En ausencia de política

En ausencia de política

Puesto que muchísimas personas creen que la política es apenas algo distinto a una molestia inevitable, hablar de la ausencia de política puede inducir en el magín de muchos una imagen casi paradisíaca. De hecho, muchos desearían que los políticos acabasen por ser prisioneros de sus propias artimañas y que sea tal su nivel de incompetencia que sean incapaces de hacer nada porque esa inacción sería mejor que cualquier avance de esos que los políticos suelen exhibir y traducen en miles de páginas en sus boletines. Esa es, con frecuencia, la actitud corriente de los más conservadores. Los que se tienen por progresistas suelen pensar por el contrario que la política es el remedio que les evita caer en las manos impuras e impías de los poderosos, que les permite tener un poder propio, a ser posible sin límites, algo que sirve para politizar la existencia, para que ellos tengan siempre algo que decir y conseguir las veinticuatro horas del día y todos los días del año.

No sería difícil mostrar que ambas actitudes representan errores de fondo y suponen un prejuicio muy cierto para todos. En ambos casos se olvida que, se haga lo que se haga y pase lo que pase, la política no puede abandonarse, su realidad es tan inexorable como el paso del tiempo que acaba por convertir nuestra existencia personal en algo espectral porque, al final, morimos y acabamos en nada. La política, sin embargo, nunca se acaba porque tiene que ver no con la existencia individual sino con la vida colectiva que, si no es eterna es, al menos, muchísimo más larga. Lo razonable es ver la política no como un mal inevitable sino como un instrumento que puede producir algo mejor que su contrario, y a eso es a lo que apunta la estupenda definición de Michael Oakeshott, la política es “la actividad que consiste en atender los acuerdos generales de un conjunto de personas a las que la casualidad o la elección ha hecho vivir juntas”.

Vivir juntos, convivir, es algo que nos define como seres humanos, pero es obvio que hay muchas maneras de hacer eso, desde las abundantes e incesantes guerras de todo tipo que han padecido la mayoría de las generaciones humanas hasta las sociedades que, por una u otra razón, nos puedan parecer modélicas por más que ciertamente no abunden.

¿A qué me refiero cuando afirmo que, en España, que es de lo que hablo, aunque el mal sea hoy día muy general, vivimos en una ausencia de política? Se trata de una manera de hablar pues queda dicho que siempre hay política (salvo si hay guerra) cuando hay convivencia, pero las políticas que hay pueden ser de muy distinta calidad y ahora mismo cabe decir que no hay ninguna política de calidad sino una fuerte ausencia de ella. El señor Feijóo mismo reconoció días atrás esta situación al afirmar que padecemos la peor clase política de los últimos años.

Las políticas parecen desaparecer justamente cuando se dan dos situaciones al tiempo: primero, que caen en las exclusivas manos de una clase política que se apropia de ella, que no tiene en cuenta que cualquier política que carezca de una amplia base social es un camino acelerado hacia el fracaso. A este fenómeno, que ahora mismo es abrumador, me gusta llamarlo “privatización de la política”. La segunda característica que certifica la ausencia de política es la otra cara de la primera: que la clase política se dedica en exclusiva a lo que a ellos les interesa, a mantener el poder que tienen o a conquistar el que no tienen. Su actividad se convierte entonces en una excrecencia de la vida pública, en la creación de un clima artificial, por lo normal muy tóxico e insalubre, pero, sobre todo, completamente ajeno a lo que realmente preocupa a la gran mayoría de la gente.

En ausencia de política no se afrontan ninguno de los problemas que realmente padecemos, y se pretende que los ciudadanos nos engolfemos en la gresca sobre asuntos que apenas nos interesan, unas veces con toda razón, otras no con toda pero sí con bastante. La clase política pretende endosarnos su agenda y se olvida por completo de lo que afecta seriamente a la mayoría.

Bajemos de lo abstracto a lo de cada día. La política nacional está enredada de una manera inextricable en asuntos que son difíciles de comprender para la mayoría. Hay pendiente una ley de amnistía que es un monumento grotesco e hipócrita a la arbitrariedad, políticos perdonando a otros políticos para gobernar gracias a su voto, y se pretende que traguemos con la idea de que se trata de un acto de generosidad para restaurar la convivencia, por ejemplo. El gobierno y la oposición apuestan a que un comisario europeo les obligue a tomar un acuerdo sobre la Justicia que debiera haberse resuelto en las cámaras, pero ya sabe todo el mundo que las cámaras sólo sirven para pagar dietas y para organizar trifulcas.

Los ejemplos se podrían multiplicar sin mayores dificultades al tiempo que seguimos sin ser capaces de mejorar la situación de la educación, las universidades y la política científica, para empezar. Nuestra organización sanitaria es un galimatías carísimo e ineficiente, nuestra economía sigue bajando puntos en la escala europea, nuestro paro sigue siendo indisimulable, pese a los afeites que pretenden embaucarnos de doña Yolanda, las expectativas de los jóvenes son negrísimas, la Renfe es cada vez más ineficiente, los trenes AVE a Andalucía son más lentos que en 1992 por ejemplo, los asuntos de la vivienda parecen relegados al universo de los milagros, no existe nada que pueda considerarse una política territorial, más allá de los escandalosos chanchullos con los más arriscados y, para terminar, nuestro prestigio internacional no es que esté por los suelos, es que está bajo tierra. Todos tenemos la sensación de que España va cuesta abajo, pero quien nos preside se ha propuesto arreglar el asunto de Palestina con su apabullante capacidad de liderazgo (tal vez haya conseguido una carta de recomendación de Marruecos).

¿Qué nos pasa? Que consentimos a nuestros políticos que vivan a su bola, que se preocupen sólo de lo que más les conviene para no perder su asiento, que no castigamos sus estupideces, sus traiciones y su inanidad. A la clase política le conviene que sigamos pensando que todos dependemos de ellos, que no caigamos en la cuenta de que su poder es delegado, que somos nosotros los que los hemos puesto en el lugar que ocupan. Cuando resuelven de manera tan poco eficaz los problemas que nos afectan deberíamos castigarlos, pero hay un grupo muy numeroso de electores que siguen votando a su partido como jalean a su equipo de fútbol, más allá de la menor objetividad.

Ni siquiera esta comparación es justa porque muchos forofos se olvidan de su equipo cuando desciende repetidamente de categoría, mientras que muchos electores se obstinan en seguir admirando políticas que nos empobrecen, nos envilecen y nos complican la vida. Son los que prefieren creer lo que se les cuenta que lo que ven con sus ojos, así es fácil imaginar que los políticos que se ven favorecidos por esa inmensa credulidad no tienen el menor incentivo para ser mejores y eso es lo que está pasando… aunque haya que esperar que ya no tarde mucho en dejar de pasar, en especial si los que se ven más perjudicados por estas fidelidades perrunas dejasen de hacer el canelo.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es 'La virtud de la política'.

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