Empoderar la sanidad

La semana pasada asistimos a un debate en el Parlament sobre la emergencia social. Se ha hablado de energía, de vivienda, y lógicamente de salud. Buenas palabras en ausencia de presupuestos.No hay discusión de que existe una creciente presión sobre la sanidad. Los últimos tiempos no han hecho más que aumentar esta sensación, y podríamos encontrar muchas explicaciones a ello. Por un lado, el público, la sociedad en general ha aumentando sus requisitos al sistema de salud, posiblemente empujado por unas expectativas legítimas creadas a partir de la comunicación de los avances en investigación y su potencial traslación a la práctica asistencial en la salud . Sería bueno en este sentido recordar que cada vez es más difícil conseguir mejoras significativas en la asistencia sanitaria una vez las principales mejoras parecen haberse obtenido (control de enfermedades infecciosas, mejora de las técnicas anestésicas y quirúrgicas, …). Por otro lado la presión financiera, que podríamos cuantificar en reducciones de los presupuestos, se ha traducido también en un acceso matizado o restringido a algunas prestaciones, contención salarial y un creciente escrutinio en cada euro gastado.

En estas circunstancias, ¿qué podemos proponer al profesional de la salud? ¿Qué podemos ofrecer a los profesionales que están entre la espada y la pared? Está muy bien pensar en los pacientes (y hay que hacerlo), pero tal vez tendremos que plantear también algo nuevo para los profesionales, ¿no?

Permítanme proponer dos cosas simples. En primer lugar, empoderar a los profesionales para que tomen decisiones. Empoderarse para que tomen conciencia del valor de su decisión en el resultado final del proceso.

Y esto en ningún caso significa que las decisiones tanto asistenciales como administrativas puedan tomarse al libre albedrío. Hay que potenciar una toma de decisiones explícita e informada. Cualquier cosa que decidimos debe ser sobre la base de información contrastada y precisa, y un razonamiento explícito. Es necesario establecer criterios los con los que vamos a tomar decisiones, y estar preparado para justificar una y otra vez nuestras decisiones. En caso de que la decisión sea errónea, tendremos los medios para entender porque nos hemos equivocado, y eso nos pondrá en el camino de mejora. Más allá de la perspectiva del coste, se deberá justificar cuáles son los argumentos en los campos de la eficacia y la seguridad pero también será necesario incorporar una perspectiva social, una visión macroeconómica y el análisis del marco organizativo del sistema de salud.

En segundo lugar debe haber transparencia. Nada pone más presión que la idea de ser examinado por los compañeros. Datos abiertos, evaluaciones por terceros… son buenas prácticas de salud que refuerzan la idea de la rendición de cuentas continuada. La transparencia no se obtiene mediante leyes o publicaciones en portales corporativos. Es una actitud que demuestra confianza en uno mismo y en los suyos. Transparencia es defender los datos que uno presenta y por tanto conoce y valida. Es también el uso de estos datos no para señalar con el dedo, sino como incentivo prepositivo y constructivo para iniciar procesos de mejora, para poder sentarse con tus semejantes y ajustar procesos, medir y mejorar resultados. Transparencia es sobre todo ser capaz de decir “aquí no hacemos bien las cosas, lo sabemos y trabajamos para mejorarlo”.

Si somos capaces de implementar ambas, podemos reducir la presión sobre los profesionales, que entonces tendrían más capacidad de decisión que la mera aplicación de las recomendaciones del sistema. Todavía hay margen de mejora, que no se podrá formular a nivel macro. El contexto solo puede resolverse a un nivel micro, y esto solo puede ser realizado por profesionales de la salud empoderados, que decidan bajo su responsabilidad, con base en criterios explícitos y en la rendición de cuentas transparente.

El sistema sanitario está pensado desde la enfermedad y para los pacientes, pero necesita de los profesionales. Unos profesionales a los que progresivamente les han reducido la capacidad de decisión en beneficio de la supuesta eficiencia, pero corremos el riesgo de que a medio plazo los profesionales nos repliquen que ellos solo aplican consignas y ejecutan planes, sin capacidad para influir en su implementación contextual. Será en base a los resultados y los criterios que sustentan sus decisiones que habrá que juzgarlos, y si estos se obtienen de manera innovadora bienvenido sea. ¿Buenas palabras en ausencia de presupuestos?

Oriol Solà-Morales, director de la consultora HITT (Health Innovation for Technology Transfer).

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