos?, me preguntó. Bueno, claro está, le dije. No podemos encontrarlos.Están en la ciudad. O en alguna otra parte. Están en algún lugar, pero no sé dónde. No sé que decirte.

Es como observar esta gran tragedia civil a través del ojo de una cerradura, muy pequeña. No es posible encontrar a las personas que deberían estar escribiendo sobre lo ocurrido. El intento de proponer un vocabulario para expresar nuestra empatía y opinión se ve frustrado en este momento de acuciante necesidad por la naturaleza clara y sencilla de la misma tragedia que necesita explicarse. Nunca antes ha habido que mirar a través de tantos ojos de cerradura.

En Estados Unidos, incluso a pesar de nuestros inconmensurables recuerdos del 11 de Septiembre, aún no tenemos un vocabulario humano preciso para expresar la pérdida de una ciudad, nuestra gran, icónica ciudad, tan elegante, habitable, insular, tan encantada consigo misma, tan excéntrica, la ciudad de la que, según creía Tenessee Williams, nadie se preocupaba y que, en ocasiones, parecía haber olvidado preocuparse de sí misma.

Otros pueblos han sufrido la pérdida de sus ciudades. Algunas bombardeadas (por nosotros). Otras arrastradas por inundaciones.He aquí ahora una tragedia más de la que pensamos que, por la gracia de alguna divinidad que no llegó nunca, podríamos llegar a librarnos. Pero no. Nuestros intentos inútiles de encontrar palabras sólo producen listas, costes, para determinar las culpas.Es como Hiroshima, dijo un funcionario. Pero, no. No es como nada. Es lo que es. Eso es lo difícil. El, al igual que todos nosotros, no encontraba palabras.

Para aquellos que están fuera de Nueva Orleans -la mayoría de nosotros-, en esta semana de lágrimas y pena, las palabras fallan.De alguna manera el alcance de nuestro corazón se queda corto y nos quedamos con una introspección dolorosa, sin sentido. No se trata de la tristeza por la casa que poseemos, o que poseíamos, y que ahora ha desaparecido. Ni siquiera por el milagro que sentimos al ver cómo dos niños con cara de inocentes giraban al ser ascendidos a un helicóptero, como si subieran a las nubes. Queremos más que eso, incluso desde esta larga y dolorosa distancia: queremos proyectar nuestro sentimiento directamente a la vida de una mujer que permanece con el agua hasta la cintura en medio de una brillante corriente tóxica, mientras las posesiones de toda una ciudad flotan a su alrededor y las suyas se encuentran en una bolsa de plástico, y que no tiene ninguna razón especial para tener esperanza y, por tanto, sólo mira hacia arriba. Todos quisiéramos darle nuestras esperanzas. Comodidad. Una parte de nosotros.Realizar un acto de renovación. Es difícil comprender esto, decimos.Pero tiene sentido. Que tenga sentido no ayuda en nada.

Dígame lo que siente, me dijo hoy una mujer en Los Angeles por teléfono. (Tengo teléfono, por supuesto). Dígame lo que piensa cuando piensa en Nueva Orleans. Debe sentir la pérdida de algunas cosas especiales. De recuerdos. Entonces me di cuenta, por su tono de voz, de que ella había decidido firmemente que se había producido una pérdida. Ah, sí, le contesté, aunque no se trata de los recuerdos que usted se imagina. Tengo una foto de mis padres tomada el día de la victoria contra Japón, en City Park, con un bebé de la mano, mirando a la cámara y al sol. Están vestidos con elegancia y alegres. Yo soy el bebé. Por tanto, me pregunto, ¿cómo le habrá ido al parque esta noche?

Recuerdo a mi padre y a mi madre borrachos como cubas una Nochevieja, enfrente de Antoine’s. Es casi medianoche, en el año 1951. No encontraron dónde dejarme, de modo que se pelearon (en realidad sólo fue una discusión) delante de mí. Mi padre puso contra la pared a mi madre en la calle St. Louis y le gritó. No sé qué le dijo. Más tarde, cuando estábamos en la cama en el Monteleone, yo en medio de los dos y bajo el ventilador de techo, ambos se echaron a llorar. ¿Qué será ahora del Antoine’s? ¿Qué será de los camareros que hace una semana fumaban en la calle con sus delantales blancos? ¿Qué será de la calle St. Louis?

