En defensa de la Transición

Una de las novedades con las que me he tropezado al volver a Catalunya, después de un tiempo largo de vivir en el extranjero ha sido el trato del que es objeto la Transición. Simplificando, ha sido una sorpresa constatar que la derecha es ahora quien la defiende, manoseándola, mientras que quienes aspiran a un cambio no paran de denostarla. ¡Mi Transición! La de mi generación. La derecha la exhibe como una garantía frente al 15-M. O sea, frente a la sacudida que ha supuesto la irrupción de nuevas fuerzas políticas desacomplejadas, dispuestas a ponerlo todo patas arriba, incluso la Constitución.

El Partido Popular intenta atrincherarse detrás de una foto fija, sin reparar en que la Transición nunca fue una foto fija. Ni siquiera la de Manel Armengol. En Catalunya, las cosas son algo distintas, pero al final iguales. La Transición juega el mismo papel frente a los 11-S. Es una referencia para todos aquellos que se oponen a la independencia. Un dique para intentar frenar el malestar que ha cuajado en la sociedad catalana desde que el Tribunal Constitucional se cargó el Estatut.

Si la Transición fue de todos, todos tienen el derecho de arrogarse sus virtudes y de creer, o hacer creer, que los defensores de una nueva política, en Catalunya y en España, se la quieren cargar. La sorpresa mayor ha sido comprobar que los del 15-M y los de los 11-S hacían de la critica de la Transición el punto de partida de sus proyectos políticos. Como si tuvieran que matar al padre para demostrar que una nueva política es posible. Como si a rebufo de la Transición no fuera posible pensar un futuro distinto para España y para Catalunya. Al principio pensé que mi pasmo era fruto del alejamiento. No has entendido -me decían algunos amigos, al volver- que los cambios políticos tienen hoy un fundamento generacional. Pero poco a poco fui dejando de lado mis complejos y empecé a pensar que un cambio levantado sobre las cenizas de la Transición no solo es injusto. Es aventurado.

Denostarla parece ser la norma de las fuerzas políticas que buscan quebrar el bipartidismo. No basta con decir que toca abrir una nueva (Albert Rivera) o una segunda (Pablo Iglesias) transición, algo no solo legítimo sino obvio a los 40 años de iniciada la primera. Hay que vilipendiarla. Como si todo, la Constitución, el Estatut, los Pactos de la Moncloa, los muertos de Atocha y hasta la guerra del Golfo hubiera sido fruto de renuncias. Impuestas por lo que antes llamábamos poderes fácticos, en el mejor de los casos, o simplemente aceptadas como actos de traición a cambio de unos escaños y unas instituciones inoperantes.

Como yo he estado fuera unos años puede que me haya perdido, como se suele decir ahora, algunas pantallas. Pero no crean. Desde Alejandría, donde vivía, me fui enterando de todo o casi todo. De los estragos del paro. Del malestar de los jóvenes y no tan jóvenes y del cabreo de muchos catalanes. De la confesión de Pujol y de la detención de Rato. De casi todo. Lo suficiente como para comprender que se pretenda abrir una nueva etapa en la vida política del país que ya no puede ni debe estar dominada por el corsé del pasado, por memorable que haya sido. Esto lo entiende cualquiera. Quiero decir cualquiera que apueste por un cambio. Lo que no me parece de recibo es pensar el futuro sobre la base de denigrar el pasado reciente. ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay de ciscarse en lo que otros hicimos, de la mej or manera que supimos o pudimos, para justificar un cambio de rumbo? Ninguna. A no ser que se pretenda buscar en el descrédito del pasado una explicación a las dificultades de hoy. En España y en Catalunya. Por ejemplo, para explicar que el PP sea aún el partido más votado, con la que ha caído.

Como dice la canción de Lluís Llach, no és això companys, no és això. No es esto colegas. La Transición no tiene toda la culpa de nuestros males. Lo siento pero así avanza la historia. Con momentos de esperanza y otros de desazón. Y el desasosiego no tiene por qué borrar de nuestra memoria los días de épica y de cambio. ¿De qué sirve flagelarse? Decir que la Transición fue una «enganyifa» (Carod Rovira) o ««una mentira de familia que ocultaba un pasado poco heroico» (Juan Carlos Monedero). Mejor recordar a Javier Pradera quien escribió que la Transición fue un pacto entre desiguales. ¿O no nos acordamos de quién estaba en la calle antes de que muriera Franco y de quién ganó las elecciones? ¿Y del 23-F? ¿Y de los 23 años de gobierno de Pujol? Es lo que había. Y no creo que fuera porque quienes habíamos luchado por las libertades y el progreso nos achantáramos o vendiéramos nuestra alma al diablo. Los votantes decidieron. Ahora les toca decidir si quieren una segunda transición. Sin enterrar la primera, por favor.

Andreu Claret, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *