En busca de la productividad perdida

Las cifras de la EPA del cuarto trimestre indican que, pese a una cierta ralentización, el mercado de trabajo sigue comportándose de forma positiva, con un aumento del empleo del 2,9% (unos 500.000 puestos de trabajo en el plazo de un año hasta el diciembre pasado). Además, algunas de las características de esa nueva ocupación son más que positivas. Así, y a diferencia de los peores días de la recesión, los asalariados aumentaron un muy notable 3,4%, mientras se estancaban los autónomos. Y, en el ámbito de los primeros, los contratos indefinidos continuaron mostrando la positiva tendencia iniciada la segunda mitad del 2014, con avances del 1,5%.

También hay que citar las ganancias ocupacionales de los niveles educativos medios (3,3%) y bajos (2,9%), y que el nuevo empleo sea, fundamentalmente, privado. Pero quizá el aspecto más relevante sea la tendencia al aumento de la jornada: mientras aquella a tiempo completo crece intensamente (3,2%), la parcial solo avanzó marginalmente (0,8%). En este ámbito merece capítulo aparte la dinámica de la subocupación, es decir, el empleo de aquellos que desearían trabajar más horas pero no lo consiguen, que cae con intensidad (-8,1%), una dinámica opuesta a los espectaculares aumentos de esta tipología en los peores momentos de la crisis.

En busca de la productividad perdidaEn economía todo tiene un lado oscuro. Y ese no es otro que la notable reducción en el avance de la productividad, es decir, del PIB por ocupado, o por hora trabajada. En lo más duro de la segunda recesión, en el 2012, las ganancias de productividad fueron intensas: frente a la caída del PIB (superior al 2% anual), los retrocesos del empleo fueron mucho más intensos (en el entorno del -4%). Y ese proceso de mejora de la productividad siguió en el 2013: el descenso del -1,7% del PIB se contrapone con la superior contracción, del -2,7%, de la ocupación.

En cambio, a partir del 2014 y con la mejora del mercado de trabajo, esta dinámica se ha alterado. Ya en ese primer año de recuperación, el aumento del PIB (1,4%) superó solo muy ligeramente al del empleo (1,2%) o al de las horas trabajadas (1,1%). Por su parte, en el 2015, la mejora de la ocupación ha implicado avances prácticamente nulos de la productividad: en el año que finalizó en el tercer trimestre de 2015, el incremento del PIB real (2,8%) hay que compararlo con un idéntico avance del empleo y un aumento de las horas trabajadas solo ligeramente menor (2,5%). En suma, mientras la productividad por trabajador crecía, en el primer trimestre del 2014, un 1,2% anual, desde entonces se ha estancado, con cifras que apuntan a un incremento nulo para el conjunto del 2015.

Lo más preocupante es que, además, este fenómeno no es una característica únicamente de los servicios, donde tradicionalmente han sido más difíciles los avances de productividad. En la industria los registros no son mejores: hasta el tercer trimestre de 2015, la media de aumento desde 2014 de su VAB (2,2%), empleo (3,0%) y horas (1,9%), se han traducido en una caída de la productividad por ocupado y en un avance muy modesto por hora trabajada.

Las dificultades que muestra el aumento de la productividad parecen reflejar los efectos, dilatados en el tiempo, de la caída de la inversión productiva (privada y pública) estos años, la pérdida de peso del I+D en nuestra economía, donde siempre se ha situado entre los más bajos de los países avanzados y, quizá, un capital humano no adecuado a las nuevas necesidades.

Esta tendencia sugiere que la recuperación no es lo saludable que desearíamos. Porque, para mejorar el nivel de vida de la ciudadanía, no se conoce más procedimiento que el aumentar la productividad, es decir, incrementar el volumen de bienes y servicios generados por cada ocupado o por cada hora trabajada. Y aunque es cierto que, viniendo de la más dura recesión jamás experimentada por este país, el avance del empleo y de la demanda interna son más que positivos, ello no es suficiente para hacer frente a los formidables retos que afrontamos. Siempre quedará la esperanza que el aumento de la inversión productiva se traslade, tarde o temprano, en crecimientos de la productividad y, a su vez, en nuevas alzas de las exportaciones (y/o reducción en el ritmo de avance de las importaciones). Pero visto lo visto hasta ahora, no hay mucho en qué confiar.

De no mediar una clara corrección en la dinámica de la productividad estaremos, de nuevo, frente al tradicional modelo de crecimiento católico-latino: avances del PIB basados en demanda interna, aderezados con déficit exterior (es decir, más deuda con el resto del mundo) y baja productividad, elemento clave para estimular el aumento de la ocupación. Lo de siempre por estos pagos: pan para hoy y hambre para mañana.

Josep Oliver Alonso, Catedrático de Economía Aplicada (UAB).

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