Elogio de la moderación política

Por Joaquín Calomarde, diputado del PP al Congreso por Valencia (EL PAÍS, 28/09/06):

La templanza y la moderación políticas, frente a la exaltada imprudencia y la inútil temeridad, definen la cualidad de lo sobrio. Ser moderado tiene poco que ver con el semblante enjuto de un espíritu mojigato. Por el contrario, la sobriedad atañe siempre a la templanza del talante; al equilibrio de las pasiones y a la posesión de un espíritu tolerante y libre. Se es sobrio porque no se precisa el exceso ni nada de lo que a él se asocia: el cultivo del escándalo y la algarabía como sustitución de la política y lo político.

La moderación política tiene que ver con una cierta sabiduría de la excelencia por la que buscamos antes el equilibrio y el placer de lo conquistado con sosiego que la anhelante búsqueda de lo rutilante y estrepitoso. La moderación política que el ejercicio de la sobriedad precisa frecuenta, por el contrario, el arte de la dialéctica y la cadencia del diálogo; prefiere electivamente una razón mediadora que una fuerza, bruta e iracunda, enervada, excluyente y, por ello, sectaria.

La moderación política huye de cualquier apocalipsis y no espera ni reclama el juicio final ni la conclusión convulsa o inerme de la historia o el acoso triunfante y banal de cualquier revolución simbólica.

Ejemplos: urge reconducir, en este preciso momento de nuestra actualidad pública, el debate sobre la tragedia del 11-M a su lugar natural, la Audiencia Nacional, por un lado, y centrarse en lograr por todos el mayor de los apoyos a las víctimas de la masacre. Urge, a su vez, mirar al futuro del país desde posiciones dialogantes, para mejorar la educación española, de la que depende el futuro entero de nuestra nación; para terminar con el terrorismo (y en este asunto capital para la vida democrática española será, antes o después, imprescindible el concurso de todas las fuerzas políticas parlamentarias y constitucionales españolas, nacionalistas y no nacionalistas); para normalizar la política autonómica; para dejar claro de una vez que las autonomías son Estado y, precisamente por ello, no son contrapoderes del Estado (otra cosa es que la Administración central del Estado quiera y deba ejercer legítimamente sus competencias propias).

Urge asimismo un trabajo conjunto de todas las fuerzas políticas, y muy especialmente las mayoritarias, por llegar a acuerdos razonables, y practicables, acerca de la inmigración en España, que es un enorme beneficio para la sociedad española, pero sin seguir soportando la ilegalidad de las mafias y los intereses, no siempre altruistas, de los países de origen de esa inmigración. Como país de la Unión Europea, le urge a España (de manera moderadamente acordada) ser motor de una política de ayuda y cooperación al desarrollo con los países más pobres. Por ellos y por la defensa de nuestros propios intereses nacionales.

Todos estos son ejemplos prácticos de la moderación que debe inspirar el debate y la política concreta de las grandes fuerzas políticas españolas, Partido Popular y Partido Socialista.

Por último, convendría pensar con sensatez que los nacionalismos vasco y catalán, de modo especial, no son enemigos declarados de España, sino todo lo contrario. Expresan voluntades políticas soberanas legitimadas por las urnas, y, por ello, son grupos democráticos con los que no dialogar es absurdo en democracia. Porque representan legítimamente lo que son.

Y también habrá que ir reconociendo que hay pueblos cuya identidad pretende ser una identidad nacional, sin que por ello, en modo alguno, se excluya su integración en formas estatales comunes, emanadas precisamente de nuestro ordenamiento constitucional.

Lo importante, al definir conjuntamente la nación española, es ser conscientes, todos, de que no puede ser otra cosa que la voluntad de vivir juntos; esto es, de convivir democráticamente. Por ello, el termino “nacionalidad o nación” también puede ser comprendido, no sólo como una simple reivindicación de autodeterminación soberana, sino como un modelo constitucional de autoidentificación. Como ocurre en el Reino Unido con las diversas “naciones, países y regiones” que lo integran.

Los nacionalismos en España no tienen, por tanto, que verse como hechos políticos negativos a combatir, sino como expresiones democráticas positivas con las que dialogar y colaborar, en su caso, desde posiciones moderadas, liberales y no extremistas.

Revitalicemos, moderada y conjuntamente, nacionalistas y no nacionalistas, demócratas todos, la racionalidad del Estado constitucional. Lo que de racional hay en el ejercicio de la responsabilidad pública o de la universalidad cívica de la razón general necesariamente debe sernos común, y por ello hay que apostar con claridad, desde cualquiera que sea la mayoría democrática de nuestro Parlamento y país (Partido Socialista, Partido Popular o cuantas combinaciones democráticas las urnas demanden y permitan), por la continuidad y mejora del Estado democrático en tanto que plasmación del elenco de valores que hacen viable la convivencia civil y el apasionamiento incruento.

Por todo ello, la moderación política puede y debe ser cultivo universalmente aceptado en nuestra práctica pública si queremos mejorar España y, con ella, la vida de los españoles. Que no otros deberían, a mi juicio, constituir la esencia democrática de la política en el presente de nuestro país y en nuestro más inmediato futuro colectivo.