En el centenario de Jaime Guasp

Cuando Jaime Guasp se jubiló en el verano de 1983, Antonio Hernández Gil, entonces presidente del Consejo de Estado, hizo un elocuente elogio de su alta figura como jurista, catedrático de Derecho procesal de la Universidad Complutense de Madrid y letrado del Consejo de Estado. Pero en aquellas palabras de don Antonio hubo algo quizá más importante y que no pertenecía propiamente al mundo jurídico: dijo Hernández-Gil que lo único que les había pedido a sus hijos, Antonio y Guadalupe, cuando se enfrentaron a la elección de carrera, fue que hablaran con Jaime Guasp. Aquel era, sin duda, un buen consejo, porque el valor supremo de Guasp fue precisamente el de ser un gran educador de muchas generaciones de estudiantes universitarios en las décadas centrales del siglo XX español.

Con esta afirmación no desconozco su trascendental importancia como jurista y no sólo en el ámbito del Derecho procesal. Así, el libro que publicó en 1971, bajo el título característicamente sobrio de «Derecho», contiene la más original, distinguida y completa teoría general del derecho que se haya escrito en castellano. Además, Guasp conservó siempre un gran amor por su disciplina. «El derecho —nos decía a sus alumnos— es como una rica heredera: todos quieren su fortuna, nadie quiere su corazón». Él sí quería el corazón de la rica heredera y le fue fiel hasta el final.

¿Cómo caracterizar adecuadamente estas dos dimensiones de Jaime Guasp? Según apunté en otro lugar, hay un Guasp oral, que ponía el poder de la palabra al servicio de una amplia e inspirada misión educadora, y un Guasp escrito, dedicado al cultivo estricto de la ciencia jurídica. El estudio del derecho es un estudio de libros, había dicho Álvaro D’Ors; a Guasp le gustaba este pensamiento y sin duda se rigió por él. Sus libros —sobre todo, el «Derecho procesal civil» y el ya citado «Derecho»— se sujetan a patrones formales y lógicos extraordinariamente rigurosos. Guasp expone, razona y demuestra, y el raciocinio ni se interrumpe ni se adorna con citas doctrinales, notas o excursus. Por otra parte, en su implacable uniformidad metodológica, tan familiar para muchos estudiantes, —concepto, naturaleza, fundamento, requisitos, contenido y efectos— no deja de haber un eco de las grandes obras escolásticas.

Tras leer a Guasp uno lo imagina fácilmente escribiendo algo parecido a aquella carta en la que, al final de su vida, nuestro gran teólogo Francisco Suárez decía: «Siempre continúo en esta tahona y sequedad de lo escolástico». Los biógrafos del doctor eximio veían en esta suave queja la prueba de que el genio suareciano no se agotaba con su oficio de filósofo. Lo mismo podríamos decir quienes conocimos a Jaime Guasp: sus energías espirituales no se consumían con su profesión de jurista, sino que tenía una reserva que utilizaba para su vocación de educador.

Guasp reunía al menos tres condiciones que le permitían ejercer con brillantez esa vocación. Una fue la convicción de que la universidad, para ser digna de su nombre, debía tener por misión proporcionar «una enseñanza sintética situada en un plano superior y distinto al de las prolijas e inagotables especializaciones del día». Otra, complementaria de la anterior, era su formación universal, que se extendía a muchas disciplinas ajenas al derecho y a culturas distintas de la española y aun de la europea continental. Aquí habría que mencionar su buen conocimiento, tan infrecuente en su generación, del mundo de habla inglesa. Una Weltanschauung tan sólida y amplia le permitía orientar a sus jóvenes interlocutores utilizando simultáneamente distintos ejes de coordenadas, aunque siempre desde un centro de gravedad español, que no dejaba por ello de ser liberal e ilustrado. La última condición era su radical independencia, que le hacía decir en clase, irguiéndose con el orgullo del Farinata de Dante: «El lema de la ciencia es el lema del ángel caído- Non serviam! ». Como decía alguien que lo conocía desde sus años estudiantiles, Guasp siempre había pensado por su cuenta. Lo que decía era invariablemente de cosecha propia y esa originalidad multiplicaba la efectividad de su mensaje, porque las ideas llegan con mucha más fuerza cuando han sido largamente meditadas.

Todo ello hizo de Guasp un gran educador de hombres, inserto en una noble tradición cuyo modelo original podría situarse en Sócrates. No es una coincidencia, en este sentido, que uno de los diálogos platónicos —el «Laques»— donde más clara aparece esa dimensión socrática, empiece de manera semejante al presente artículo, con la preocupación de unos padres atenienses por el futuro de sus hijos. Al igual que Sócrates, Guasp no educaba escribiendo, sino hablando. El conocimiento del derecho se adquiere en los libros, pero la educación general sólo la puede dar una persona, en el sentido más distinguido y pleno del término, y lo ideal será que se trate de alguien que posea el don preclaro de la palabra y además lo utilice rectamente… Aquí surgía el Guasp oral, igual de admirable que el Guasp escrito, pero necesariamente distinto, porque, como decía Unamuno, una persona no debe hablar como un libro.

Cuando Guasp hablaba en clase, el derecho dejaba de ser un fin en sí mismo, como lo era en sus libros, y pasaba a convertirse en un medio para introducir al alumno en el mundo de la cultura y también para enseñarle a pensar por sí mismo. La sequedad escolástica desaparecía y aunque las avenidas del raciocinio no perdían su traza geométrica, ahora se recorrían a la sombra de todo el arbolado de las ciencias del espíritu —filosofía, literatura, historia, política— que el maestro manejaba con gran destreza y encanto.

A Guasp le gustaba despertar suavemente la curiosidad de sus alumnos. No se dedicaba, como tantos en su siglo, a destruir antiguas certidumbres mediante la provocación, sino a hacer germinar la inquietud en espíritus dominados por la indiferencia o la apatía. Para conseguir este objetivo se servía de un talento especial para sugerir las cosas, siempre con rigor conceptual, pero sin imposición ninguna, abriendo ventanas sobre el mundo, pero dejando que sus alumnos descubrieran solos lo que se veía a través de ellas. Esa curiosa mezcla de severidad y tolerancia le caracterizaba también en el Consejo de Estado; de ahí que Miguel Herrero, su amigo y compañero de cuerpo, escribiera con acierto que su conversación era «a la vez dura y amable». Y aquí debe terminar este sintético retrato de un gran educador, pero no sin antes decir que su inspiradora palabra contaba con el respaldo, discreto pero imprescindible, de su integridad y de su bondad personal.

Hace muchos años, el Ministerio británico de Educación puso en marcha una campaña de publicidad institucional con el siguiente y acertado lema: «Nadie olvida a un buen profesor». Esta gran verdad deviene aún mayor si el buen profesor se acaba convirtiendo además en un maestro de pensamiento y de vida. Así, en el centenario de su nacimiento y casi treinta años después de su muerte, quienes fuimos sus alumnos no nos hemos olvidado de Jaime Guasp ni tampoco de la emoción con la que, sobre las once menos cuarto de la mañana, esperábamos a que se cerrara la puerta del Aula 1 de la Facultad de Derecho de la Complutense para que empezara su clase.

Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín, letrado mayor del Consejo de Estado.

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