En defensa de la Reina Regente

El primer consistorio barcelonés tras la dictadura devolvió el nombre a muchas calles y plazas que el franquismo había usurpado. Desde entonces se han ido incorporando nuevos referentes culturales, sociales y políticos al espacio público. A diferencia de Madrid, Barcelona se anticipó a los contenidos de la ley de memoria histórica décadas antes de que esta se aprobase en el 2007. Ada Colau llegó a la alcaldía con la voluntad de revisar el nomenclátor y llevar a cabo un plan de memoria histórica. Pero como representa a una izquierda que sufre adanismo, es decir, cree que la historia empieza con ella, y actúa de forma sectaria, el equipo de Barcelona en Comú ha decidido que la ciudad, aunque libre de referencias franquistas, sufre en cambio un exceso de símbolos monárquicos.

A la docena de calles, pasajes, plazas y avenidas que llevan el nombre de algún integrante de la dinastía Borbón, cuyo cambio se está estudiando, se añade ahora el espacio donde se celebran los plenos del Ayuntamiento: el salón de la Reina Regente. El primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, ha hecho explícito el deseo de modificar la denominación de esta sala porque, según él, «ni se justifica democráticamente ni existe tampoco un vínculo especial» entre Barcelona y María Cristina de Habsburgo-Lorena, viuda de Alfonso XII, y regente de España entre 1885 y 1902. Pues bien, afirmar lo primero es una perogrullada. Que ese nombre jamás se haya votado no es una excepción. Ocurre lo mismo con el resto de los espacios históricos de la Casa de la Ciudad. Y en cuanto a lo segundo, solo se puede sostener desde la ignorancia.

El salón de la Reina Regente, construido en 1860 para albergar la sala de reuniones del consistorio, se designa así por razones que nos remiten a un contexto histórico imprescindible para nuestra memoria colectiva. Con motivo de la Exposición Universal de 1888, el edificio del Ayuntamiento se remodeló hasta convertirse en un palacio real para acoger la estancia de la reina regente y de su hijo, todavía niño, Alfonso XIII. Esta sala consistorial de forma ovalada, que todavía no se había acabado, se habilitó como comedor. El nombre de salón de la Reina Regente se lo acabó dando la apreciable pintura de Francesc Masriera de María Cristina con el niño, que preside este espacio. Colau haría mal en amputar toda esa memoria histórica por el deseo de ganar un titular o abanderar un discurso contra la monarquía.

Más allá de la anécdota de que el salón hiciera de comedor, la figura de María Cristina de Habsburgo-Lorena merece ser respetada. Durante su regencia visitó en diversas ocasiones la ciudad y el hecho de ser descendiente directa del famoso archiduque Carlos de Austria se vistió de gran significación. La intelectualidad catalana quiso ver una especie de reconciliación entre la dinastía de los Austrias y los Borbones, enfrentadas en la guerra de sucesión por la corona española a principios del siglo XVIII, y que tanto marcó la historia de Barcelona en 1714. La visita de la Reina durante la exposición, ubicada precisamente sobre la fortaleza represiva de la Ciudadela, fue el acontecimiento más celebrado en 1888. Las crónicas periodísticas describen el entusiasmo desbordante con que las instituciones de la ciudad y los barceloneses se prepararon para recibir a la familia real. La regente acudió a incontables festejos y actos, visitó muchos otros lugares de Catalunya, e inauguró el famoso monumento a Cristóbal Colón al final de la Rambla.

La Exposición fue un gran éxito que marcó una nueva etapa de desarrollo, y un escaparate para que España recobrase prestigio internacional. Tras un siglo XIX marcado por guerra civiles y pronunciamientos, el sistema de parlamentarismo liberal de la restauración se afianzó bajo la regencia de María Cristina. No es menor el hecho que se aprobara el sufragio universal. La conflictiva Catalunya se convirtió gracias a su impulso industrial y comercial en un referente para toda España. Y Barcelona se proyectó como una ciudad cosmopolita y emprendedora.

La monarquía no dio la espalda, sino que apoyó las iniciativas del alcalde Francesc Rius i Taulet para afianzarse como institución y extender el sentimiento de unidad nacional. Una década más tarde, la perdida de las últimas colonias marcaría una severa inflexión en ese optimismo. En lugar de amputar la memoria de la Reina Regente, sugiero a Colau que recupere la bellísima placa neoclásica de Celdoni Guixà que ha estado ininterrumpidamente en la fachada del Ayuntamiento durante 173 años. Celebraba la constitución progresista de 1837 y daba nombre a la plaza, que no siempre se ha llamado de Sant Jaume. Esa constitución consagraba importantes libertades, sobrevivió a la dictadura franquista, pero fue arrancada por Xavier Trias en un arrebato separatista.

Joaquim Coll, historiador.

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