Empecinados en el error

Por Felipe González, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 05/11/03):

¿Qué habremos hecho para merecer esto?

El continuo agravamiento de la situación en Irak debería conducirnos a la búsqueda de una salida lo menos traumática posible, aunque parece que los márgenes son cada vez más estrechos. Esto será un ejercicio inútil si se mantiene el empecinamiento en el error tan característico en las actitudes del Gobierno.

La ministra de Exteriores perfecciona la extraña lógica del jefe del Gobierno cuando interpreta el incremento de los atentados en Irak como respuesta al éxito de la Conferencia de Donantes celebrada en Madrid. Mientras tanto, Naciones Unidas y la Cruz Roja Internacional se disponen a revisar su presencia en el territorio por falta de garantías de seguridad.

Con el mismo estilo de razonamiento se interpreta la última Resolución del Consejo de Seguridad como aval al conflicto desencadenado en la zona más convulsa y peligrosa del mundo. Los que se oponían a la guerra son los que deben rectificar para no quedar aislados de la comunidad internacional, argumenta el señor Aznar.

De esta forma, si los acontecimientos son cada día más graves e imprevisibles, como consecuencia de la estrategia desencadenada, esta lógica perversa debe conducir al apoyo de la aventura belicista y a la confirmación de la teoría de la guerra preventiva y el ataque unilateral. ¿Qué hubieran dicho si la realidad se pareciera a la que dibujaban para justificar la guerra?

Sin embargo, la Resolución del Consejo de Seguridad sigue considerando a las potencias ocupantes como tales, y su presencia de facto, como resultado de una intervención ilegal. Hoy nadie niega el carácter injusto y basado en mentiras del conflicto. Hoy casi todos reconocen que la posguerra está poniendo de manifiesto el error dramático para la seguridad internacional que supuso esta aventura. Sólo los empecinados, como el señor Aznar, insisten en llevar razón contra toda razón y exigen a los demás que renuncien a la razón. Lo más grave de esta actitud, si fuera compartida por el trío de las Azores, es que haría imposible cualquier salida razonable.

En medio del caos y la impotencia que estamos viendo en Irak, el Consejo de Seguridad, aunque fuese menospreciado y finalmente marginado para desencadenar la guerra, ha asumido una responsabilidad a la que no puede renunciar: contribuir a recuperar la seguridad internacional maltrecha y tratar de encaminar el proceso hacia la devolución de la soberanía a los iraquíes. ¿Les están dando la razón por ello los miembros del Consejo que se opusieron a la guerra? ¿O, más bien, los adalides de un nuevo conflicto de civilizaciones empiezan a reconocer que se han metido, y nos han metido, en un berenjenal que no pueden controlar y apelan a la comunidad internacional para que ayude a buscar una salida?

La Conferencia de Donantes y el llamamiento a mayores compromisos militares sobre el terreno intentan socializar (multilateralizar) el coste incalculable de este fracaso, cuando se constata el error de planteamiento que dibujaba un panorama casi idílico de dominio de la escena mundial, acompañado de la oportunidad de grandes negocios para los amigos. ¿Es que se ha olvidado ya la enorme cantidad de tinta derramada con esta propuesta?

Es verdad que se adornaba la intervención con buenos propósitos como la democratización del país, su inserción en la comunidad internacional y su feliz desarrollo económico y social. También lo es que el complemento para tranquilizar a los descontentos iba a ser la hoja de ruta que encaminaría el conflicto entre israelíes y palestinos hacia la solución. Pero… casi nadie se ha dejado engañar.

Como hace meses con la Resolución 1.441, nuevamente el señor Aznar interpreta erróneamente la nueva resolución del Consejo de Seguridad. Ni entonces se autorizó la guerra, ni ahora se le ha dado legitimidad. A pesar de sus fallos, Naciones Unidas no tiene vocación de autoliquidarse acabando con el multilateralismo. El Consejo de Seguridad ha hecho lo que podía y debía en esta realidad dramática que no ha desencadenado. La nueva resolución no añade legitimidad a lo que se hizo, pero trata de recuperar -en los márgenes estrechísimos en que es posible- una senda de legalidad internacional frente al unilateralismo que nos llevó a esta situación.

