Elogio a las personas honradas

«Hay una obra de teatro del inglés Robert Bolt, famosa por su adaptación al cine de la mano del austriaco Fred Zinemann, en 1966, con el título Un hombre para la eternidad, que retrata magistralmente a Santo Tomás Moro. El gran intelectual y político europeo, nombrado por san Juan Pablo II patrono de los políticos, ha pasado a la historia como modelo de hombre fiel a su conciencia por encima de las coyunturas políticas, y la suya no fue especialmente sencilla.

En una conversación con el pragmático cardenal canciller de Inglaterra, Thomas Wolsey, que reprocha a Moro sus «escrúpulos de conciencia» con respecto a la validez o nulidad del matrimonio del Rey Enrique VIII con Catalina de Aragón, el dramaturgo británico pone como respuesta las siguientes palabras en boca de Tomás Moro: «Cuando los gobernantes hacen caso omiso de sus conciencias, en nombre de sus deberes, creo que acaban llevando a sus países por el camino más corto hacia el caos».

Elogio a las personas honradasLejos de la famosa distinción weberiana entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, intento de actualización de las doctrinas de Maquiavelo, el ejemplo de Tomás Moro no ha dejado de iluminar a muchos servidores públicos que son conscientes de que las leyes requieren para cumplir su fin de la honradez de las personas llamadas a aplicarlas y a cumplirlas. Afortunadamente no faltan hoy en día personas en casi todas las instituciones del Estado que no están dispuestas a cualquier cosa con tal de conservar el cargo o de seguir ascendiendo en el escalafón.

Es lógico que muchas veces nos fijemos más en aquellos que parecen actuar sin escrúpulos y sin respetarse ni siquiera a sí mismos, entre otras cosas porque les juzgamos acertadamente un peligro para la sociedad. Pero también conviene de vez en cuando destacar la actuación de aquellos que cumplen con su deber, desoyendo presiones y amenazas de distinto orden y atentos sólo a la voz de su conciencia y a los principios que un día juraron respetar.

Pienso que en los últimos años no han faltado ni faltan en España personas honradas que han cumplido y cumplen un papel positivo que conviene destacar y agradecer. Algunos son bien conocidos y otros permanecerán para siempre en el anonimato, pero es preciso no olvidar sus actuaciones, pues gracias a ellos el caos no ha terminado de adueñarse por completo de nuestro país y su presencia nos permite ser moderadamente optimistas, a pesar de los nubarrones que se atisban en el horizonte cercano.

De los conocidos, el Rey Felipe VI ocupa un lugar destacado desde su ya célebre discurso a la nación del 3 de octubre de 2017, que le granjeó el respeto de la inmensa mayoría de los ciudadanos y la lógica antipatía de los auto declarados enemigos de España. El Jefe del Estado entendió que, ante la injusticia cometida por los políticos independentistas catalanes contra el resto de españoles en general, y contra más de la mitad de ciudadanos de Cataluña, en particular, no cabía ponerse de perfil y optó por defender el bien común amenazado de forma bastante irresponsable.

Podríamos seguir citando a jueces y a magistrados del Tribunal Supremo, del Constitucional o de la Audiencia Nacional, incluso de la Fiscalía General del Estado, así como a los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que actuaron con generosidad y proporcionalidad en situaciones difíciles en las que les pusieron algunos políticos irresponsables. También cabría citar a otras personalidades de la política, de la universidad y del periodismo, que han hecho lo que estaba a su alcance por defender la verdad de lo que consideran justo.

Junto a las personas relevantes, no ignoramos que existe una incontable muchedumbre de españoles que trabajan todos los días por sacar este país adelante y lo hacen de manera honrada y profesional. Nos los encontramos a diario en nuestros hospitales, nuestros comercios, nuestras iglesias, nuestras escuelas y hay que reconocer que su buen hacer nos reconforta en medio de tantas noticias preocupantes sobre delincuentes y actividades delictivas o presuntamente delictivas.

Se ha vuelto común en algunos ambientes hacer referencia a la pasividad de la ciudadanía ante las desasosegantes noticias sobre la formación del próximo Gobierno de España que nos llegan prácticamente a diario. La verdad es que no sé qué otra cosa podríamos hacer que cumplir cada uno nuestro deber lo mejor que sepamos, escribir los profesionales de la comunicación, denunciar públicamente los diputados y senadores que no comparten la actuación del presidente del Gobierno, actuar judicialmente los que están llamados a ello, firmar manifiestos, etcétera.

En definitiva, hay personas que tratan de acabar con la «espiral del silencio», como la denominó en su día la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, que lleva a la mayoría de la opinión pública a adaptar pasivamente su comportamiento a las actitudes que parecen predominantes sobre lo que es aceptable y lo que no, dictadas por los más audaces, que no siempre son los más honrados ni aquellos que piensan en el bien común por encima del propio. Son precisamente los que se atreven a desafiar a esa minoría defendiendo sus convicciones en público los que prestan un servicio insustituible a la causa de la justicia y de la libertad.

Ante la actitud desvergonzada y sonrojante de aquellos que mienten continuamente sin inmutarse o de los que están dispuestos a cualquier sacrificio (ajeno) con tal de conservar el poder o cualquier posición de privilegio, sólo cabe la movilización de las gentes honradas, donde cada uno cumpla con su deber y sea consecuente con lo que un día se ha comprometido a hacer. Soy de la opinión de que en España y en todo el mundo son mayoría las personas honradas, aunque a veces se vean secuestradas y pisoteadas por minorías activas de indeseables. Confiemos en que al final triunfen estas mayorías honradas y aportemos a ello nuestra insustituible contribución personal. Y recordemos mientras tanto aquella frase del filósofo Leonardo Polo: «En esta vida, todo éxito es prematuro».

Santiago Leyra Curiá es académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

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