Elogio del estudiante de periodismo

A Miguel de la Quadra-Salcedo, in memoriam

Se preguntaba Luis Ventoso en esta misma cabecera en qué otra organización se puede «conversar con docenas de profesionales altamente especializados en las más diversas materias». El brillante columnista y corresponsal en Londres aludía a la redacción de un gran diario, pero a mí se me figuró una universidad. Sin duda, no solo en sus aulas es posible asistir a «espectaculares lecciones magistrales». Y, como es natural, me sentí una vez más un privilegiado por disfrutar de un empleo que coincide con mi vocación y que me permite formar a un microcosmos profesional tan enriquecedor como el de los informadores.

Se lamentaba también Ventoso, y con razón, de que una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo. España está aquejada de un sentimentalismo que desprecia el trabajo constante, fatigoso y prosaico. Precisamente por eso, y al calor del torvo informe difundido por Reporteros Sin Fronteras y Amnistía Internacional en el Día Mundial de la Libertad de Prensa, me he animado a romper una lanza por el alumno de Periodismo. Al menos en mi experiencia, que en últimos años transcurre en una universidad a distancia y basada en las nuevas tecnologías, este responde habitualmente al perfil trazado por Eugenio d’Ors, otra firma egregia de ABC. En su conferencia «Aprendizaje y heroísmo», impartida en la Residencia de Estudiantes hace ahora un siglo, el genial autor del Glosario postulaba para nuestro país una nueva «aristocracia de la conducta». D’Ors, que firmaba sus textos periodísticos como Xenius, se refería a una moral basada en el heroísmo formativo y profesional. De hecho, no concebía «faena» que no se volviera «noble y santa» si su protagonista introducía en ella el propio espíritu a través de su esfuerzo. Da igual que se tratara de un caricaturista, un carpintero, un basurero o aquel que se encarga de llenar «las fajas para repartir un periódico a los suscriptores».

No disociar el ideal de la tarea cotidiana, entregar la vida sin separarla, sin reducirla a compartimentos. Esa era la divisa de d’Ors, que escogió como abanderado del gran artesano a Bernardo de Palissy, ceramista y prototipo de hombre del Renacimiento. Víctima de las persecuciones religiosas, Palissy no se retractó de sus convicciones para esquivar la prisión. Y es que, como subrayó Xenius, por amor a su oficio había trabajado la conciencia «como una de sus obras de arte».

De ahí que me fascinen muchos de mis estudiantes. Me descubro ante los más jóvenes, en primer lugar, por arriesgarlo todo, en un solo envite, eligiendo una profesión por lo general mal remunerada, sacudida por el paro y habitualmente poco prestigiada. Tan meritorio me parece, igualmente, el sacrificio de los veteranos que retornan a las aulas. Algunos de ellos ejercen, y con brillantez, una actividad que no tiene regulación profesional obligatoria; ahora buscan el armazón teórico que en algún momento echaron en falta. Otros provienen de campos en apariencia muy lejanos a los de la información (arquitectura, medicina, ingeniería, abogacía, etc.), pero se acercan al periodismo con el respeto reverencial que solo suscitan las cosas bellas.

Cuánta vocación puede frustrarse por escrúpulo o desconocimiento. Pero nunca es tarde. Muchos comienzan ya desde el aula a ennoblecer la tarea del otrora llamado gacetillero. Se aproximan al oficio con la minucia del orfebre; el recogimiento del místico, que no es otra cosa que humildad; y el sacrificio del corredor de fondo. En tiempos de inequívoca blandura estos alumnos rehabilitan, de acuerdo con D’Ors, «el valor del esfuerzo, del dolor, de la disciplina de la voluntad, ligada, para decirlo de una vez, no a aquello que place, sino a aquello que desplace». Cumplen con su categórico mandato: «Estudiante, arrodíllate. Pedagogos, haced arrodillar, haced arrodillar». Porque, en resumidas cuentas, la nobleza solo se alcanza a través del ejercicio heroico de un aprendizaje. Y nadie que no haya sido aprendiz puede llegar jamás a ser maestro.

Sorprende la actualidad de D’Ors en lo que se refiere a esa parte lúdica y práctica que muchos asocian al «Proceso de Bolonia». Cien años antes de que surgiera el vigente Espacio Europeo de Educación Superior, Xenius impartía una conferencia sobre Goethe disfrazado del sabio romántico alemán. Era otro modo para aquel torrente de ingenio y fabulador infatigable de no perder de vista su principal norma: «Elevar la anécdota a categoría».

No parece episódico que el erudito catalán aparezca hoy entre los muchos damnificados en la revancha del callejero madrileño. Resulta paradójico. Los responsables de ese peculiar ajuste de cuentas han decidido abandonar las aulas universitarias para ocupar el poder. Parafraseando a Foxá, otra probable víctima de la «memoria histórica», nunca podré entender que quieran ganar el cetro a costa de perder la sonrisa.

Álvaro de Diego González, decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA)

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