En defensa de la eficacia

En tiempos del Rey Carlos II de Inglaterra, dos cortesanos acudieron al capellán real en busca de consejo. Ambos cortesanos querían que un alguacil se librara de unos forajidos particularmente sanguinarios que salteaban caminos cerca de las propiedades de un señor con el que ambos querían congraciarse. El primer cortesano quería que el encargo recayese en un alguacil joven y expeditivo. El segundo cortesano no estaba de acuerdo, ya que el susodicho alguacil era hijo de un Cavalier, es decir, que su padre había luchado en el bando equivocado durante la guerra civil que acababa de terminar.

El segundo cortesano pedía que el encargo lo realizase un alguacil leal a la causa de los Roundheads, la causa del padre del Rey. No era cuestión de poner, decía el celoso cortesano, al hijo de un rebelde en posición de destacar. Pero el único disponible por aquellas tierras era un anciano gotoso.

El capellán caviló sobre la petición un rato antes de responder: «El buen arquero no es juzgado por sus flechas, sino por su puntería». Tenía más miedo el capellán de poner vidas en manos de un incapaz que buen nombre en un eventual enemigo político. Y así fueron los hombres y el encargo a manos del mejor preparado para realizarlo.

Desde el punto de vista del realismo filosófico, el hacer humano debe tener como objetivo la perfección, y esta misma es medible y alcanzable. Cualquier creación, cualquier poiesis humana, parte del no-ser y concluye en el ser. La razón debe ordenar la acción, esta no debe estar sujeta a los sentimientos o a la improvisación, sino la consecución de la eficacia.

Lleva siglos de moda entender lo que nos rodea como un constructo, una realidad percibida por el espectador, o, aún peor, condicionada por el mismo. Cuando la realidad no es independiente al observador, basta con que alguien particularmente avispado tenga un micrófono particularmente grande para que un enorme rebaño empiece a ver el cielo verde.

Sin embargo, a la hora de mirar la realidad, es el propio ser humano, y más concretamente sus capacidades, el límite de la poiesis. Podemos sentar a un constructivista frente a un clavo que asoma en un madero, sin otra cosa que sus pulgares para hundirlo, y disfrutaremos de toda clase de disertaciones sobre la naturaleza del clavo y la conveniencia de hundirlo. Conoceremos la visión del constructivista sobre el origen de la madera, que quizás no sea una madera sino otra cosa muy distinta. Descubriremos lo hermoso que sería tener muchos más clavos, o quizás lo terrible que es mancillar la santidad de la viga con un ofensivo cuerpo metálico. Todo ello durante horas, sin que el clavo avance un solo milímetro dentro de la madera.

O podemos poner a un realista con un martillo y esperar unos segundos.

El preocupante ascenso de las ideologías populistas de todo signo en el mundo occidental tiene que ver, antes que nada, con una fundamental ignorancia y una debilidad de carácter frecuente en la naturaleza humana.

La debilidad es sencilla de localizar. Ante cualquier crisis, el individuo deposita en muchas ocasiones el origen del mal que le acecha fuera de los límites de su alcance. Levanta una empalizada justo delante del problema, enciende las antorchas y permanece dentro de la luz que desprenden, creando sombras alargadas en el exterior a las que es fácil convertir en depredadores de dientes afilados. Una vez identificados y nominados estos monstruos, el individuo se gira, antorcha en mano, hacia una autoridad superior a la que se le atribuyen poderes sobrenaturales. El individuo exige que se acabe con los monstruos, y ya de paso no quedarse calvo o que dejen de olerle los pies.

La ignorancia brota en los confines de dicha debilidad, y sus raíces se hunden por debajo de esta. Cuando no se es capaz de identificar dónde se localiza el agente causal de los acontecimientos que dan forma a la realidad, es sencillo atribuir a entidades –superiores o distintas– unas capacidades imposibles, tanto más cuando esta realidad nos la ha dibujado un amable constructivista. Así concluyen los inmigrantes ilegales siendo la causa de la pobreza sistémica de un parado de un pueblo perdido de Oklahoma por el que jamás ha pasado un mexicano. Así terminan los bancos siendo el demonio controlador que maneja los hilos de la sociedad. Así acaban muchos creyendo que la obligación del Estado es que todos empecemos el mes con al menos 400 euros en nuestra cuenta corriente. Así acaban los desempleados siendo un enorme grupo de parásitos enganchados a la exigua yugular de la Hacienda Pública.

Las cuatro proposiciones anteriores son igualmente falsas. Sienten a un par de tertulianos –por cuyas venas no fluye sangre sino constructivismo epistemológico– alrededor de cualquiera de ellas y les llenarán con alegría una hora de radio y miles de cabezas de basura. Es por tanto difícil parar la compleja mezcla de ignorancia y debilidad que no nos deja percibir el sistema en su totalidad, cuál es nuestro lugar en él, dónde se encuentran las grietas y cuál es la mejor forma de taparlas.

El capellán del Rey Carlos II tenía muy claro que el problema no era si un candidato era hijo de un rebelde o un leal a la causa. El capellán tenía muy claro que para ahorcar forajidos, primero hay que atraparlos, y que los viejos gotosos montan a caballo más bien mal. Así que no miró el color de la flecha, sino dónde quería clavarla. Para recuperar la salud de España, hacen falta más hombres como el sabio capellán. Hace falta un país entero, de hecho, que sepa reconocer la eficacia como la principal virtud, propia y ajena. Por encima de las ideas o de la elocuencia, por encima de los colores o la apariencia.

Juan Gómez-Jurado, escritor y periodista.

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