Elogio del cientificismo

Es sabido que todo puede falsificarse. El motivo principal es que los crédulos son más que los escépticos. Además, lo falsificado suele ser más rentable que lo genuino. Esto vale incluso para las ciencias. Baste recordar el éxito comercial de la medicina “alternativa” y el psicoanálisis.

Lo que ocurre con la ciencia también pasa con el cientificismo. El pseudocientificismo consiste en presentar pseudociencias como si fuesen ciencias auténticas porque exhiben algunos de los atributos de la ciencia, en particular el uso conspicuo de símbolos matemáticos, aunque carecen de sus propiedades esenciales, en especial la compatibilidad con el conocimiento anterior y la contrastabilidad empírica.

El pseudocientificismo es particularmente dañino cuando se alía con el poder político. Baste recordar la oposición de los filósofos soviéticos a la ciencia “burguesa” y la reputación que ganó el contable Robert McNamara, ministro de Defensa en los gobiernos de Kennedy y Johnson, por garantizar que su equipo ganaría la guerra contra Vietnam porque la librarían “científicamente”. Lo que McNamara llamaba “estrategia científica” era programación que usaba teorías que parecían científicas pero no lo eran.

Las teorías de la decisión y de juegos eran piezas cruciales en el maletín intelectual de McNamara. Estas teorías presuponen la tesis individualista de que la sociedad es una colección de individuos libres motivados por intereses personales, así como dotados de la capacidad de calcular tanto la probabilidad como la utilidad del resultado de todas sus acciones posibles, más la capacidad de idear la mejor estrategia para maximizar el producto de ambos números. No hay ciencia en la aplicación de estas teorías a la política, ya que a) los individuos que postula son imaginarios; b) lo que importa en política no es el individuo aislado sino el grupo social; y c) los números en cuestión no han sido hallados sino inventados, y ningún experimento ha corroborado la conjetura de la maximización.

En todo caso, si los estrategas norteamericanos utilizaron esas teorías en esa guerra, sobreestimaron sus propias probabilidades y utilidades al tiempo que subestimaron las de sus enemigos, como sostuve antes del fin de esa guerra. Desde luego, esa derrota no fue la de la ciencia ni la del cientificismo; los perdedores fueron la arrogancia imperial y la pseudociencia.

¿Qué tiene de especial la ciencia?

¿Por qué es preferible el cientificismo a su alternativa “humanista”? La respuesta habitual es porque el enfoque científico da más resultados que sus alternativas: tradición, intuición o corazonada (en particular, Verstehen), ensayo y error, y contemplación del ombligo (en particular, modelación matemática a priori). Pero, a su vez, esta respuesta suscita la pregunta: ¿Por qué funciona mejor la ciencia?

Respondo: la vía científica es la que mejor conduce a verdades objetivas o impersonales porque se adecúa tanto al mundo como a nuestro aparato cognitivo. En efecto, el mundo no es la colección de retazos de apariencias que imaginaron Ptolomeo, Hume, Kant, Comte, Mill, Mach, Duhem, Russell y Carnap, sino el sistema de todos los sistemas materiales. Y los seres humanos pueden aprender a usar y aguzar no sólo sus sentidos —que solo dan apariencias— sino también su imaginación, así como controlarla de cuatro maneras diferentes: por observación, por experimento, por cálculo y por compatibilidad con otros elementos del conocimiento anterior.

Además, a diferencia de la superstición y la ideología, la ciencia puede crecer exponencialmente por un mecanismo conocido: la retroalimentación positiva, en la que parte del producto se invierte en el sistema. Pero está claro que la continuación de este proceso requiere invertir alrededor del 3% del PIB en investigación y desarrollo, y esto es algo que no están dispuestos a hacer los políticos anticientificistas.

Esto se aplica, en particular, a la investigación politológica, que la National Science Foundation dejó de subvencionar por atenerse a la restrición de “malgasto” aprobada por el Senado de los EE UU en 2013. ¿No es emblemático que Condorcet, un gran politólogo y el redactor del primer manifiesto cientificista, se suicidara para evitar que lo hiciera guillotinar Robespierre, admirador de Rousseau, quien había antepuesto el sentimiento al razonamiento?

En resumen, la adherencia al cientificismo ha sido muy rentable tanto cultural como económicamente, mientras que la obediencia al anticientificismo amenaza el crecimiento del saber, el cual, aunque con algunos retrocesos temporales, ha venido ocurriendo desde los tiempos de Galileo, Descartes y Harvey.

* Este texto es la parte final del artículo “Elogio del cientificismo”, de Mario Bunge, que encabeza el libro de igual título, Elogio del cientificismo, recopilado por Gabriel Andrade y editado por Laetoli en su Biblioteca Bunge, que se pondrá a la venta en los próximos días. Otros autores de este libro colectivo son Peter Schlötter, Dominique Raynaud, Gustavo E. Romero, Eustoquio Molina, Telmo Pievani, Víctor-Javier Sanz, Carlos Elías, Andrés Carmona y Miguel A. Quintanilla.

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