Elogio del miedo

En esta democracia está prohibido el miedo. Prohibido por decreto. ¿De quién? De nadie y de todos. La fecha histórica en la que se dictó una orden de busca y captura contra él fue el pasado 12 de febrero. En la reunión que aquel fatídico viernes mantuvo Pedro Sánchez con Mariano Rajoy le pidió a este que cesara en «su campaña del miedo» para desacreditar sus contactos con Podemos. Usaba la misma expresión que ya había usado Pablo Iglesias tras su cita del 9 de enero con Thomas Piketty y de la que salió sentenciando que «la campaña del miedo no funciona». La apoteosis goebbelsiana llegó cuando Ciudadanos y el PNV suscribieron esa petición de que el PP cesara, por lealtad a España, en su miedosa campaña. Tiene su miga que los nacionalistas invocaran esa lealtad, como que se apuntara a dicho discurso un partido como el de Rivera que, si ha nacido y crecido, es por el miedo fundado de los catalanes más sensatos a la deriva del nacionalismo en su tierra. Pero el broche lo puso Rafael Hernando al defender al PP de esa acusación tan presuntamente abominable y renegar con claudicante énfasis de una intención obvia y perfectamente legítima como es la de suscitar un miedo cabal en la ciudadanía ante la proximidad de un evidente peligro. Una vez más se hacía una concesión ideológica en nombre de la eficacia mediática. Era más fácil defenderse y negar tan grave delito que ir al fondo de la cuestión y reivindicar el miedo como un sentimiento que es biológicamente natural y filosóficamente esencial en la vida humana. Y es que el miedo –un miedo razonable que ni nos paralice ni nos obnubile– es una sana sensación que actúa como un timbre de alarma en la conducta privada de todo individuo civilizado ante la amenaza que se cierne sobre él o que él mismo puede constituir para otros, así como un activo totalmente lícito en el debate político. ¿No es el miedo una imprescindible señal de nuestro instinto de conservación? ¿No es el indicio de que algo no hacemos bien en nuestros trabajos y nuestros días? ¿No es el sabio aviso que nos da nuestra naturaleza para librarnos de incurrir en los errores del héroe trágico o del maldito bíblico que «no tenía temor de Dios»?

No. No me parece tranquilizadora esta prohibición, esta denostación, esta condena unánime del miedo, sino típica de las sociedades que más motivos tienen para experimentarlo. En los llamados Años de Plomo del País Vasco existía tanto miedo que había que ser valiente hasta para confesarlo. Hablar de él era de mal gusto. Era crispar, como ya hemos conseguido que lo sea en toda España. Tal desprestigio demuestra que el miedo anda necesitado de una apología urgente, así como de una amnistía general quienes sentimos aún pavor a que se vuelva a dibujar la posibilidad de un gobierno controlado por un tipo que no calla como Iglesias o a tener como presidente del país a otro ser imprevisible como Sánchez, que deambula por el ajedrez político como la peor clase de jugador que existe: el que hace movimientos raros porque no sabe hacerlos inteligentes. Un secretario general del PSOE que viene poniendo vetos al PP en nombre de una ética contra la corrupción que no tiene su partido no resulta fiable ni para presidir una comunidad de vecinos. Y no se entiende que Albert Rivera, que sabe bien lo que es ser vetado por puro sectarismo ideológico, haya jugado a «ajuntarse» con quien tiene esos planteamientos que ciertamente son de temer. Es de temer la ceguera que presenta como un regreso al espíritu de la Transición un pacto que es lo contrario porque nació, al margen de su letra, para la exclusión. Es de temer que no se dé la importancia que merece a esa exclusión de un partido democrático que Sánchez pone a la altura de Bildu. Porque lo grave de ese pacto no es su contenido, que, por su delicuescencia, podría ser suscrito y hasta superado en la dirección socialdemócrata por el partido de Rajoy en un gobierno de coalición. Lo grave es el veto, que evidencia que no es Rivera quien ha llevado a Sánchez al centro político, sino Sánchez a Rivera a la izquierda más intolerante. Lo grave es que el PP «se haya dejado desplazar escénicamente a la derecha» cuando no ha abandonado el centro y que Ciudadanos gane puntos como gran mediador cuando está ratificando la cultura del apartheid político y del Tinell. Lo grave es que se repita como un mantra y se acepte como mayoritariamente deseable (Goebbels otra vez) el «que se vaya Rajoy» mientras nadie les pide a Pedro Sánchez y a Susana Díaz ni siquiera la promesa retórica de que van a limpiar su partido.

