En defensa propia

¿Cómo se contestan preguntas que no se han hecho? ¿Cómo se establece una defensa eficaz ante un procedimiento anunciado en la prensa, pero del que no se tiene notificación alguna pasados cinco días? ¿Cómo se defiende una persona de expedientes disciplinarios fantasmagóricos? Sólo se puede contraponer a la noticia, tuviera o no razón para ser, la verdad. No es posible ningún procedimiento contra mi persona por haber pedido el voto para la candidata del PP porque nunca pedí el voto para Isabel Díaz Ayuso en la Fundación Alma Tecnológica. A la fundación, que presido con mucho orgullo, no sólo se invitó a la candidata del PP, fueron invitados los candidatos de otros partidos y habría sido una descortesía, una demasía, pedir el voto para uno de los invitados. La inexistencia de grabaciones de esa «llamada al voto» para los populares sería prueba suficiente. Consta ante los órganos competentes del PSOE una nota manuscrita en la que pido a un periodista que retire una información publicada en ese sentido. Es comprobable mi posición porque, al día siguiente, aparece una entrevista en La Razón en la que queda clara mi posición ante la pregunta de si había pedido el voto para la candidata del PP: «Yo soy afiliado del PSOE, te recuerdo además que yo no voto en Madrid ...yo no pedí el voto para nadie». En respuesta a otra pregunta intento ser contemporizador con los socialistas: «El PSOE podría situarse en el centroizquierda para obtener apoyos electorales que en otras ocasiones no los ha tenido... parece que lo está intentando». ¿Alguien puede imaginar un análisis más benévolo cuando el día anterior Gabilondo recordaba a Pablo Iglesias que les quedaban 12 días para ponerse de acuerdo? Dos días después, en El Confidencial aparece un largo reportaje sobre los cambios en la izquierda española y en él quedan claras mis diferencias con una de las personas que más estimo y admiro, Fernando Savater, que había dejado claro su apoyo a Isabel Díaz Ayuso. Todavía, pasados unos días, abría mi colaboración en EL MUNDO, titulada genéricamente Desde Mallona, diciendo que nunca había faltado al núcleo moral del compromiso que supone la afiliación a un partido político.

En defensa propiaNo hay motivos, no puede haber confusiones. Solo los nervios, la angustia por el resultado electoral del PSM (PSOE) o una falta espectacular de información pudo dar lugar al mal entendido. Si, después de tantas aclaraciones públicas, no se enteraron, sólo puedo pensar que ni siquiera leen los periódicos y así me explico algunas decisiones incomprensibles de los últimos tiempos, que algunos achacaban a genios mefistofélicos, siendo sólo las que producen la desinformación, la soberbia o el despecho.

Ya va para 20 años que dejé todas mis responsabilidades políticas. En aquellos años, ETA asesinaba con una frecuencia insoportable y había dirigido su siniestro objetivo a los cargos públicos del PP y del PSE. El PNV de Arzalluz hacía exuberantes y nauseabundas declaraciones, atenuando la importancia de lo que sucedía o, directamente, comprendiendo a «los chicos de ETA». Quedan como recuerdo, tristemente imborrable, el sabotaje nacionalista a la manifestación en repulsa por el asesinato de Fernando Buesa y la contramanifestación en Portugalete cuando nos movilizamos por el asesinato del policía autonómico Iñaki Totorica; de aquel terrible boicot a los pacíficos manifestantes, que nos obligó a socialistas y populares a buscar refugio en el ayuntamiento ante la furia descontrolada de los manifestantes nacionalistas, fue testigo sorprendido el ex presidente Rajoy. Pero también deberíamos recordar la frialdad, el cinismo, la socarronería, a la vez campechana y despectiva, de algunos máximos dirigentes del PNV con las víctimas del PP. En aquel tiempo, compadreaban envalentonados en el País Vasco la ignominia y el asesinato; la una siempre comprendida por una parte de la clase política española, que veía al PNV como la llave de la paz, cuando en realidad era la cerradura que obstaculizaba cualquier solución; el otro, el asesinato, convertido por su trágica repetición en costumbre.

En ese marco hice lo que tenía que hacer: no quedarme quieto ante el terrorismo etarra y contestar a quienes, de una forma artera, les justificaban o callaban a la espera de algún beneficio político. Por aquellas fechas hice la propuesta de un pacto antiterrorista entre el partido que gobernaba, en aquellos momentos era el PP, y la única formación política que le podía sustituir, el PSOE. La idea central era enviar a ETA un mensaje claro, diáfano y radical: gobernara quien gobernara, en España la política antiterrorista no cambiaría. Así desaparecería la esperanza etarra de negociar con unos o con otros según les conviniera, además de dividirnos y debilitarnos, al convertir el terrorismo en una cuestión de política partidaria. Trabajé paralelamente para sustituir al PNV en el Gobierno vasco. Con el PP coincidíamos en la defensa de la paz, la lucha por la libertad; también coincidíamos en ser objetivo de ETA, y en el apoyo a la Constitución del 78, que nos permitió ser ciudadanos en la nación española por primera vez después de 40 años de dictadura. Con el PNV nos unía una posición antifranquista en el pasado y unos intereses más o menos vagos en la política española. Era muy descompensado el balance para dudar. Era muy dramática la situación para no decidir por conveniencias tácticas. Era mucho lo que nos jugábamos para olvidarlo por un compañerismo nostálgico y enaltecido por el paso del tiempo.

Como sabía, sin embargo, que jugaba contra corriente en la vida orgánica del PSOE, basé toda mi argumentación en una premisa simple, sencilla, cierta, democrática y con solvencia moral: antes que afiliados a unas siglas, por muy honorables que fueran, somos ciudadanos; es más, la afiliación libre, sin necesidad de heroísmos, se puede realizar justamente porque antes somos ciudadanos. Y nuestra obligación ciudadana era enfrentarnos a ETA y oponernos a los que a la espera de algún beneficio contemporizaban con los entornos de los terroristas. Creo que, en aquel momento, empezamos a luchar más por la libertad que por la paz. La primera se conquista, al fin y al cabo; la segunda se podía y se suele negociar. Eso hicimos con desigual éxito político, pero absolutamente seguros de estar haciendo lo que teníamos que hacer, por encima de conveniencias partidarias o de intereses coyunturales.

Perdimos y preferí irme a que me echaran o, lo que es peor, que me hicieran comulgar con ruedas de molino contrarias a lo que pensaba y representaba. Algunos pueden cambiar sus principios, yo tengo pocos, pero me es imposible sustituirlos. Desde entonces, sin cargos orgánicos ni políticos, recuperada mi libertad, he venido defendiendo unas cuantas cuestiones básicas: en España, por nuestras características históricas, es imprescindible el pacto de los grandes partidos en un número importante de cuestiones políticas que afectan a las bases de nuestra convivencia. La política debe ser moderada y reformista. Los nacionalismos no deben ser determinantes en la política nacional. También que la política buena es la que no depende de los extremos. Todo esto lo he hecho siempre con respeto máximo a las personas, más si éstas son dirigentes del PSOE.

Esto lo defendí con Zapatero, lo hice también con Rubalcaba y lo he hecho con Sánchez, al que apoyé con entusiasmo mientras se negó a ser abrazado por Podemos. Esta posición no obedece a la búsqueda de un ajuste de cuentas con nadie, ni siquiera contra los que en su momento orquestaron campañas de aislamiento y/o difamatorias; menos lo es con Sánchez, que por su edad no fue protagonista de aquella etapa. Tampoco es por mi parte un conflicto generacional. Es la expresión en todo tiempo y lugar de mis opiniones, posibilidad que me ofrece ser ciudadano de un país democrático y que no impide el hecho de estar afiliado a un partido.

No he pedido el voto para otro partido. He expresado mi oposición al Gobierno del PSOE con Podemos. He hecho público mi rechazo a que el Gobierno de España dependa de un partido que decide su estrategia en la cárcel, por estar sus dirigentes presos por delito de rebelión. He mostrado mi resistencia a que los Presupuestos del Gobierno de España se apoyen en un partido como HB-Bildu. ¡Sí! Estoy en contra de esa política que divide a la sociedad y que nos devuelve al pasado. Hasta ahora, hacer esta defensa de mi idea de la política de progreso era compatible con mi afiliación. Pero si me veo obligado a elegir entre la consigna y la razón, entre la libertad y la arbitrariedad, entre la afiliación y la ciudadanía, saben ustedes de sobra dónde estaré.

Nicolás Redondo Terreros fue secretario general del PSE.

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