En defensa de la política

Por Rafael Pradas, periodista (EL PERIÓDICO, 19/12/07):

Poner a los políticos contra las cuerdas, criticar la actividad política, se ha convertido últimamente en un deporte de gran éxito en Catalunya, país dado a la confusión en muchos aspectos de la vida pública. Muy a menudo, los políticos y la política son presentados –y vistos– como ajenos del todo a las inquietudes de la gente cuando no, causa de sus problemas. Desde las infraestructuras, por supuesto, hasta el incivismo, los precios, la saturación de los aeropuertos, el paro, las listas de sanidad…
Los italianos lo resumen en una frase feliz: piove, porco governo. Si llueve es culpa del Gobierno. Y si hay sequía, también. Nos parece impensable pedir otras responsabilidades colectivas o individuales. Es como si no existiese más corporativismo, ansia de poder o ganas de salir en los medios que el de los políticos.

EL RECIENTE Barómetro Social Europeo señala que más de un 35% de ciudadanos de España y Portugal tienen escaso interés por la política. Aunque puede que las largas dictaduras en ambos países algo tengan que ver con eso, es comprensible que mucha gente no se sienta identificada con la política o la vea lejana: cansan y aburren las discusiones estériles, las descalificaciones, el lenguaje autocomplaciente, el exceso de apego al poder, la falta de claridad y sinceridad… Pero habría que esforzarse en explicar –a lo mejor en la escuela, con la educación para la ciudadanía– que la política no empieza ni termina ahí: en la medida en que gobierne la vida cotidiana, dibuje el futuro y siga buscando la felicidad, como Jefferson y los padres fundadores de Estados Unidos, la política será forzosamente de todos. El diccionario de la Real Academia la define también como una tarea del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo.
Nos levantamos y escogemos una emisora de radio o televisión para saber las últimas noticias; para ir a trabajar, optamos entre coche o transporte público; reciclamos o no; llevamos a nuestros hijos a una determinada escuela; compramos uno u otro periódico; presentamos una reclamación o agachamos la cabeza; tal vez formamos parte de una asociación; escribimos una carta al director o damos la opinión en la red, estamos de acuerdo, disentimos, reivindicamos… A cada momento tomamos opciones políticas, hacemos actos políticos, como corresponde a seres sociales.

NADIE considera que el fútbol sea solo de jugadores, entrenadores y directivos, pero en cambio es fácil caer en la trampa de creer que la política está reservada a sus profesionales. Y la verdad es que también hacen política, y mucha, los jueces, los periodistas, los sindicalistas, los empresarios, los banqueros, las universidades, los lobis. Incluso quienes afirman eso de que “nosotros no hacemos política, no nos metemos en política”, están influyendo, conformando opiniones y condicionando nuevas actuaciones. Al final, descubrimos que la crítica a partidos y políticos no siempre es inocente. Por encima de la voluntad de regenerar el sistema democrático pesan mucho las posiciones de quienes, a escala local, regional o planetaria, defienden su poder económico, mediático, ideológico… Una sociedad desestructurada, sin referentes, es más manejable.
Hay que reivindicar el valor de la política democrática –la intervención en los asuntos públicos– como patrimonio popular. Conscientes de que no basta con votar cada cuatro años, cierto, pero diciendo alto y claro, a la vez, que en un mundo tan globalizado, complejo y mediatizado, acudir libremente a las urnas es un acto de gran valor simbólico… y real. Un hombre/una mujer un voto es la gran conquista de la democracia que permite escribir la historia imprevista tanto en los sistemas consolidados como en los que lo son menos. Fíjense si lo sabe Putin, lo claro que lo tenían los hermanos Bush en Florida o la sorpresa que se ha llevado Chávez. Tanta como Rajoy el 14-M.
Otra cosa es nuestra opinión sobre partidos políticos e instituciones, que deben ser objeto de crítica, análisis y reforma. Los partidos han de ser más democráticos –¡qué paradoja!– y transparentes, y es necesario, en España, en Catalunya, perfeccionar los niveles de participación y de representación ciudadana. Hacen falta políticos más próximos, sensibles ante lo diario y con visión estratégica de futuro, y políticas nuevas para problemas globales que los partidos fundados el XIX no podían ni soñar.

NECESITAMOS, cada vez más, de la presencia de ciudadanos comprometidos en la defensa de los valores democráticos, del pluralismo, de la política como servicio público. Un tópico dice que “la política es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos”. Subraya la dimensión colectiva de la política, sin duda, pero prefiero unas palabras de Yves Montand, que tan buen cine político interpretó: “Aunque no te ocupes de la política, la política se ocupará de ti”.
La realidad nos da una razón de peso más para no dimitir de nuestros derechos ni de nuestra responsabilidad, para encontrar resquicios y ámbitos de participación y para convertir la crítica y el activismo desde la base de la sociedad en elementos de regeneración democrática y de apuesta por la dignidad.