Recuerdo un verano caluroso y sofocante. Es muchos veranos reunidos en uno. Mi madre me llevó al ferry de Algiers, un barco en el que los coches se colocaban en la cubierta. En medio de las aguas marrones del río se encontraba el único amago de brisa que podía hallarse en toda la ciudad. Navegamos de ida y vuelta hasta el pie de Canal Street. Fuimos de un lado a otro. Me compró pralinés.Fui de su mano durante todo el trayecto, hasta que finalmente se puso el sol y cayó la noche calurosa. Y ahora, ¿qué será del río? ¿Y del ferry de Algiers? ¿Y de Algiers? Todos los recuerdos se resuelven en la mirada.

Un último recuerdo, más cercano. Mi mujer y yo salimos de la casa de un amigo y caminamos a la nuestra a lo largo de la arbolada calle Coliseum. Es el año 2003 y son las once de una noche templada de enero. Sólo estamos a unos pasos de nuestra puerta cuando un chico salta de un coche y nos dice que no dudará en matarnos si no le entregamos todo inmediatamente. Lleva una pequeña pistola niquelada para convencernos. Digamos que tiene unos 16 años.Y habla en serio. Pero se ríe cuando le decimos que no tenemos ni un centavo. Y es cierto. Me saco los bolsillos del pantalón, como un vagabundo. «Pero, bueno», dijo, casi feliz, olvidándose de su arma. «No deberíais andar por aquí a estas horas». Acto seguido niega con la cabeza, mira al pavimento y luego se marcha en el coche. El chico debe de tener 19 años ahora. Espero que se encuentre a salvo en algún lugar.

Nueva Orleans es una ciudad importante para proyecciones especiales, para las cosas que uno no puede hacer, ver, pensar, consumir, sentir u olvidar en Jackson o Little Rock o Topeka. «Estamos en el punto de arranque», escribió Miss Welty. Hablaba de Plaquemines, situado al otro lado del río. Nueva Orleans es el lugar donde termina la tierra firme y comienza un equilibrio precario. A cierta clase de gente le gusta este lugar. A cierta clase de gente le gusta llegar a la ciudad y no marcharse nunca.

Y también están sus tranvías (o estaban). Y los robles y los encantadores bulevares franceses y las mansiones de los ricos.Buddy Bolden nació allí y Louis Armstrong creció en Storyville.Era imposible divorciarse, contraer matrimonio o vender la casa durante el festival de Mardigras. Y si bien no permitían la entrada de judíos y negros en el Boston Club, las razas se entremezclaban y a menudo la gente bailaba en las calles. Suscribían el Código Napoleónico.

Pero ya está bien de recuerdos. Recordar cautiva, pero confunde y posiblemente nos frena. Ya es bastante difícil encajar las cosas. Cuando pienso en mis amigos de la ciudad esta mañana, los imagino en un lugar alto y seco, donde pertenecen, siendo ellos mismos en la vida normal que tenían. Apago el televisor, únicamente para pensar en mi propia pena y en los pensamientos que les dedicaré en el futuro. Los recuerdos se resuelven en la mirada.

Desde las ruinas no es fácil saber qué debemos pensar. Es posible que incluso el presidente se haya sentido así al pasar en vuelo rasante sobre aquella extensa sábana de agua oscura, desde donde se asomaban los tejados, el enorme hundimiento, los edificios acribillados por el viento, aquella pequeña figura (¿podía ver quién era ella?) que miraba al cielo. Algo habrá ahí cuando bajen las aguas. Lo sabemos. Será esa gente que ahora está en medio del agua, y encima de aquellos tejados, muchos negros, muchos pobres. Sin hogar. Olvidados. Y será Nueva Orleans, aunque su memoria quizá se acorte, su ensimismamiento y su excentricidad queden algo erosionados de manera que lo que quede será una ciudad parecida a otras ciudades, menos insular, menos entregada a si misma, pero posiblemente más consciente de sí misma después del día de hoy. Una ciudad asentada en tierra más firme.

Hoy, escribo en lugar de los otros, por los que nadie encuentra.Y ahora viene un desenlace brusco, el que siempre hemos temido, el que nunca hemos deseado, el que no merecemos. No me interpretéis mal. Todos desearíamos hacer retroceder los días si pudiéramos, recuperar aquellos viejos problemas, aquellas viejas excentricidades.Pero el día de hoy es un comienzo. No hay mejor manera de verlo.Los otros, sin duda, comenzarán a escribir pronto.