Embustes y promesas

Quizá la mejor frase sobre verdad y mentira sea la evangélica «la verdad os hará libres». Así es sin duda alguna, tanto en su aspecto positivo como en el negativo, ya que la mentira es una trampa que nos aprisiona y nos degrada. Vivir en la mentira no es vivir con dignidad. Es una falsedad. Pero mis reflexiones en estas líneas se refieren a la verdad y la mentira en el ámbito político.

Hace ya 300 años, Jonathan Swift, en su libro El arte de la mentira política, descubrió que el mentir bien a los ciudadanos no es cosa que se improvise. Es –dice con humor inglés– un arte, «el mentir –que según el filósofo griego Porfirio «más que el reír es lo propio de un hombre»– es una acción que «no es rentable a largo plazo porque mina la confianza» (Hans Kung) y la confianza es la base de la democracia.

Bien es cierto que, como ha probado un reciente estudio de la Royal Society, la veracidad ya no es requisito para apoyar a un candidato político, y cuando los seguidores se enfrentan a datos objetivos y neutrales corrigen su punto de vista, pero no su intención de voto. Así se ha comprobado con Donald Trump. Y los investigadores, en ese informe, llegan a la conclusión de que las consecuencias negativas para un político de difundir mentiras parecen ser limitadas. Y asimismo parece posible atraer a los votantes con la demagogia más que con argumentos construidos a base de lógica y de hechos.

Como dice Víctor Lapuente, los políticos con más impacto no dicen lo que los votantes quieren oír sino cómo quieren oírlo. El mensaje, sigue afirmando Lapuente, «es secundario y puede cambiar de un día a otro. Lo que no se altera, lo que permite identificación con el votante es el tono, un tono auténtico construido mentira a mentira». En la nueva política, dice Pablo Iglesias, el «tono lo define todo».

Uno de los misterios de la política de hoy es que quienes más mienten resultan más atractivos para el votante. Y quizá se deba a que los votantes tienen cierta alergia a oír la verdad; sobre todo si ésta es ingrata o supone esfuerzo y penalidades. Lo que entra muy bien es «lo que traen los Reyes Magos». Siempre hay que poner como ejemplo de honradez, civismo y responsabilidad a Churchill cuando, ante el advenimiento de la II Guerra Mundial, dijo a los atribulados conciudadanos que solo podía prometerles para sobrellevar y ganar la guerra «sangre, sudor y lágrimas». Eso es algo que le llena de grandeza política. Y ganaron la guerra.

Y entre las grandes historias de mentiras de enormes dimensiones y de trágicas consecuencias destaca la que llevó a cabo Hitler con el nazismo. A un pueblo humillado por sus enemigos y ansioso de gloria y afirmación nacional le engañó de modo despiadado con la mentira de que llegarían a ser el pueblo más admirado del mundo y más próspero, con la anexión de todos los países europeos. Era un sueño imposible, pero los sueños son muy gratos, aunque lleven a grandes decepciones posteriores y, en el caso alemán, a una catástrofe.

Y es que los políticos poco realistas y contagiados del virus nacionalista tienen una irrefrenable tendencia a la megalomanía, a la transmisión de sus sueños imposibles y al engaño mediante embustes rotundos. Ahí tenemos el ejemplo de Cataluña que, además de intentar «reescribir» la Historia, vende la idea de que seguirá después de su independencia en la UE. Que será reconocida por la comunidad internacional. Que mejorarán todos sus ratios económicos, incluyendo las pensiones y las prestaciones sociales. Y tantas cosas más entre las que destaca el tremendo tema de las ideas y hechos históricos que se explica a los niños en las escuelas, con una carga ideológica llena, a veces, de falsedades. Desconozco si los que venden este arsenal de ideas, esta Arcadia feliz, lo creen sinceramente o no, pero hay coincidencia entre todos los que analizan objetivamente la cuestión que lo que ocurrirá, si se produjera la independencia, es justamente lo contrario. Menos riqueza, más recortes en las pensiones, soledad internacional, etc. Prueba de ello es lo que está pasando no ya con la secesión sino con el anuncio de su llegada.

Creo, con un gran empresario catalán al que escuché hace unos días, que es un deber moral de los directivos empresariales explicar al personal de sus empresas lo que se juegan con el tema. El ejemplo de los empresarios vascos en época de Ibarretxe es aleccionador. Ese viejo dicho de que «no se juega con las cosas de comer» está encima de la mesa. Y es que la economía acaba con los sueños. La marcha de empresas de Cataluña es un dato real y muy preocupante para cualquiera que sea objetivo y, aunque algún político haya dicho que volverán, eso está muy bien como deseo pero no como realidad. Cuando las mentiras se mezclan con los sentimientos el resultado puede ser catastrófico.

Pero con independencia del tema de Cataluña, los políticos de los distintos partidos en los cuarenta años de democracia también han mentido. Pero más que mentir, lo que ha sido muy frecuente, son las promesas electorales, que en muchos casos han sido luego incumplidas. Evidentemente, el embuste se distingue de la falsa promesa, pero aun cuando ambas sean un fraude y un desengaño para los ciudadanos, quizá sea peor la promesa incumplida. Y lo es porque la mentira se puede esquivar y desmontar con cierta facilidad si uno tiene formación y objetividad. Sin embargo, la promesa no tiene porqué no ser creída, con lo que el desencanto es mayor.

En las elecciones los políticos actúan para ganarlas. Esa intención es lógica y correcta. Pero comienzan las cosas a torcerse cuando se trata de los medios para conseguirlo. Ahí entran las grandes y muchas veces falsas promesas. Se promete una bajada de impuestos a la vez que se pone delante de los ojos del elector una batería de medidas que exigen, por lógica, un mayor esfuerzo fiscal, con lo que se suben los impuestos. Pero nadie se para a hacer los números. Se promete eliminar la pobreza, subir el nivel de vida, pero no se dice cómo. Se promete mejorar y extender la sanidad pública, pero con poca concreción y sin cuantificar el coste. Se promete una renta básica general de mínimos, que los expertos valoran en 15.000 millones/año, pero no se detalla cómo se financiará; es más, a veces se intenta compaginar con menor presión fiscal. Sin embargo, pocas veces se promete acabar con los gastos inútiles de la burocracia pública y otros tantos gastos innecesarios No se promete estimular el esfuerzo, el sacrificio, la honradez. Todo lo prometido es bello, gratuito y amable. Y luego viene, muchas veces, la decepción.

En estos años de democracia hemos tenido muchos ejemplos de los partidos hegemónicos de promesas incumplidas. Lo que sí resulta muy llamativo es que la promesa incumplida no tenga su castigo ejemplar en las votaciones y en el prestigio del partido. Es cierto que a veces el propósito de hacer lo prometido choca con la dura realidad y hay que abandonar la promesa. Pero tiene que ser verdaderamente potente y cierto lo que se esgrime para justificar lo incumplido. Y desde luego explicarlo bien a los votantes.

Ya que la democracia política tiene como principal bastión el voto cuatrienal, esperemos una honrada respuesta a la confianza de los votantes en el programa prometido y a convencer con la verdad como ariete.

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea, Catedrático de Derecho del Trabajo y académico numerario de la Real de Jurisprudencia y Legislación y del Colegio Libre de Eméritos.

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