Ellos y nosotros

No sé si podemos decir que lo que está pasando en nuestro país es los que nos está pasando a nosotros o, por el contrario, es cosa de ellos, porque siempre podrán espetarnos que no hay otra legitimidad política que el sufragio, y por eso están ahí. Elegir es una palabra sagrada por la que lucharon algunos padres y abuelos de los que hoy se sientan en el hemiciclo de la carrera de San Jerónimo. Palabra sagrada, degenerada en tabú por quienes solo ven en ella el acceso a un sueldo vitalicio con el salvoconducto del aforamiento.

Elecciones: neguemos la mayor. Muchos hemos votado ininterrumpidamente en cuantas elecciones nos han puesto por delante, desde las primeras generales de 1977 hasta las últimas de junio del 2016, con ánimo decreciente desde la exaltación al despecho, hasta el punto de no sentirnos representados por ningún diputado de los que el pasado 1 de junio escenificaron el cambio de Gobierno, vencedores o vencidos. Denunciemos esta obviedad: nosotros habremos votado a estas personas, pero no las hemos elegido, porque cuando depositamos nuestro voto en la urna tiraron luego de la cadena, haciéndonos por enésima vez el mismo chantaje moral. Durante mucho tiempo hemos aceptado los defectos de nuestra democracia pensando en el fondo de vacío y horror que había fuera de ella, en el caos y en el salvajismo del mundo externo a la dignidad de la civitas y la seguridad de la polis. Hasta que, sin cortafuegos morales, hemos dejado que ese horror se incube intramuros, dentro del sistema, y ya sea probablemente muy tarde para que el país recobre una solvencia cívica, una madurez de criterio como para dar verdadero sentido al sufragio, lo que implicaría una renovación, tan intensa como impensable, de esto que Iglesias acertó en llamar «la casta», aunque tuviera el descaro de excluirse de ella.

La casta no sólo es un concepto sociopolítico, sino espacial y temporal. Los jóvenes de la Transición hemos sido una generación de odiseos que ha gozado de esa forma de plenitud que es la esperanza, intensa en el gerundio de la acción y desvanecida en el participio de los logros. Llegamos a la democracia como a Ítaca, creyendo que era una meta sin saber que era un principio. Y fue culpa nuestra entregarles a ellos la propiedad absoluta de ese predio político sin que asumiéramos siquiera la responsabilidad de los aparceros.

Con nuestro consentimiento pastueño se apropiaron en exclusiva del territorio y del discurso, con sus partidos como capataces y nosotros como siervos, en una entrega de la plaza más por abandono que por asalto. Aunque el deterioro de nuestra democracia arranca del primer minuto de su andadura, un sentido de gato escaldado nos hacía sacrificar lo accesorio para preservar lo importante. Caer en la decepción prematuramente, incluso desde un diletantismo izquierdista, apenas ocultaba una secreta nostalgia por el régimen pasado. (El contra Franco vivíamos mejor no dejaba de ser una gracia tóxica). Pero 40 años después, y degenerando, como el banderillero de Belmonte, hemos llegado a lo ocurrido estos días, un choque de dos mundos cuyo estallido ha traspasado la pantalla del televisor.

Hoy, definitivamente, podemos decir que la política era algo espacial y temporalmente ajeno, un asunto de ellos que en modo alguno nos concernía. No habría hecho falta que luego viéramos en las hemerotecas y en las redes, con resignada indignación, sangrantes recordatorios de las mentiras y contradicciones de algunos de los protagonistas. No habría hecho falta la irritación suplementaria que nos provocaba el desprecio intrínseco a su engaño. Era esa alteridad, esa condición absolutamente ajena y lejana a nuestras inquietudes y nuestros intereses lo que resultaba aterrador como un cuento de Lovecraft; porque, sinceramente, no creo que esa maquinación que deviene en «asociación criminal para delinquir», según la truculenta consideración que del poder político se tiene desde un poder judicial jacobino, sea algo que pueda adoptarse solo desde la deleznable catadura moral de unos culpables desenmascarados. Es necesario además estar viviendo en una realidad paralela, fabricarse, como se dice ahora, un relato de ficción al otro lado del espejo donde todo escrúpulo moral es abolido por el acto mismo de representarnos, interpretado por ellos como una entrega de nuestra voluntad de la que, en adelante, habrían de ser dueños absolutos. Solo desde una patrimonialización de nuestras voluntades, desde una apropiación oligárquica del espacio de lo público, puede entenderse la normalidad de esa usurpación, concebida como una transubstanciación litúrgica: el mundo de la calle transmutado, que no representado, en el mundo de la política, pervertido así de su más elemental y aristotélico significado.

Que un partido corrupto siguiera gobernando este país era una indecencia insostenible pero, por escandalosa que fuera, no dejaba de ser una corrupción adjetiva, en la medida en que el Estado ha demostrado tener resortes para atajarla, aún en el fragor de la batalla que está librando contra su intento de derribo. Mas no hay resortes que valgan para acabar con esa corrupción medular que supone la brecha entre la superestructura de la política y la infraestructura de la calle -léase nosotros- confinada ésta en su más subterránea acepción de cañería, necesaria, pero invisible y, por tanto, ignorada. Cubrir esa brecha es la verdadera tarea de regeneración democrática. Necesitamos restituir un vínculo de conocimiento y afecto personal entre representados y representantes de manera que, una vez elegidos éstos con su ideología a cara descubierta, respondan ante nosotros antes que a las consignas del grupo. Tal vez ese día podamos conocer a nuestros diputados y pedirles cuentas de su actuación. Y tal vez entonces puedan comprobar que la fuerza está más en el calor de la hinchada que en las conspiraciones del vestuario.

Un compungido Mariano Rajoy reclamaba ante su Comité Ejecutivo Nacional que ellos, además de políticos, eran personas. Es una forma de concluir en lo evidente, pero también es una lástima recuperar esa conciencia solo cuando ya no perteneces al club.

Salvador Moreno Peralta es arquitecto.

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