¿Qué es ese miedo racional y racionalizado junto al miedo que metió Felipe González en la campaña electoral del 96 con el famoso vídeo del dóberman o junto al que metió Alfonso Guerra desde el minuto uno de la etapa democrática con el inolvidable grito de «que viene la derechona»? Aquí todos tienen derecho a meter miedo con perros o con citas de Lenin menos los que sentimos un miedo prudente a que este país retroceda a las situaciones que nos aterrorizaron; al fantasma de la quiebra que se alejó hace sólo dos años y a la ruptura de la baraja de la convivencia con la que nos llevan amenazando cuatro décadas los nacionalistas. ¿Cómo osa decir el peneuvista Aitor Esteban que «parece que se añora lo de antes» (lo de antes es ETA) después de medio siglo de un terror que a su partido ni le rozó? ¿Sabe Aitor Esteban lo que es miedo? Yo sí lo sé. No me avergüenza declararme un doctor en pánico. Lo sé y, con la autoridad que me confiere haber tenido pesadillas recurrentes de tiros y bombas hasta mis cincuenta años en que dejé atrás mi tierra, proclamo con todas mis fuerzas el «derecho a temer» para que se incluya en la próxima reforma de la Constitución.

Sí. Confieso que he temido. He temido a ETA y a la gente del partido de Aitor Esteban que te decía, en una conversación normal y tranquila, que «tenía contactos y que podía hacerte mucho daño profesional». He temido a muchas amenazas de ese tipo como muchos vascos. He temido, como muchos españoles, a otro rescate europeo, a la pobreza, a que este país vuelva a dar una imagen inestable y patética; a que se vuelva a desbocar esa prima de riesgo que sigo sin saber muy bien lo que es; a que abarroten más familias españolas los comedores de Cáritas; a la consigna de silencio que te impide expresar ese simple temor en una reunión de amigos. ¿Tan reaccionario y tan vil es ese miedo que hay que esconderlo?

En realidad esta prohibición, este desprestigio del miedo, es anterior a la actual situación poselectoral. Recuerdo un artículo publicado la víspera del 20-D en el que Luis García Montero llamaba a «votar sin miedo» y afirmaba: «De todas las formas de cobardía que nos acompañan a lo largo de la vida, la más innecesaria es la del voto miedoso». ¿Por qué?, me pregunté. ¿Por qué si tenemos un miedo cabal a estrellarnos con un coche o a atropellar a alguien, a mil cosas en la vida, no vamos a tenerlo cuando votamos? ¿No merece el ritual democrático por excelencia unas pequeñas dosis de esa clase de miedo que tiene todo aquel que no es un canalla o un cretino? «¿Qué hay de malo en ello?», como decía el lendakari que se perdió en las sombras de Lizarra. Quizá la mejor respuesta que se puede dar a esa pregunta esté en la más hermosa y valiente reivindicación del miedo que he leído nunca. La escribió un poeta extremeño que se llamaba Santiago Castelo:

«A veces tengo miedo. No sabría decir de qué. Pero es un miedo ciego. Miedo ala soledad, ala agonía, miedo a perder mi parte de alegría ya dudar de un cariño que no niego … Tengo miedo, Señor. Y ya es de día ».

Iñaki Ezquerra, escritor.

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