En Cataluña tocaba cambio

Por Enric Sopena, periodista (EL MUNDO, 17/12/03):

El profesor J. H. Elliot escribe en su magnífica biografía del conde-duque de Olivares: «Al final, el problema de Cataluña no se iba a resolver con tanta rapidez como habían supuesto los ministros». Corrían los años 30 del siglo XVII. En diciembre de 1640 la Guerra de Separación condujo a la independencia de Portugal, finalmente reconocida en el Tratado de Lisboa (1668), que fue firmado por el monarca portugués Pedro II.

En 1640 buena parte de la nobleza portuguesa y de otras clases sociales se enojó visiblemente debido a la orden procedente de Madrid de que contribuyeran a sofocar la revuelta existente en Cataluña. La hostilidad de Portugal hacia España estaba llegando a su límite. Portugal se desgajó de la Corona española durante el reinado de Felipe IV. De nada sirvió «la creciente oleada de antiportuguesismo que se apoderó de todo el país», escenificada incluso en «un gran auto de fe de un grupo de judaizantes portugueses celebrado en la Plaza Mayor de Madrid (…), en presencia del Rey, la Reina, el conde-duque y una enorme multitud».

«Para Barcelona», precisa Elliot, «el desprecio que hacía la Corte a un derecho histórico (…) no venía sino a confirmar la convicción generalizada de que el conde-duque estaba decidido a acabar con las libertades de Cataluña». Conviene subrayar que el británico Elliot, hispanista reconocido y excelente historiador, es también experto en Cataluña, como lo certifica su obra La rebelión de los catalanes (1986). Los ministros de Felipe IV pensaban que, ciertamente, el problema de Cataluña se iba a resolver pronto. No sucedió lo de Portugal, pero ese problema sigue abierto aún en los inicios del siglo XXI. Tres siglos y medio más tarde, continúa presente la cultura de la tensión, falta sensibilidad mutua y no se ha puesto fin al viejo litigio. Peor aún. Si hubiera que hacer caso de la nueva oleada de anticatalanismo, tan irresponsablemente atizada, cabría pensar que Cataluña se halla al borde de la secesión.

Las urnas del 16 de noviembre arrojaron unos resultados que resumen la enorme complejidad de una situación que, por encima de cualquier otra consideración, es alérgica a los simplismos. Hay quienes van alardeando de que ellos sí tienen la receta para curar el supuesto mal catalán. Así acaeció con la pintoresca excursión a Barcelona del secretario general del PP y candidato a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, quien convocó de urgencia a las fuerzas vivas económicas para ver si ponían orden. Fueron inventados gobiernos de concentración de distinto género. Josep Piqué lanzó la idea de un Ejecutivo integrado por CiU, PSC y PP. Jordi Pujol, casi a la desesperada, cuando se dio cuenta de que iba en serio el acuerdo entre PSC, ERC e Iniciativa, insistió en otra alineación a tres: CiU, PSC y ERC.

No hay, sin embargo, razones de peso para un escenario de emergencia, cuando los Gobiernos de unidad tienen sentido. Las urnas escogieron dos únicas opciones. La primera, la de un Gobierno integrado por CiU más ERC, que rebasaba la mayoría absoluta de 68 escaños.La segunda, formada por el PSC, más ERC e Iniciativa, llegaba a la amplia mayoría de 74 escaños. La fórmula que de entrada fue presentada a la opinión pública por CiU como casi segura, venía a repetir en Cataluña, mutatis mutandi, el modelo vasco.Es decir, un Ejecutivo fuertemente nacionalista, de carácter frentista en cuanto a la relación entre Euskadi y España, y también en cuanto al interior del País Vasco. La que ha terminado por prosperar significa un Gobierno de mezcla y de equilibrio, con dos líneas vertebradoras: el progresismo de los tres partidos y el catalanismo que, en el caso de ERC, llega al independentismo.

Este Gobierno, presidido por Pasqual Maragall -especialista, entre otros menesteres, en el arte de dirigir con éxito gobiernos similares en el Ayuntamiento de Barcelona-, responde a los deseos de cambio profundo que había en Cataluña, después de cerca de un cuarto de siglo de hegemonía convergente. Ha habido, pues, cambio en el vector político clásico: del centroderecha, que ha gobernado los últimos ocho años con el apoyo del PP, se ha girado a la izquierda. Cambio asimismo en la dimensión nacionalista: CiU sale del Gobierno y es reemplazada por un partido emergente cual es ERC.

Por último, y no menos importante, cambio sociológico respecto del poder: las clases populares, los trabajadores, los inmigrantes o sus hijos, los pequeños comerciantes y empresarios, muchos dels altres catalans -antes charnegos- pueden, por fin, verse reflejados en la Generalitat. Esta circunstancia no es anecdótica.El profesor de Derecho Político Joan Marcet, que es diputado en el Congreso por el PSC, publicó en 1984 un completo estudio sobre Convergència Democràtica. En él, Marcet destaca que de los 400 delegados al V Congreso de CDC «sólo 19 han nacido fuera de Cataluña, y cinco de éstos lo han hecho en el extranjero».En términos porcentuales únicamente un escaso 3,5% de los delegados a ese Congreso no eran catalanes de origen.

