En contra del patriarcado gramatical

Más de trescientos maestros en Francia dijeron que no volverán a enseñar la regla de que “el masculino prevalece sobre el femenino” cuando se trata de sustantivos en plural. Credit Martin Bureau/Agence France-Presse — Getty Images

Aún recuerdo mi indignación en la preparatoria cuando mi maestra de francés nos enseñó esta regla: los sustantivos en francés tienen un género, incluso aquellos que parecen asexuales como “mesa”. Y si tienes un grupo mixto de sustantivos masculinos y femeninos —por ejemplo: un grupo de varones estudiantes (étudiants) y de mujeres estudiantes (étudiantes)— tienes que referirte a ellos como un grupo en masculino.

“¿Qué pasa si hay 99 mujeres estudiantes y un estudiante varón?”, pregunté.

No importa, dijo mi maestra. Es más, si escribes una oración sobre la belleza de los estudiantes varones (beaux) y mujeres (belles), el adjetivo para describirlos debía ser masculino también: Les étudiants et les étudiantes sont beaux.

Así es el francés, aseguró.

Ese sexismo me escoció. Y eso incluso fue mucho antes de que descubriera que una de las razones detrás de esa regla en que un varón triunfe sobre un número infinito de mujeres es que “el género masculino es considerado como más noble que el femenino por la superioridad del varón sobre la mujer”.

Esa cita, de un libro de gramática francesa de 1767, fue retomada el pasado 7 de noviembre en una declaración firmada por 314 maestros en Francia en la que establecían que no enseñarían más esa regla de que “el masculino prevalece sobre el femenino” cuando se trata de sustantivos en plural.

La objeción de los maestros no solo tiene una causa filosófica, sino una filológica también. Según dice la declaración, la regla es advenediza (se proclamó en el siglo XVII y solo se enseñó ampliamente en el siglo XIX) y tiene motivaciones políticas (apuntaló las leyes francesas que le negaban igualdad de derechos a la mujer, apuntan los maestros). Además, dijeron, la regla anima a los estudiantes más jóvenes a “aceptar la dominación de un sexo sobre el otro”, en detrimento de la mujer.

En su lugar, lo maestros sugirieron usar la “regla de proximidad” en la que el adjetivo concuerda con el género del sustantivo más cercano y que fue muy común durante siglos. Añadieron que en dado caso, la gente podía usar “un acuerdo por mayoría”, en el que el adjetivo concordaría con el género del sustantivo con el mayor número de integrantes; incluso, señalaron que quien escribe puede decidir cómo hacer la concordancia.

No sorprende que en un país que defiende su lengua con un árbitro gramatical oficial y que le tiene un cariño especial al acento circunflejo hayan causado inquietud los esfuerzos por hacer al francés más igualitario: los miembros de la vigilante Academia Francesa se quejaron de que habían puesto al francés en “peligro mortal”. El 21 de noviembre, además, el primer ministro Édouard Philippe prohibió explícitamente el uso de “la llamada escritura inclusiva” en textos oficiales.

Incluso la ministra francesa de Equidad de Género, Marlène Schiappa, parecía desconcertada por la declaración de los maestros, aunque dijo que era un asunto digno de discusión entre los expertos del lenguaje. Como se esperaba, Schiappa fue cuidadosa al describir a esos expertos como grammairiens (gramáticos) y grammairiennes (gramáticas).

Como una persona que vive en el siglo XXI, tengo que aplaudir la rebelión de los maestros; como una persona cuyo trabajo es el asegurarse de que los escritores usen la gramática con corrección, me preocupo por cómo voy a pagar mi hipoteca. Aun así, al saber de la lentitud con la que el francés ha cambiado con el paso de los siglos —al menos en comparación con el inglés—, parece que este debate continuará durante —precisamente— siglos. (Por cierto, no solo se trata del francés; el español y el árabe también le dan un papel protagónico al masculino).

Pero antes de que quienes hablan inglés se congratulen por tener una lengua que en su mayoría se ha deshecho del género gramatical, deberíamos repensar el everybody (todo el mundo) y el he (él) predeterminados.

Everybody es un problema: está en singular así que cuando funciona como el sujeto de una oración concuerda con un verbo en singular; pero ¿qué pasa cuando hay que usar un pronombre posesivo? Lógicamente, gramáticamente, tendría que ser en singular también, pero ¿qué género tiene “todo el mundo”?

Como a muchos estadounidenses, me enseñaron que la respuesta predeterminada es “Masculino”, con un ejemplo: Everybody brought his own lunch, o “Todo el mundo trajo su propio almuerzo” pero con his (o de él) —en español no tenemos este problema—. Sin embargo, es extraño escuchar una construcción como esa en la lengua hablada y, como editora, es cada vez más extraño leerla. “Todo el mundo están trayendo su propio almuerzo” o “Todo el mundo se ven diferentes” decimos, al cambiar el pronombre en singular por uno en plural.

Ese “él” predeterminado ya no se siente bien, mientras que alternar “él” y “ella” puede parecer molesto o acomplejado. El Manual de Estilo de The New York Times (en inglés) es firme: “Cualquiera, alguien, todo el mundo o nadie, todos requieren de un él o ella (nunca they [ello/as]) en futuras referencias”.

En inglés, la mayoría de las veces es muy fácil reescribir para evitar el “él” predeterminado y su concordancia, pero en algunas ocasiones observo una oración y anhelo el día en que el they singular (que el diccionario Merriam-Webster dice que se ha usado desde los años 1300) sea aceptado en todos los ámbitos. Así parece que es en el Reino Unido, pues el diccionario de uso de Fowler, Modern English Usage, aprueba que “todo el mundo” sea usado con un verbo conjugado en singular y tenga un pronombre en plural.

Curiosamente, es el francés —con todos sus pronombres con género— que esquiva el problema de “todo el mundo”: los pronombres posesivos de la versión francesa de “todo el mundo” concuerdan con el género del sustantivo que se posee, así podemos decir “Todo el mundo trae su propio almuerzo”. Claro, quienes aprenden francés deben recordar que “almuerzo” (déjeuner) es un sustantivo masculino. Y como el almuerzo es francés al menos tendrás la certeza de que está delicioso.

Carmel McCoubrey es una editora del equipo editorial de Opinión de The New York Times.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *