Empleo ‘gig’

Uno de los principales debates económicos y laborales de la actualidad es la incidencia del progreso tecnológico, de la llamada Revolución Industrial 4.0, en el futuro del empleo. Las nuevas formas de trabajo, la economía colaborativa, las recientes empresas tecnológicas, los robots, ¿van a generar desempleo masivo? ¿Conviene preocuparse sobre el futuro del empleo? ¿Y cómo va a ser el empleo en las próximas décadas? Son preguntas muy importantes y a las cuales debemos dedicarles mucha atención porque su respuesta va a determinar en gran medida nuestro progreso económico y el bienestar social.

En materia de empleo, tenemos en la actualidad la llamada tendencia ‘neoludita’ (herederos del movimiento ludita de comienzos del siglo XIX en pleno apogeo de la primera Revolución Industrial). Para ellos, aunque con ciertos matices, nos encaminamos a un mundo sin trabajo, donde las nuevas tecnologías no serán suficientes para absorber la sobreabundancia de mano de obra (Avent), o supondrán un grave riesgo para los trabajadores con nuevas formas de trabajo (De Stefano) o donde las máquinas inteligentes pueden significar una miseria a largo plazo para todos (Benzell). Incluso, existen buenos estudios que cuantifican este pesimismo afirmando que, por ejemplo, el 47% del empleo en EEUU se encuentra amenazado por la computación de la economía (Frey y Osborne). Existe otra corriente, por el contrario más optimista, señalando que el progreso en unos sectores da lugar a un crecimiento de renta, que aumenta la demanda de producción de otros sectores y la aparición de nuevos bienes y servicios, que a su vez aumentan el empleo en otras partes de la economía (Doménech), o afirmando que el futuro contiene ocupaciones que nos parecen extrañas ahora pero que originaran empleo masivo (Mokyr), o que el cambio técnico tiene efectos netos positivos sobre el empleo total (Gregory), siendo solamente un 9% el empleo automatizable a día de hoy (Arntz) o que por cada trabajo creado en sectores de high-tech se crea casi cinco nuevos empleos en otros sectores (Moretti).

Sea como fuere, y siguiendo un estudio reciente de Pijoan-Mas, existe una evidencia empírica que en 2016 la tasa de desempleo en países como Reino Unido, EEUU y España no ha variado ostensiblemente en los últimos 150 años, incluso en los países anglosajones mencionados la tasa de empleo ha aumentado ligeramente. Quiere esto decir que durante más de un siglo, el progreso técnico intenso no ha destruido empleo a nivel agregado, y que la automatización constante en nuestras economías desarrolladas no ha excluido a los trabajadores del proceso productivo. Incluso en los países más avanzados en la digitalización no se presentan tasas de desempleo mayores. Al contrario, se observa una correlación negativa entre digitalización y desempleo (BBVA) ¿Significa todo ello que no debemos preocuparnos con los efectos de las nuevas tecnologías en nuestro mercado laboral? Evidentemente la repuesta no puede ser afirmativa. Lo que estamos viviendo (y aceleradamente viviremos en los próximos años) tiene unos claros efectos disruptivos sobre el empleo, las ocupaciones, las habilidades necesarias para el futuro, la brecha salarial, la desigualdad y la polarización. Efectos éstos de enorme trascendencia que si no se corrigen a tiempo, sufriremos las consecuencias económicas, sociales y políticas.

En primer lugar, las horas de trabajo disminuyen con el progreso técnico. En todos los países donde ha tenido una especial incidencia la implantación tecnológica, se han ido disminuyendo el número de horas de trabajo semanales de forma considerable, dado que una parte del progreso y del crecimiento de la renta disponible da lugar a una mayor productividad, a un aumento del ocio, con el consiguiente efecto de aumento de bienes y servicios en otros sectores. Por el contrario, en los países con menor productividad y nivel tecnológico se trabajan más horas anuales por empleado.

En segundo término, se produce una transformación del empleo y una polarización del mismo, cada vez más acusada. Las nuevas tecnologías están sustituyendo a trabajadores que realizan tareas más rutinarias (repetición de tareas estandarizadas), no así las tareas abstractas (resolución de problemas, razonamientos) o las tareas manuales no rutinarias (interacciones personales, trabajos con personas). Datos muy llamativos de la Unión Europea nos revelan un cambio ocupacional en las distintas profesiones enmarcados en cada tarea, siendo estas variaciones cada vez más acusadas. Igual evidencia empírica cabe extrapolar de la distribución de ganancias salariales y la desigualdad de salarios. Según Pijoan-Mas, el progreso técnico en las últimas décadas supone una menor demanda de trabajadores que realizan tareas rutinarias, con lo que el salario y el empleo para esta población disminuyen correlativamente; un complemento para los trabajadores que realizan tareas abstractas, con lo que su salario y empleo aumenta; y no afecta intensamente a trabajadores que hacen tareas manuales con los que el salario tiende a estancarse aunque el empleo aumente. Este efecto del ‘winners take all’ de Rifkin es claramente pernicioso. No obstante, no toda la culpa la tiene la innovación tecnológica, sino que hay que tener en cuenta otros factores que inciden -y mucho- en la economía como la globalización, los cambios de políticas económicas y del Estado del Bienestar (Doménech) y otros efectos regulatorios. Volvemos a la comparativa anterior donde hay muchos países (europeos) donde se ha avanzado mucho en un proceso de transformación tecnológica y no ha aumentado tanto la desigualdad como en otros.

Lo que está claro es que estamos ante una transformación intensa de nuestro empleo, de nuestro mercado laboral, con empleos de nueva naturaleza, nuevas formas de trabajo (empleo gig) y que el reto es inmenso. Conviene, por tanto, abordar de forma proactiva, estratégica e inminente un debate público y político con propuestas de cambio para afrontar esta transformación. Los pilares de esta propuesta deberían centrarse en la educación, la regulación del empleo y la igualdad. No hay espacio aquí para tratar en profundidad medidas en cada una de estas áreas, pero entiendo que se pueden adivinar fácilmente. La inversión en educación, en nuevas habilidades para los empleos del futuro, en la conexión del sistema educativo con la economía real, al igual que la formación en el empleo de forma continua, debería ser la prioridad. Los cambios legales necesarios para modernizar nuestras relaciones laborales y acoger en la ley nuevas formas de trabajo autónomo con la protección debida de los trabajadores afectados, debería ser un segundo paso a recorrer. Y, finalmente, aunque no menos importante, buscar niveles de equidad necesarios en una sociedad europea y moderna, con reformas realistas pero equitativas de nuestro Estado de Bienestar, es ya una demanda social que conviene atender para que ello no entorpezca el progreso tecnológico. Como se puede observar, mucho por hacer y poco tiempo por delante. Es una tarea urgente, es una tarea de país y, por ello, nos atañe a todos.

Íñigo Sagardoy es abogado y profesor de Derecho del Trabajo.

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