Emigración española: un síntoma, no una enfermedad

Según las últimas estimaciones del Instituto Nacional de Estadística (INE) se están yendo de España más personas de las que vienen a residir al país y algunos ven en esto otra mala noticia que añadir a la lista de desgracias que nos asolan. Hay que recordar que son estimaciones del INE y no datos definitivos. También en octubre de 2011 las estimaciones indicaban más salidas que entradas, pero finalmente los datos consolidados reflejaron lo contrario: un saldo neto positivo de 70.000 personas. De modo que hay que esperar aún algunos meses para conocer el saldo migratorio de lo que va del año 2012. Por ahora, lo que reflejan los datos oficiales del INE es un aumento de la población total, pequeño, pero aumento al fin y al cabo, entre el Padrón de enero de 2011 y el de enero de 2012 (último dato oficial): España sigue en 47 millones de habitantes y la población ha aumentado en 22.497 personas. Por otra parte, el número de inmigrantes en España (definidos como nacidos en el extranjero, al margen de su nacionalidad actual) ha aumentado también ligeramente, en 60.000 personas, pasando de 6.677.839 a 6.737.933. Es decir, a pesar de que la mayoría de los que se están yendo de España son inmigrantes y a pesar de que el paro se ceba especialmente en este grupo, todavía son más los inmigrantes que vienen, básicamente a través de la reagrupación familiar, que los que se van.

¿Es una desgracia la salida de población desde España? Estos movimientos de población tienen varios aspectos positivos. En primer lugar, suponen una válvula de escape en una situación difícil, en la que el sistema estatal de protección social está sobrepasado y la persistencia de la crisis financiera sigue impidiendo que el crédito llegue a las empresas. Que en estas circunstancias muchos puedan encontrar algo mejor en otros países es algo de lo que alegrarse. Imagínese, por un momento, qué sería del sistema español de atención a la pobreza, público y privado, ya saturado, si no se hubieran ido los alrededor de 1.200.000 inmigrantes, en su mayoría en paro, que han abandonado el país desde 2008. Los inmigrantes que se van vinieron para mejorar y se encontraron con la crisis, pero, por suerte para ellos, tienen la oportunidad de vivir mejor en su país de origen. Muchos de los que se han ido, en especial los latinoamericanos, consiguieron la nacionalidad española mientras vivieron en España y podrán por tanto regresar en el futuro. Otros son ciudadanos comunitarios y pueden igualmente volver cuando reviva el mercado de trabajo. En cuanto a los autóctonos, esos que nacieron en España y que ahora se han trasladado a vivir a otro país, su número ha aumentado en sólo 13.273 personas a lo largo de 2011. En total, desde 2009, cuando el INE publicó los primeros datos del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero, hasta el año 2012 el número de nacidos en España y residentes en el extranjero sólo ha aumentado en 20.645 personas. No parece una gran cifra para una población del tamaño español. Sin duda los datos subestiman la realidad porque los que se van a menudo no se dan de baja en España ni de alta en el país de destino, de modo que su movilidad no se recoge en las estadísticas. Pero, por ahora, se carece de instrumentos para estimar el tamaño real de esa emigración.

La alarma que suscita esa salida se explica mal si se piensa en términos comparativos. Según una reciente encuesta británica, nada menos que el 48% de los británicos desea abandonar su país (The Sun, 17/X/2012) y el Reino Unido lleva muchos años enviando emigración al extranjero en grandes números, en torno a las 200.000 personas anuales en los años 90, que pasaron a 300.000 en la primera década del 2000 y que alcanzaron los 400.000 en 2008. Los que se van lo hacen para huir de la lluvia, para vivir en países más baratos, para ganar mejores sueldos y para pagar menos impuestos, entre otras cosas. A cambio, el país recibe inmigrantes en números superiores, de modo que puede decirse que se está produciendo una sustitución de la población británica. Alemania, en cambio, experimenta una salida neta de población: son más los que se van que los que llegan. Muchos inmigrantes turcos, polacos o rumanos vuelven a su país de origen, pero también hay unos 150.000 autóctonos que abandonan el país cada año en busca de mejores oportunidades laborales. En comparación con estas cifras, las españolas resultan poco impresionantes, especialmente teniendo en cuenta que ambos países, el Reino Unido y Alemania, tienen tasas de paro muy inferiores a la española.

En las condiciones españolas, lo que causa perplejidad es que sean tan pocos los españoles que se deciden a dar el paso de salir fuera a buscar trabajo. La sociedad en España es especialmente reacia a la emigración, convencida como parece estar tradicionalmente de que no puede vivirse mejor en ninguna otra parte. Lo que en otros países se vive como el resultado natural del deseo de mejorar, o de conocer otros lugares, en España parece un gran drama. La fuerza de los lazos familiares explica en parte ese rechazo a la emigración, a lo que hay que añadir el notable déficit de los españoles en el dominio de idiomas extranjeros. Por otra parte, España carece de una experiencia colonial reciente, como la británica, holandesa o francesa, que en los siglos XIX y XX movilizó a muchos de sus nacionales hacia regiones lejanas. Tampoco ayuda en España el recuerdo de la ola migratoria de los años 60, con una imagen asociada a la pobreza y el atraso cultural en origen, y el trabajo manual y la posición subordinada y con escasos derechos en los países de destino.

Estas modestas cifras de emigrantes, que son sólo un efecto más de la crisis económica, no deberían percibirse como una enfermedad. Los españoles que emigran tienen la oportunidad de mejorar sus conocimientos profesionales, lingüísticos y personales, de establecer lazos y redes que les ayuden tanto si se quedan en destino como si vuelven a España o de abrir vías para aumentar la influencia empresarial española en otras zonas. ¿Es capital humano dilapidado, un despilfarro de la inversión pública en el sistema educativo? No, esa inversión es la que les permite encontrar trabajo, sea fuera o dentro de las fronteras españolas. Emigrar o encontrar trabajo en España es más difícil cuanto menor sea el nivel educativo. ¿Acaso es preferible un licenciado en paro en España a un licenciado español empleado en EEUU o Dinamarca? Por otra parte, es muy probable que la mayoría de ellos vuelvan, por esa fuerza de los lazos familiares en España. Pero, mientras tanto, no es necesario amargarse contemplando como enfermedad lo que es sólo un síntoma de la crisis pero a la vez una oportunidad.

Carmen González Enríquez es investigadora principal de Demografía y Migraciones Internacionales

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *