En defensa de las fiestas de mi pueblo

Hay un artículo de Ishmael Reed que se titula ‘La cruzada de la señora Gore’ y que está recogido en el compendio ‘Trapos sucios’, que publicó hace unos años la editorial La Oficina. Reed se muestra en él muy enfadado con la identificación del rap, el género musical, con las letras ofensivas (contra el género femenino, en concreto) que en su día hizo Tipper Gore.

Dice Reed algo así como que la ignorancia de Gore la lleva a agrupar todo el rap en el mismo paquete. Y se pregunta: «¿La música rap conduce a la violación? La abrumadora mayoría de las violaciones de este país las perpetran varones blancos que conocen a sus víctimas. ¿Por qué la señora Gore no critica sus gustos? Estoy convencido de que un montón de violadores blancos escuchan música country».

Durante toda la semana pasada han ido lloviendo prácticamente a diario los artículos y ‘posts’ en redes sociales que decían que los Sanfermines son una fiesta decadente, degradante, asquerosa, viciosa, machista… No sigo; seguro que ustedes los han leído también. Yo iba alternando su lectura con la lectura de mensajes de mis amigos pamplonicas ilustrados con fotos de ellos mismos comiéndose unas señoras magras con tomate una hora antes del Chupinazo, viendo los fuegos artificiales en el césped de la Vuelta del Castillo, poniendo cara de nostálgicos delante de la misma atracción de feria a la que solíamos ir cuando éramos adolescentes. También enviaban fotos de sus hijos felicísimos abrazados a cabezudos con esa mezcla de pavor e ilusión con la que un crío se acerca al ‘Caravinagre’ o instantáneas sacadas a las seis de la mañana, de caras llenas de legañas, con una sonrisa de oreja a oreja y el mensaje escrito: «Madrugón para ir a ver el encierro».

Los Sanfermines de verdad son los que uno recuerda como la semana en la que, cuando tenía unos 13 o 14 años, intensificaba hasta la pesadez el regateo con los padres por la hora de volver a casa. Si normalmente el toque de queda a esa edad era hacia las 10, en los Sanfermines, la excusa de que el concurso de fuegos artificiales se celebra todas las noches a las 11, ya constituía una garantía de que en casa no iba a pasar nada si no volvíamos antes de la medianoche.

También recordamos los Sanfermines de cuando ya teníamos 15 o 16 años y andábamos como locos viendo de qué bar sacábamos los calimochos, como aquellos en los que siempre que a alguien de la cuadrilla se le iba la mano con el ‘bebercio’, el resto hacíamos piña, le aguantábamos la cabeza en el váter, nos lo llevábamos a dormir a casa de quien fuera que tuviera esos días a los padres de viaje, no sin antes coordinar versiones de lo que íbamos a explicar cada uno en casa para que nunca se supiera qué había pasado.

También son los días en los que, cuando ya estás en los 20, te metes en una peña y aprendes a seguir bebiendo, sí, pero también a cocinar bacalao al pil-pil y pimientos rellenos y a dejar luego la cocina impecable, que al día siguiente otros colegas cocinarán para ti. También son recuerdo de madrugadas enteras de repetirle al amigo más cabezón la lista de motivos por los que en ningún caso podía meterse a correr el encierro, e ir repitiéndosela en plan disco rayado hasta que veías que ya habían dado las ocho y respirabas tranquila porque ya había pasado la hora y no quedaba otra que irnos todos a desayunar.

Todo eso son los Sanfermines. Yo soy más amiga de mis amigos porque hemos vivido juntos decenas de Sanfermines. Y lo soy también porque nos horrorizamos cada vez que nos enteramos de que pasan cosas terribles en Sanfermines. Nos horrorizamos más de lo normal precisamente porque pasan en Sanfermines.

Así que, parafraseando a Reed, ¿los Sanfermines, la fiesta, conducen a la violación? La mayoría de las violaciones las cometen gente (gentuza) que en ese momento está absolutamente serena, que no está bailando, que no está cantando, que no está cocinando bacalao al pil-pil para los amigos y que no está viendo fuegos artificiales. El problemón social que tenemos no son las fiestas populares, que no entienden de géneros ni de clases ni de edades. El problema es mucho mayor y quien se queda en la crítica a la fiesta, está obviando algo mucho más gordo.

Una de las conclusiones a las que llega Reed en su artículo podría aplicarse a todo esto también: «Al final uno no puede evitar sospechar que alguien como la señora Gore criticaría la música rap hasta si no tuviera letra». Por no apuntar a aquello a lo que realmente se debería apuntar, añado yo.

Isabel Sucunza, librera.

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