En defensa de la autonomía

En julio de 1982, la Comunitat Valenciana vio aprobado su Estatut d’Autonomia. En este año 2012, cumplimos treinta de recorrido autonómico. Es un buen momento para hacer balance. Es un buen momento incluso para celebrarlo. En las calles de Valencia, de Castelló, de Dénia, de Orihuela, de Requena o de Morella, se deberían programar (estamos a tiempo todavía) fiestas, modestas, y debates, intensos, sobre lo que significa para los valencianos disponer de autogobierno. Estado que, por otra parte, fue el normal entre la fundación del reino de Valencia en 1238 y el año 1707, momento de la batalla de Almansa. No podemos consentir que se falsee la historia y que se predique que el paréntesis que se abrió con los decretos de Nueva Planta de Felipe V, y que se cerró en 1982 (periodo uniformista ya criticado a finales del XIX por Teodor Llórente), se convierta, paradójicamente, en el estado en el que los valencianos nacieron, crecieron y se desarrollaron como pueblo durante cinco siglos. Sería triste que, justo en el año que se conmemoran los treinta de la aprobación del Estatut d’Autonomia (reformado en el 2006), el autogobierno fuera un paréntesis dentro de otro.

Las últimas declaraciones de la (ex) presidenta Esperanza Aguirre (expresidenta porque ni mental ni políticamente ya lo debería ser, después de su contundente discurso antiautonómico) no sólo no se adecuan a lo que en Catalunya o en el País Vasco se piensa. Es que ni siquiera se corresponden, estoy seguro, con el sentir de determinadas sociedades o comunidades autónomas de la España “intermedia”. Porque es un error pensar que sólo hay dos tipos de comunidades en el Estado: las históricas, es decir, las naciones en pleno sentido de la palabra, y el resto, entramados artificiales creados en un momento dado como respuesta al deseo de autogobierno de las primeras. Sencillamente no es verdad. Cuando Ernest Lluch escribió las Españas “vencidas” o cuando en la portada del último libro de Enric Juliana se puede apreciar un mapa con las Españas “asimiladas”, ambos conceptos no se referían únicamente a Catalunya, y mucho menos a Euskadi… La pluralidad del Estado no empieza en Vizcaya y acaba en Tarragona,

con finos tentáculos hacia Vigo o Sevilla. Un cuerpo “intermedio” autonómico ha ido tomando forma y altura y, con altibajos, ha ido consolidando una visión propia, un horizonte asentado en episodios históricos relevantes, tradiciones compartidas, lengua propia (viva que no muerta), agendas económicas y de infraestructuras y fenómenos antropológicos y sociológicos potentes… Valencia es un caso paradigmático. Y tiene la importancia de ser la pieza que podría hacer volcar la estructura del estado hacia un lado u otro. Los valencianos no somos un invento reciente, al menos no más que otros.

Si la expresidenta Esperanza Aguirre quiere devolver “sus” competencias, que lo haga. Allá ella y allá los madrileños. Tal vez incluso fuera lo más conveniente para sus intereses (¡y para los nuestros!). De hecho, en Estados Unidos, la zona de Washington, a diferencia de los otros cincuenta estados de la Unión, no dispone de estructura estatal, ni de cámara de representantes propia. Su vida depende directamente del Gobierno federal. Y no viven mal del todo. Ni siquiera el distrito de Columbia (es decir, el territorio donde se asienta la ciudad de Washington) dispone de senador alguno en la cámara senatorial de Estados Unidos.

Por ello, en este año 2012, la voz del presidente de la Generalitat valenciana, Alberto Fabra, se ha de escuchar enérgica en defensa de la autonomía. Tendremos más o menos dinero, tendremos más o menos capacidad de acción, haremos las cosas con más o menos modestia (de nuevo, Enric Juliana), pero el presidente Fabra debería defender la idea de que ser valenciano no es un estado administrativo, es un derecho que muchos queremos seguir ejerciendo, empezando, es de suponer, por quien gobierna en el histórico palacio de la calle de los Cavallers.

Bien mirado, comparto la idea de Esperanza Aguirre: que Madrid devuelva sus competencias y que, de una vez por todas, no juegue con la doble ventaja de disponer de inversiones estatales por ser sede del Gobierno central (y del pensamiento radial de España) y de las inversiones regionales que le tocan en el pastel autonómico, que sea de una vez por todas, si así se decide, el distrito federal de España.

El resto de las comunidades, al menos las autonomías “intermedias”, seguiremos con nuestra historia, no como un paréntesis, sino como un paso más en el devenir de lo que fuimos y lo que seremos. Yo, al menos, no tengo ninguna vocación de paréntesis.

Josep Vicent Boira, profesor de la Universitat de Valencia.

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