Elogio de la curiosidad

Una charla dada el otro día en una escuela de Vilafranca a un grupo de alumnos de bachillerato obliga a reflexionar sobre qué decir a quienes se preguntan qué estudiar. En esa elección, resultante de factores muy diversos, pesa hoy mucho más que hace una generación el ansia por encontrar un buen empleo y el temor a no alcanzarlo. Ese temor se debe desde luego a la experiencia de esta crisis, pero muchos creemos ver, más allá de un ciclo particularmente adverso, una tendencia a que en el futuro se necesite cada vez menos trabajo. Nada hay seguro, pero vale la pena detenerse un poco a examinar esa posibilidad.

Sobre el empleo se ejercen hoy, en países como el nuestro, dos poderosas influencias: la globalización, que hace más fácil que antaño surtirse de proveedores extranjeros o trasladar la producción a otro país; y la digitalización, con robots y ordenadores como protagonistas. Una y otra son interdependientes, y crean empleos a la vez que los destruyen, pero la destrucción parece ir más deprisa. Una y otra no se distribuyen por igual sobre todas las clases de empleos hoy existentes: se crean trabajos de cualificación relativamente baja, con abundancia de trabajos manuales que requieren presencia física, y en los de más alta cualificación, con predominio del trabajo intelectual. Así, floristas o ayudantes de enfermería, en un extremo, médicos y magistrados en el otro, parecen estar bastante protegidos, mientras que en el centro, entre las tareas administrativas y muchos empleos industriales, es donde se encuentran los trabajos más vulnerables. Y el campo de actividades en que el trabajo humano puede ser sustituido se extiende en direcciones que nadie hubiera creído posible no hace muchos años. Los robots imaginados por Asimov hace más de medio siglo parecen hoy estar a nuestro alcance. ¿Qué aptitudes o habilidades poseerá el hombre en el futuro que una máquina, robot u ordenador, no pueda poseer en grado mayor?

La respuesta a esta pregunta puede darnos una pista sobre las facultades que puede uno cultivar, o estimular en los demás, para no verse sumergido por la marea de la digitalización.

La curiosidad parece una cualidad o disposición que queda fuera del alcance de la máquina, porque el curioso lo es de cualquier cosa que desconoce, husmea sin un propósito definido, se enfrenta con un problema por el gusto de resolverlo, y adquiere así el hábito de decidir en situaciones imprevistas, algo que todos coinciden en señalar como no programable. Claro que no basta con estimular la curiosidad, porque esta debe ir apoyada por la confianza: uno debe abordar un problema creyendo que terminará resolviéndolo. Por eso el arte del maestro consiste en exigir al alumno todo lo que este puede hacer, pero no más, porque de lo contrario la confianza se pierde y se apaga la iniciativa. La curiosidad debe equilibrarse con el rigor para no dar en futilidad, mientras que quien se guía sólo por el rigor tiene la partida perdida frente a la máquina. Por último, la posibilidad de ponerse en el lugar del otro, de sentir lo que éste siente –algo que poseían los robots de Asimov– eso que se llama hoy empatía no parece que vaya a estar al alcance de robots u ordenadores. Curiosidad, confianza, rigor, empatía: es en este plano donde hay que sentar las bases de una educación que nos permita no perder pie frente al cambio tecnológico, no caer en la fascinación de algo que es a fin de cuentas obra nuestra y tratar, al contrario, de dirigirlo para nuestro bien.

Ya se sabe que esta base se consolida durante la pequeña infancia, y que tratar de suplir sus carencias más tarde es más difícil, incierto y costoso; de ahí la importancia de esa primera enseñanza, aunque parezca tener más de juego que de instrucción. Sobre esa base puede uno ir pensando en etapas, asignaturas, contenidos y hasta carreras; puede el joven preguntarse qué estudiar, y el educador pensar qué sería mejor enseñar. Por cierto que el guardián de las puertas de la enseñanza superior debería dar muestras de gran modestia: aunque sepa mucho ignora lo más importante, qué conocimientos harán más fácil al alumno ganarse la vida. Debería, pues, admitir que muchos se arrepentirán de su primera elección, y permitir que ese arrepentimiento no lleve aparejada la penitencia de tener que volver al cruce en que tomaron el camino equivocado. Debería facilitar en lo posible los cambios, para formar gente competente y feliz. La flexibilidad que exige el mundo de hoy debe verse correspondida por la flexibilidad de las opciones de formación. En este punto puede uno extrañarse, no sólo de la extraordinaria rigidez impuesta por docentes y autoridades a los programas, sino también de la asombrosa capacidad de los estudiantes por ir en pos de fuegos fatuos como el asunto de la duración de las carreras. Sobre todo porque nadie puede saber qué conocimientos serán necesarios durante toda la vida, o pensar que no volverá nunca más a las aulas. Más que de atesorar conocimientos que deberán ser revisados periódicamente será cuestión, no de tratar de imitar a las máquinas o de luchar contra ellas, sino de concentrarse en lo que nos hace más humanos.

Alfredo Pastor, cátedra Iese – Banc Sabadell de Economías Emergentes

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