En busca del tiempo perdido

“Tenemos que volver a ganar de nuevo guerras”, ha proclamado Donald Trump. No me adentraré en lo que supone el incremento presupuestario prometido por el presidente de EEUU en materia de Defensa. No sé si realmente está envejecido el material del Ejército estadounidense respecto a quienes a ellos les preocupan -China y Rusia- y, por lo tanto, no emitiré un juicio sobre materia que desconozco, aunque he creído hasta hoy que su supremacía, en todos los aspectos a contemplar, era muy evidente. Me ocupa de su intervención el recurso a la nostalgia que realiza porque creo que es una característica que comparte con otros dirigentes políticos de ideologías bien distintas.

Trump reclama volver a ganar guerras. Sin embargo, desde la caída estrepitosa de la URSS, EEUU no es sólo el único país con dimensión de imperio, sino que no ha tenido un contrapeso verosímil, algo que raramente ha ocurrido a lo largo de la historia. Hubo otros imperios, pero todos tuvieron adversarios dignos de su fuerza. En el caso del imperio español tuvo en Francia o en las diferentes coaliciones entre diversos países que se aseguraban de que el dominio de España tuviera preocupaciones dignas de su fortaleza, el límite a sus pretensiones. Algo parecido podríamos decir de la Francia anterior a la Revolución o de Napoleón, personaje que desarrolló una extraordinaria aventura personal que le introdujo en el panteón de las grandes figuras históricas, pero que no le permitió consolidar un imperio porque el poderío británico estaba a su altura y, a la postre, con la ayuda de rusos y españoles terminó arrinconando y venciendo al gran corso. Por último, el caso de Alemania, recordemos que pese a su gran poder militar fue derrotada en dos ocasiones por la coalición de países liderada justamente por los americanos.

Es decir, no parece que el discurso de Trump sobre la necesidad de volver a ganar guerras tenga mucho sentido, excepto que tenga como objetivo mantener unidos a sus votantes a través de la nostalgia. Etimológicamente, el concepto nostalgia tiene el origen en dos palabras griegas: nostos, que significa volver al hogar y algia, que podemos traducir como la añoranza de un hogar que no ha existido, que ha dejado de existir o del que estamos lejos (no existe coincidencia entre el hogar que añoramos y el que existe en la lejanía. Todo es distinto y tendemos a ennoblecerlo, a embellecerlo). Pero es que la nostalgia actual, que ha nacido como un contrapeso a un proceso de globalización tecnológica que no comprendemos en su totalidad, es la base de todos los movimientos nacionalistas, con su torva agresividad; y de los populistas, con su inconsistente indignación. Si como dice Michael Kammen la nostalgia es la historia desprovista de culpabilidad, es un buen refugio para todos los que no saben, no quieren o no pueden enfrentarse a un presente inaprensible y a un futuro para el que no tenemos reglas de interpretación.

Trump ganó las elecciones prometiendo a los americanos volver a ser tan poderosos y tan felices como fueron. Les ha hecho creer que es posible volver a un pasado acrítico e idílico que nunca existió y los votantes, presos del miedo provocado por un tiempo que se acaba y un mundo que no saben interpretar, han depositado su confianza en él. Sus adversarios han cometido grandes errores, han descuidado aspectos fundamentales para un sistema democrático y se han desenvuelto en la oscuridad de intereses inconfesables. Pero la fuerza determinante es que una parte de la sociedad americana necesitaba un refugio psicológico y Trump se lo ha dado con la nostalgia, con la vuelta a un pasado que imaginan celestial. Parecidos resortes han actuado en la sociedad británica y lo están haciendo en otras como la francesa. La crisis, las emigraciones desordenadas provenientes del sur, los esfuerzos económicos que deben hacer los ciudadanos, la relativamente cercana pérdida del poder que tuvieron esos países, una sociedad que ha dejado de comprender y unos políticos sobrepasados por todas estas circunstancias se han conjugado para impulsar una vuelta al pasado.

