Empresa y ética

«Elevar el nivel ético del comportamiento empresarial debería ser una preocupación y un objetivo constante; es también la mejor forma de asegurar el buen funcionamiento y la competitividad de las empresas»

Cada vez más, afortunadamente, el tema de la ética está presente en el mundo de la empresa. Desde la formación de los futuros empresarios en las escuelas de negocios, que dedican cursos especiales a esta materia, hasta los «Códigos de Conducta» (también llamados «Códigos Eticos») que, en número creciente, son adoptados por las empresas y firmados por todos sus empleados.

Sin embargo, podría parecer que se trata de dos conceptos que poco o nada tienen que ver entre sí. De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia, ética es «parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre”, y empresa es una “organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos». Cabe preguntarse entonces: ¿qué sentido tiene relacionar una ciencia filosófica con una actividad productiva?

Empresa y éticaY, sin embargo, cuando se analiza con mayor profundidad la actividad empresarial, resulta más que evidente la importancia de los comportamientos éticos en relación con el funcionamiento de las empresas y de los mercados en los que operan.

Desde el punto de vista de un empresario, hay tres razones principales por las que la ética es vital. La primera es que constituye, por sí misma, una exigencia moral ineludible, un compromiso de conducta personal que va íntimamente ligado a la dignidad de la persona, todo ello al margen de los efectos que comportamientos no éticos puedan tener en la vida de las empresas, y que examinaremos a continuación.

La segunda razón tiene que ver con el funcionamiento de la empresa, ya que está perfectamente probado que la falta de ética puede dañar gravemente su capacidad de competir. Nada como poner algunos ejemplos. Así, un sistema de compra a proveedores no transparente, en el que existan comisiones opacas, se traduce siempre en unos costes más altos e innecesarios que dañan la competitividad de la empresa. Lo mismo cabe decir de una política de personal que responda a criterios de favoritismo, nepotismo u otros ajenos a los intereses de la empresa y que dificulte que los mejores lleguen arriba, dé origen a grandes injusticias y sea desincentivadora para toda la plantilla. Un último campo, cada vez más importante, tiene que ver con el gobierno corporativo de las empresas, en el que los principios éticos corren el riesgo de ser ignorados a la hora de nombrar consejeros no adecuados, cuando los accionistas mayoritarios adoptan decisiones que perjudican a los minoritarios o la propia empresa, por no hablar del posible uso de información privilegiada. Cada vez más, se está demostrando que el factor ético, además de la cualificación profesional y la independencia, es la clave del comportamiento de un consejero.

La tercera razón por la que la ética es fundamental en la vida de las empresas es el hecho de que, si no se respetan sus reglas, pueden resultar gravemente dañados, por una parte, el funcionamiento de los mercados y, por otra, la propia legitimidad del sistema de economía de mercado. Así, por ejemplo, la práctica de pagar comisiones no justificadas e ilegales para conseguir contratos, o los acuerdos de fijación de precios entre empresas de un mismo sector, son comportamientos contrarios a las reglas de la ética, suponen una clara distorsión de las reglas de la competencia y perjudican seriamente el buen funcionamiento de los mercados. Pero quizá el efecto más grave sea la pérdida de legitimidad que se suele producir cuando el sistema de economía de mercado no respeta las reglas de la ética. Es algo que ha ocurrido, desgraciadamente, en el mundo de la política, donde los casos de corrupción que han afectado a muchos partidos han supuesto una clara pérdida de credibilidad del sistema.

Salvo algunos casos puntuales, afortunadamente en España las empresas privadas funcionan dentro de unos niveles de ética aceptables, aunque mejorables, y ello se refleja en una imagen pública del empresario relativamente buena y que tiende a mejorar, aunque más lentamente de lo que sería deseable. Una interesante encuesta de Metroscopia de febrero de este año indicaba que el número de españoles que confían en las empresas (50 por ciento) es mucho mayor que el de los que confían en el Estado (14 por ciento).

Pero, desgraciadamente, no faltan los casos escandalosos que empañan el buen hacer de tantos empresarios. Por ello, elevar el nivel ético del comportamiento empresarial debería ser una preocupación y un objetivo constante. Es también la mejor forma de asegurar el buen funcionamiento y la competitividad de las empresas, así como la reputación y la consolidación del sistema de economía de mercado, que –conviene recordarlo– es el único capaz de lograr la mejora del nivel de vida de los ciudadanos.

Jaime Carvajal Urquijo es empresario.

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