Si al menos los dirigentes de nuestro Gobierno reconocieran que se equivocaron y que hay que enfrentar ese error entre todos porque a todos nos afecta, podríamos entrever una vía de esperanza. En las palabras inaugurales de la Conferencia de Donantes, el señor Bremer agradeció a los presentes que, a pesar de sus discrepancias con la guerra, quisieran ayudar. Pero el señor Aznar y su grupo de clónicos veían la conferencia como un aval para sus tesis. Con la lógica infernal que subyace en ese empecinamiento, mientras peor se pongan las cosas, en Irak o en el conflicto del Próximo Oriente, más razón llevarán. Los que tienen que rectificar, según sus palabras, son algunos que se opusieron a la guerra.

Comparto lo que decía Clinton este fin de semana en Madrid. El error cometido por la Administración de Bush y sus acompañantes incondicionales no debe impedirnos buscar soluciones, pero éstas serán aún más difíciles si tenemos que tragarnos que se atribuya a los demás esta dramática situación.

Apremiados por la proximidad de las elecciones en Estados Unidos, la lucha interna de posiciones que se está viviendo en el seno de la Administración de Bush tenderá hacia un desenlace rápido. Aún no está decidida esa pelea entre los que quisieran salir de Irak a costa de lo que sea, los que quieren aumentar la dosis de belicismo y hegemonía unilateral y los que desean reencauzar la estrategia hacia la senda del multilateralismo.

Introducidos en el desastre de la guerra y de la posguerra, más allá de quien gane el año que viene las elecciones estadounidenses, es preferible -para todos- que la tercera posición gane terreno. No sólo porque será la única que puede ayudar a encontrar la salida para la crisis abierta, sino porque nos puede acercar a la recuperación del papel de la ONU y frenar las tentaciones belicistas preventivas y unilaterales.

Los autores del desaguisado no deberían hacernos perder el tiempo en recordar que tenían y tienen razón los que se oponían a la guerra -desde el Papa hasta la vieja Europa, pasando por la inmensa mayoría de la opinión pública nacional y mundial-. No porque haya que olvidar -sin memoria no se construye nada-, sino porque hay que concentrarse en encontrar salida menos costosa, sin caer en la tentación complacientedel ya lo advertimos, aunque sea verdad. La arrogancia para seguir buscando enemigos no mejora la disposición de nadie.

Y, en esta vía de razonamiento responsable, conviene mirar hacia la Liga Árabe y hacia la Conferencia Islámica, para saber qué papel pueden jugar y en qué condiciones en la recomposición del tablero de la paz. Hay que mirar hacia la maltrecha sociedad iraquí para que recupere -cuanto antes- la capacidad para decidir -libremente- su destino. Hay que recomponer las alianzas permanentes en eso que llamamos Occidente, erróneamente sustituidas por alianzas oportunistas sin consistencia alguna.

Las consecuencias de un error estratégico de tal alcance obligan, incluso a los que no se sientan coautores del mismo, a encarar el futuro con responsabilidad, porque las amenazas a la paz y la seguridad que se pretendían combatir son ahora peores que antes, como puede ver cualquiera… que no sea del grupo dirigente del PP. Y como Estados Unidos seguirá siendo la primera potencia militar del mundo, hay que ayudarles contra las tentaciones hegemónicas unilaterales en vez de alentar una deriva de dominio imperial acompañados de socios tan incondicionales como irrelevantes.

El Gobierno del señor Aznar ha acabado con la política exterior de España, dándole un rumbo que nada tiene que ver con los intereses nacionales, ni en la relación con Estados Unidos ni en la relación con el Mediterráneo, ni en nuestro papel en Europa. Empecinado en el error, sigue apoyando a los neoconservadores belicistas, proclamando la vigencia de la guerra preventiva y menospreciando la posibilidad de una política europea de seguridad que permita a los países de la Unión un papel relevante en la globalización. ¿Cuánto tardaremos en recomponer nuestro papel?

Sólo cabe esperar que si la Administración de Bush cambia la estrategia, como sería deseable, nuestros gobernantes no queden colgados de la brocha. Aunque, si mantienen su perversa forma de razonar, también es posible que nos digan que eso era lo que ellos proponían.

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