De algo similar se aprovechan los neocomunistas, vestidos de populismo chavista. Han conseguido imponer un marco de debate catastrofista, de tal manera que una vuelta al pasado se convierte en deseable. Hoy la corrupción no es mayor que en el pasado ni menos impune, pero la incidencia casi exclusiva en este aspecto hace que el ambiente se convierta en irrespirable para los ciudadanos; por otro lado, pocos están dispuestos a reconocer que hoy no es que vivamos peor que hace 50 años, es que vivimos en todo el mundo occidental -como siempre ocurre en los periodos de transformación-, más inseguros. Pero el énfasis en los aspectos negativos nos lleva a desear una vuelta al pasado, en vez de encarar el futuro.

En todos los fenómenos políticos con base nostálgica, la simplicidad es el método. Analizan la sociedad y sus acontecimientos, susceptibles a múltiples interpretaciones, de forma absurdamente binaria: nosotros y todo lo que nos conviene, lo que nos favorece, todo a lo que tenemos derecho, que es sencillamente todo; y los otros, los que nos amenazan, nos oprimen o nos empobrecen: los emigrantes para los nacionalistas con Estado, los opresores para nacionalistas sin Estado y los ricos para los de más allá. Cualquier argumento que nos permita cerrar los ojos ante la realidad. Por ejemplo, Podemos -nos cuesta admitir que el partido de Pablo Iglesias tenga características comunes en sus fundamentos y en su estrategia con los nuevos fenómenos políticos, aunque en sus fines sean distintos- ha sustituido el concepto de casta, empleado con la voluntad de definir un grupo minoritario de la sociedad que se enriquece y prospera a costa de la inmensa mayoría, por el de trama. No se conforman con un análisis simple y errado de una sociedad compleja y contradictoria. Dan un paso más: consideran a ese grupo indefinido, al que podemos terminar perteneciendo cualquiera según les convenga, una organización con “ánimo de perjudicar al resto, confabulando contra ellos”, confundiendo el acuerdo libremente expresado por los ciudadanos en el 78 con una trama delictiva, según su arbitraria perspectiva. Podemos se encuentra entre las experiencias políticas nuevas con una base nostálgica: es sorprendente cómo defienden derechos sociales que hasta hace poco eran para ellos una genuina representación de las claudicaciones de la socialdemocracia europea. Sólo depende de ellos elegir entre ser un instrumento más de las reformas que necesita la democracia representativa o mantener su apuesta original por volver a empezar de nuevo, para lo que inevitablemente es necesario hacer tabla rasa de todo lo conseguido.

Debemos huir de las tentaciones más intensas. La primera nos lleva a asemejarnos a ellos. Desde la derecha democrática, sobre todo en Francia, se ha intentado robarles el discurso; y desde la socialdemocracia la atracción fatal por esos movimientos resulta una evidencia en el sur de Europa. La segunda es el enrocamiento, negando no sólo las consecuencias de la crisis política, sino también sus causas. Por el contrario, debemos rearmarnos políticamente e iniciar una agenda de reformas estructurales que adapten el sistema a la nueva sociedad que está naciendo. Así lo hicieron, después de la II Guerra Mundial, los representantes políticos de la derecha y la izquierda europeas. Ante la falta de libertad del comunismo y la atroz experiencia del nazismo, forjaron un pacto político y social -producto de luchas, reivindicaciones, cesiones y acuerdos en el marco del Estado de Derecho- que dio origen al Estado del Bienestar. Nos corresponde, en estos momentos, como ya he dejado dicho, embridar las consecuencias negativas de la globalización desde la razón y alejándonos del buenismo.

Hoy debemos renovar el pacto que dio origen al Estado del Bienestar integrando en nuestras leyes supremas las nuevas realidades tecnológicas y sus consecuencias sociales, culturales, económicas y políticas. Si no lo hacemos, la realidad se impondrá de cualquier manera. Y el precio que pagaremos será muy alto, como siempre ha sucedido cuando se ha dejado a los nostálgicos y a los simples tomar las riendas.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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