En busca del voto gay

Por Luis Antonio de Villena, escritor (EL PERIODICO, 15/01/04):

El voto rosa (una formulación muy reciente) nunca ha sido de derechas. O nunca ha querido serlo. En las últimas campañas electorales, las revistas y los colectivos gay-lésbicos no dejaron de repetir una consigna, sin pedir el voto concreto para nadie: ni un voto gay a la derecha. Retomando la, en su día, célebre frase de Santiago Carrillo, gays y lesbianas tienen claro que nada más tonto que un homosexual de derechas. Razón les sobra: ¿cómo votar a quien te niega y, aun si se quiere, a quien representa históricamente la opción y la tradición de tus perseguidores?

Sin embargo, no parece que el voto rosa (por ejemplo, en las últimas elecciones a la Comunidad de Madrid, donde la campaña rosa fue muy fuerte) haya sido determinante. No sé cual es el grado de información de los políticos a este respecto, pero no es difícil explicárselo.

Por supuesto que hay gays de derechas (sobre todo ese sector anticuado, y no necesariamente en el armario, que juegan –pobres– a que ser de derechas es muy fino y cierta sensibilidad gay, aquí confundida, propende al refinamiento), pero gays y lesbianas, cada vez más, van siendo de izquierdas, porque la derecha tradicional, amparada en el catolicismo más carca, les ha negado la sal y el pan.

EL VOTO rosa, quizá, no sea todavía numéricamente decisivo, pero está claro que va en aumento. Pero a mi entender lo que hace que los políticos, ahora mismo, se fijen tanto en ese voto rosa, no es tanto su posible número, como su capacidad de movilidad, su agilidad para crear opinión, su fuerte presencia mediática y más aún (y lo anterior no es poco) la conciencia de que la lógica lucha de gays y lesbianas por su igualdad y por la equiparación de todos sus derechos con los del ciudadano heterosexual es una de las más importantes batallas legales y cívicas que se libran en este momento. Una batalla por la igualdad civilizada equiparable a la búsqueda y reclamación de las feministas en los años 30 del siglo XX. Apoyar a gays y lesbianas es –ahora mismo– un índice importantísimo de modernidad y progreso en toda Europa.

Cuando gobernaban, ciertamente los socialistas estuvieron a favor del colectivo gay-lésbico, pero –reconozcámoslo– entonces hicieron algo menos de lo que podían haber hecho: les dio miedo la legalización total de las parejas de hecho; la adopción (por parte de homosexuales y lesbianas) creo que ni se la plantearon. Pero el partido socialista –a este respecto– ha avanzado mucho en estos años de oposición. No sólo, creo, porque haya cobrado conciencia del poder y modernidad de un colectivo en lucha y dispuesto a no volver nunca a la esclavitud en la que vivieron (nueva coincidencia con las mujeres), sino, además, porque los socialistas han debido razonablemente considerar que la sociedad española está cambiando mucho, y que el modelo de familia patriarcal como opción única es algo viejo.

Vivimos en una sociedad que tiende a ser abierta y plural (mal que al PP le pese ) y esa pluralidad ha de verse –se está viendo ya– en las distintas posibilidades familiares libremente asumidas. ¿Por qué no habrá una familia homosexual? ¿Por qué los homosexuales no van a tener derecho al matrimonio? A mí no me gusta el matrimonio, ni hetero ni homo.

Pero si el derecho existe, lo han de tener todos. Tanto IU como el PSOE (y en todas las autonomías) han adoptado hoy, frente a los colectivos y a las reivindicaciones gay-lésbicas, un papel favorable y claro. Ahora habrá que pedirles –y no olvidarlo– que en cuanto dependa de ellos cumplan su compromiso sin titubeos.

EL CASO DEL PP es raro. Hasta ahora ha tenido oficialmente buenas palabras hacia los homosexuales, pero ni un solo gesto a su favor. Naturalmente el voto rosa ha visto al partido de Aznar como a un evidente enemigo. Rajoy se ha descolgado, estos días, con un gesto que es bueno (porque lo separa de Aznar) y malo porque descontentará a todos. No admitir el matrimonio gay, pero ofrecer pensiones de viudedad, es como legalizar el consumo y prohibir la venta. ¿En qué quedamos?

A los colectivos gay-lésbicos, lógicamente, la propuesta de Rajoy les va a parecer corta y escasa, porque lo es. El PP no entiende. Pero, además, el ala dura del partido (donde se incluyen sus militantes de catolicismo más belicoso) verá la tímida propuesta de Rajoy como una traición a sus principios fundamentales. Pobre Rajoy: en pijama y bajo el chaparrón. Está bien que el PP rectifique, pero tras los duros años de Aznar llega –me temo– tarde. Aunque a ratos lo quiere aparentar, el PP sigue sin ser moderno. El miedo que tienen a gays y lesbianas (miedo, si no algo peor) es otra señal archievidente.

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