Contrariados lógicamente por su desalojo del poder, los responsables de CiU han preferido ignorar un prudente consejo del emperador Marco Aurelio, quien llegó a la cumbre más alta de Roma siendo descendiente de una familia nacida en Bética. Marco Aurelio escribió sus famosas Meditaciones en el otoño de su vida. «Es el producto ético más perfecto del espíritu antiguo», sentenció John Suart Mill, un humanista de ideas avanzadas para su tiempo, en los albores del sigo XIX. ¿Cuál es el consejo de Marco Aurelio, desoído por los dirigentes de CiU? «Considera (…) la rapidez con la que seres y acontecimientos pasan y desaparecen. Como un río, la sustancia fluye eternamente, las fuerzas cambian perpetuamente, las causas se modifican de mil maneras. Casi nada es estable (…) ¡Qué loco el hombre que en semejante contexto se envanece o se desespera o se apesadumbra».

La comprensible desesperación no les ha conducido siquiera a la pesadumbre, sino a la irritación contra ERC. Los duros reproches que dirigieron en campaña a Carod-Rovira se han reproducido ahora con más saña. Expresiones tan graves como «traidores» o «vendedores de Cataluña al PSOE o a los españoles» agitan las aguas del antaño oasis catalán. Por el otro lado, desde el macizo de la raza hispana, se busca con fruición darle la puntilla a Zapatero clavando banderillas de fuego en las posaderas de Maragall por su unión impía con Carod-Rovira, que es el malo de la película. No se le escucha, apenas se le rebate con argumentos. Se le insulta, se le desprecia, se hace mofa de él mientras se le proyecta como el enemigo público número uno.

¿Preferían estos eficaces fabricantes de independentistas a granel un Gobierno entre un Artur Mas, dispuesto a cambiar la bandera de Andorra por la de España, y un Carod-Rovira, presto -según ellos- a declarar súbitamente el Estat català? Al parecer, sí.¿Por qué, en consecuencia, tamaño lamento patriótico, si PSC e Iniciativa coinciden como máximo en una España federal? No se han detenido ni unos pocos minutos a leer con atención el discurso programático de Carod-Rovira, que ningún demócrata debiera a priori condenar al averno, al margen de filias y fobias. Lo repite en Barcelona, lo ha pronunciado en Madrid y hace unos días lo ha reiterado en Bilbao, en un acto promovido por Elkarri, ante buena parte de la plana mayor del nacionalismo vasco.

Carod-Rovira aboga por una Cataluña que rehuya la visión identitaria y apueste, en cambio, por un «modelo cívico alejado de etnicismos».Les dijo a los nacionalistas de Euskadi: «La nación es un proyecto en permanente construcción; no podemos excluir a nadie porque concebimos la nación como un espacio de identidades compartidas (…) Queremos una Cataluña nacional que supere la división entre nacionalistas y no nacionalistas, en donde quepa todo el mundo».Exhortó a abandonar la idea de un «nacionalismo étnico, cultural, lingüístico, romántico». No silenció que en Cataluña ha llegado la hora de que accedan a las instituciones no sólo «los autóctonos y los catalanohablantes, como hasta ahora».

Además, apuntó que ser catalán ha de ser fruto de una «adhesión voluntaria», en función de las estructuras materiales y de la calidad de vida que pueda ofrecer Cataluña a sus ciudadanos.Dicho de otro modo, el líder de ERC hace suyo el viejo refrán: «No se es de donde se nace, sino de donde se pace». ¿Cuál es el peligro? ¿El hecho de que su objetivo último sea la independencia, pretendida por métodos ajustados a la legalidad y mediante mecanismos democráticos? También sostiene que Esquerra estaría dispuesta a votar la investidura de Rodríguez Zapatero si el PSOE acentúa el espíritu de Santillana. Y hasta aceptaría formar parte del Gobierno de España.

Probablemente, la realidad resultante de este Gobierno tripartito de izquierdas -que ha anunciado que doblará el gasto social- no sea tan hermosa como sus líderes la pintan, la imaginan o la desean. Pero constituye una esperanza desde muchos puntos de vista. Quizás pueda ser una vía transitable hacia la resolución de un conflicto que ya existía incluso antes de Felipe IV y Olivares.En todo caso, los ciudadanos de Cataluña votaron el 16 de noviembre sin coacciones ni amenazas ni riesgos terroristas. Lo hicieron en paz. Manténgase, pues, la paz y callen por un tiempo, o hablen más bajito, los habituales profetas de la catástrofe. En Cataluña tocaba ya cambio. Dejen al menos probarlo. Tampoco es pedir tanto.