Elogio del riesgo

Sentado junto a su fardo en un poyo a la puerta de un palacio de Bagdad, un pobre mozo de cuerda descansa mientras escucha embelesado la música del concierto que se celebra en el interior. Al rato, inspirado por el contraste que imagina entre el dueño del palacio y su propia mísera condición, se interroga: “¿Por qué, si de barro Alá / sin distinción hizo a todos, / ha de haber tal diferencia, / contraste tan asombroso / entre criatura y criatura / como entre el vino sabroso / y el vinagre fuerte y agrio?”. Cuando exhalada su amarga queja se dispone a marchar, un criado abre la puerta y le hace señas de entrar: le invita a la fiesta el señor de la casa. Se trata de As-Simbad, o Simbad el Marino, quien sienta al pobre mozo a su lado y le da cuenta del origen de su fortuna, de cómo por siete veces dejó su hogar y partió en viaje de negocios, con la intención de vender sus mercancías y hacerse con otras de mayor valor, de cómo en cada viaje corrió peligros sin cuento, de los que sólo su ingenio, su valor y la mano de Alá le salvaron. Le revela así la razón de su fortuna: fue su disposición a arriesgarse. Simbad es, entre otras cosas –ya que el cuento admite lecturas distintas– el prototipo del mercader, del empresario medieval, y su fortuna es el justo premio, no tanto a su laboriosidad –porque el mozo de cuerda también trabaja– sino a los riesgos que ha estado dispuesto a afrontar. Hasta los moralistas más rigurosos consideraban entonces que tomar riesgos era la función propia del empresario, y la fortuna, cuando la alcanzaba, su merecido premio.

Elogio del riesgoEn estos tiempos parece haberse instalado entre nosotros una extraordinaria aversión al riesgo. Las grandes cifras revelan que el ahorro es, por lo menos en la eurozona, muy superior a la inversión. Las inyecciones de liquidez suministradas por el Banco Central Europeo con una liberalidad que es alegría para unos y escándalo para otros quedan remansadas en el sistema financiero y no se traducen en créditos que den origen a nuevos proyectos o mantengan en vida a muchas empresas. La facilidad con que se colocan entre los ahorradores activos de rendimiento bajísimo pero con una cierta promesa de seguridad indica que es la cautela quien reina hoy suprema, no el espíritu de aventura. Estos días he oído de boca de dos personas muy distintas, un prestigioso economista y un excelente empresario, una observación parecida: uno recordaba que no hay crecimiento sin riesgo, el otro que entre las cualidades del buen empresario, y en general del buen dirigente, está la capacidad de asumir riesgos. Por cierto que esa aversión al riesgo no se limita al mundo empresarial, sino que se extiende a otros ámbitos: la timidez con la que se ha abordado la reforma laboral por parte de todos sus actores –con exclusión, naturalmente, de los que nuestro actual sistema condena al paro– o lo que uno puede percibir como pusilanimidad por parte de nuestros gobernantes cuando se trata de abordar asuntos tan importantes como urgentes parecen síntomas de la misma enfermedad. Puede decirse, claro está, que hay buenas razones para ese comportamiento: por una parte, los estragos que ha causado la crisis nos han escarmentado a todos; por otra, es sabido que todas las reformas, si bien pueden beneficiar a muchos, perjudicarán a otros, a quienes uno puede preferir no molestar; pero ¿cuál puede ser el resultado de todo ello, sino el estancamiento?

Dijo uno, hace años, que el capitalismo contenía el germen de su propia destrucción porque creaba una población adicta a la afluencia, y desaparecía así la gente laboriosa que el propio sistema requiere. No acertó, porque hoy trabajamos, los que podemos, más horas que nunca. Hubiera estado en lo cierto, sin embargo, si en lugar de adicción a la afluencia hubiera hablado de adicción a la seguridad. Corremos el riesgo de ver desaparecer la voluntad de afrontar riesgos, y esa capacidad es aún más esencial que las ganas de trabajar para el buen funcionamiento de una economía de mercado. Sin riesgo no hay innovación, y por ello no hay crecimiento; no hay empresa sino, como decía nuestro empresario, administración. Tampoco hay política. La poca disposición a asumir riesgos, además, es una fuente de injusticias: porque el riesgo no desaparece sino que, como muestra bien a las claras esta crisis, tanto dentro de nuestra sociedad como en el conjunto de la eurozona, termina por recaer de forma desproporcionada sobre los más débiles, sobre quienes menos pueden soportarlo.

Hay razones para pensar que la disposición a afrontar el riesgo debe ser algo propio de nuestra especie; hemos visto que es, desde luego, un elemento indispensable para la supervivencia de nuestras sociedades. Reprimida, puede que esa disposición se dirija a objetivos menos útiles. Vemos así que cualquiera se considera hoy capaz de hazañas tan arriesgadas que en otras épocas sólo estaban al alcance de acróbatas profesionales, de curtidos atletas o de montañeros aguerridos. A veces parece como si la capacidad de afrontar riesgos calculados se hubiera transmutado en afición por hacer tonterías.

Alfredo Pastor, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

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