Elogio y refutación de la chapuza

Han observado que últimamente la política nacional se basa en chapuzas y en arreglos provisionales de tente mientras cobro? La chapuza es esa obra hecha sin arte ni esmero, ese apaño que solo sirve para salir del paso y a la postre se muestra más dañino que provechoso. Es cierto que la chapuza bien empleada nos resuelve situaciones apuradas: el papel doblado bajo la mesa que cojea, el chicle pegado en la tubería que gotea, el alambre que solventa el fallo del motor…

Lo malo es que por dejadez aplazamos el arreglo del desperfecto y la mínima avería inicial deviene en siniestro total. Peor aún resulta cuando a sabiendas mantenemos la chapuza en lugar de enmendalla, como aquel imaginero torpe al que entregaron el tronco de una corpuda encina para que tallara un San Cristóbal y después de encerrarse en su taller durante unas laboriosas semanas compareció ante los ecónomos de la cofradía con una mano de mortero jurando que era lo que le habían encargado, o eso había entendido él.

Elogio y refutación de la chapuzaLa chapuza parece inscrita en el ADN del español. Podríamos recorrer nuestra historia saltando de chapuza en chapuza como las ardillas de Plinio el Viejo o Estrabón recorrían la península saltando de árbol en árbol. No hay que esforzarse mucho para encontrar ejemplos: del examen de los cañones de la Armada Invencible hallados en las costas de Irlanda se deduce que muchos se fundieron precipitadamente para la ocasión, sin atención alguna a la calidad, y por eso presentan las ánimas torcidas y el hierro poroso.

Para que se vea nuestra pertinacia en la chapuza: lejos de escarmentar con el descalabro de la Invencible, Felipe II se obstinó en enviar otras tres armadas contra Inglaterra que fracasaron igualmente, siempre por el mismo motivo: pensadas para navegar en las propicias aguas del verano, los retrasos las retenían hasta el otoño y cuando se hacían a la mar las tormentas propias de la estación las cogían de recio y las dejaban echas unos zorros.

En tiempos de Felipe IV el alcaide de la guarnición del castillo de Jaén solicitó a la comandancia el envío de diecisiete alabardas. El escribano cumplimentó el oficio con una pluma chapuceramente cortada que echó un borrón sobre la palabra «alabardas», lo que determinó que los del almacén, tampoco demasiado espabilados, enviaran diecisiete albardas. A la vista del estropicio el alcaide llamó nuevamente al escribano y le dijo: «Redacte vuesa merced otro oficio devolviendo quince albardas y alegue que nos quedamos dos: una para vuesa merced, por burro, y otra para mí por fiarme de lo que vuesa merced escribe sin cotejarlo debidamente».

Más sonada fue la chapuza naval de la guerra de 1898. La correspondencia que el almirante Cervera dirige al ministro de la Guerra es elocuente: «el crucero Alfonso XII no se puede contar entre los buques útiles (…) en las otras naves la artillería de catorce centímetros está prácticamente inútil por el mal sistema de los cierres de culata y la debilidad de los casquillos (…) no tenemos cartas de los mares de América (…) la guerra nos conducirá seguramente a un desastre». El ministro acusó recibo y respondió, poco más o menos, apáñenselas como puedan, ya se les ocurrirá algo. O sea, la confianza en la chapuza que, una vez más, condujo al desastre, (al desastre del 98, claro).

La propia guerra civil fue el resultado de un golpe de Estado chapucero que fracasó y se convirtió en un baño de sangre. Por cierto que en ella se produjeron chapuzas enternecedoras. En los combates alrededor de Ayerbe, un oficial de Artillería se desgañitaba inútilmente dictando punterías con el ojo pegado al goniómetro; mientras que su sargento, un pastor aragonés, no le hacía el menor caso y disparaba después de apuntar directamente por el tubo del cañón, con los resultados que cabe esperar.

Otra chapuza memorable fue la de la Brigada Móvil de choque al mando de Valentín González el Campesino cuando se lanzó a la conquista del cerro Garabitas, frente de Madrid, equipada con unos chaquetones provistos de grandes botones de latón que relucían al sol para orientar el tiro del enemigo. Cayeron como moscas, claro. En una camilla bajaban al comisario del batallón, Castrillo se llamaba, que mientras se desangraba por un boquete abierto en su vientre, no dejaba de animar a los pocos supervivientes: «¡Camaradas, adelante, que son nuestros!».

Ya se quejaba Azaña, en su Velada de Benicarló, del chapucero sistema de ascensos de la República: «Si un ranchero impide que su batallón se subleve o el buzo de un acorazado logra que la oficialidad no se pase al enemigo, déseles un premio, pero no me hagan coronel al ranchero ni almirante al buzo. No sabrán serlo. Perderemos el batallón y el barco». Perdieron algo más, la guerra. Ganada la poltrona del poder, Franco tampoco quiso sustraerse a la chapuza y dio en nombrar ministros económicos a conmilitones que apenas sabrían llevar la contaduría de un cuartel. Solo cuando le advirtieron que el Régimen iba a la ruina, que solo quedaban divisas para adquirir el petróleo de dos meses, consintió en confiar el timón de la nave a las manos expertas de los tecnócratas que corrigieron el rumbo y salvaron la situación.

Falleció Franco, retornó la democracia y se asentó de la manera más natural sobre la mayestática chapuza del «café para todos» que ha permitido la fragmentación de España en diecisiete reinos de taifas lastrados con el correspondiente funcionariado autonómico y una suicida ley electoral que favorece a los partidos independentistas catalán y vasco, empeñados en destruir la unidad de España. Es difícil predecir el resultado de esa chapuza, porque mientras hacemos surfing sobre el lomo de esta ola de insensatez autonómica y nacionalista no se columbra más futuro que el naufragio en los bajíos de la realidad. Quizá entonces, dilapidados los últimos haberes y disipados los últimos espejismos, los náufragos que sobrevivan al desastre decidan juntar las diecisiete tablas autonómicas para construir una balsa que nos restituya el nombre y el ser de España.

Juan Eslava Galán, escritor.

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