Elogio del patriotismo

No se trata de reavivar aquel verso de Horacio tan repetido desde la Roma antigua a nuestros días: «Dulce et decorum est pro patria mori» («Dulce y honorable es morir por la Patria»), sino de elogiar sentimientos y expresiones normales en otras naciones. ¿Qué reacción torticera se produciría si un presidente de gobierno español concluyese un discurso a la nación con el grito de «¡Viva España!»? Pues François Hollande gritó «¡Vive la France!» en reciente ocasión trágica y no inquietó ni acomplejó a nadie. Los presidentes de Estados Unidos, sean demócratas o republicanos, concluyen comúnmente sus comparecencias públicas con la invocación «Dios ayude a los Estados Unidos de América», y nadie se echa las manos a la cabeza. La Constitución norteamericana no recoge una religión oficial. ¿Imaginamos las reacciones de tanto laicista sobrevenido ante algo similar en España?

El patriotismo se derrama en las páginas de la Historia, en las hazañas de los grandes hombres, en tantos ejemplos que como españoles nos enorgullecen en la milicia, en la ciencia y en la cultura desde su consideración más amplia. El patriotismo late en el esfuerzo de siglos por la unidad nacional; en la empresa americana de descubrimientos y colonización; en el heroísmo de los Tercios en Rocroi; en la jornada del Dos de Mayo; en Bailén y en los sitios de Zaragoza y Gerona durante la Guerra de la Independencia; en la derrota y destrucción de nuestra flota en Santiago de Cuba; en la terquedad heroica de los últimos de Filipinas en Baler; en la carga suicida del regimiento de Alcántara para proteger la retirada de Annual, con un ochenta por ciento de bajas… Y en tantos y tantos escenarios a lo largo y ancho del mundo.

NIETO
NIETO

El patriotismo llega hoy deformado a los ciudadanos, sufre un cierto eclipse inducido que a veces se refleja en una consideración de baja intensidad en relación con los símbolos de la nación y en la desnaturalización del propio concepto. Algunos lo presentan como una antigualla. Un patriota viene a entenderse como un tipo decadente cuando no irracional y autoritario. La izquierda no ha sido ajena a esta realidad, ya que ha dado la espalda al patriotismo, adjetivándolo, desautorizándolo o condenándolo; repasemos el siglo pasado. La izquierda ha tratado de vaciar el patriotismo consiguiendo, en parte, su propósito falaz de identificarlo con la derecha ideológica y, más aún, con la derecha extrema.

También hay un patriotismo en la normalidad de la vida diaria. Se enmarca, entre tantas cosas, en el cumplimiento de las obligaciones cívicas, en la consideración del bien común en toda actividad o profesión, en la participación en las responsabilidades públicas desde el compromiso, la honradez y la voluntad de servicio… Es un patriotismo que resulta complementario –y no sustitutivo– con el de sentir el orgullo de la nación, de su Historia, de las hazañas de sus protagonistas. Desde el respeto a los símbolos nacionales y lo que representan. En España el desprecio o el atentado contra los símbolos de la nación –la bandera, el himno o la imagen del Rey, por ejemplo– no se sancionan. Los jueces suelen amparar estos dislates en una mal entendida libertad de expresión.

Con el lastre de la Segunda Guerra Mundial la identidad alemana se entendió contaminada por el derrotado nazismo. Desde esa realidad el sociólogo Sternberger enunció a finales de los años setenta, y el filósofo Habermas difundió en la década siguiente, una respuesta ideológica para enmarcar el patriotismo postnacionalista en un concepto diferente, y así se llegó a una fórmula sustitutiva de un patriotismo que los alemanes no asumían acomplejados por su pasado. En la expresión «patriotismo constitucional» se buscaba una concepción supuestamente participativa de la ciudadanía en relación con la defensa del bien común y de los valores y conquistas que se asientan en las Constituciones democráticas, dejando a un lado los orígenes o la historia comunes.

En España la izquierda asumió ese concepto nuevo, en consonancia con la adscripción ideológica de su enunciador, colocando en paralelo el caso alemán al caso español tras la Guerra Civil, de modo que se identificó el patriotismo tradicional e histórico con el franquismo. Una falacia. Cuando los nacionalismos periféricos se mostraron enfrentados a la Constitución, parte de la derecha con mensaje nacional se sumó al «patriotismo constitucional» como vía para reivindicar desde este concepto la identidad unitaria de España frente a los disgregadores. El propio Habermas, aclaró entonces con enfado: «No puedo imaginarme que el patriotismo constitucional sea una idea de derechas».

La derecha actual no puede caer en la trampa de reconocer, ni por omisión, un pecado original que no tiene. El orgullo de sentirse español y el respeto a los símbolos nacionales han de estar por encima tanto de las patrañas como de las conveniencias y los estudios demoscópicos.

Otro de los síntomas de la crisis inducida de patriotismo que padecemos es que se llegue a plantear una pregunta que enmarca una situación de decadencia: ¿qué es España? La respuesta es clarísima. España es una vieja nación que en la Edad Media ya existía como idea, y la empresa que afrontaron Fernando e Isabel no partía de cero, era una acumulación histórica. En el «Cantar de Mío Cid», escrito alrededor del año 1200, se habla ya de España, como un todo, cuando se cuentan las andanzas del Campeador por tierras de Guadalajara. En ninguna nación tan señera se preguntan qué son. Ni en Italia, con su unidad nacional conseguida bien entrado el siglo XIX.

La interrogación resulta preocupante porque supone un tiempo decadente y débil. En un momento histórico de convicciones, de complicidades territoriales, de solidaridad, esa pregunta –¿qué es España?– no se produciría o no pasaría de ser una reflexión entre intelectuales. Ha sido Stanley Payne quien ha unido esta situación a «una cierta ausencia de conciencia y de bagaje intelectual». Desgraciadamente ante esta realidad se han escuchado escasas voces intelectuales de reflexión objetiva. Al profesor Schaub, relevante hispanista francés, le extrañaba que la palabra «España» se hubiese convertido en un tabú, en un concepto innombrable. «Eso –decía– no ocurre en Francia ni en Gran Bretaña».

Al éxito de la falsificación que la izquierda viene haciendo del patriotismo ha contribuido no poco el complejo de cierta derecha, que acaso pudiera considerarse cobardía, y la crisis de valores, entre ellos el propio patriotismo, que se han orillado, como si se tratase de lastres incómodos.

Es refrescante recordar aquella frase de Cánovas en un discurso parlamentario de 1882: «Con la Patria se está, con razón y sin ella…».

Juan Van-Halen, escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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