En el centenario de Pedro de Lorenzo

Con estas líneas quisiera contribuir a recordar al escritor y periodistas extremeño Pedro de Lorenzo. Nacido hace cien años en Casas de don Antonio (Cáceres), fue abogado, brillante orador y articulista de fino y esmerado estilo, tal vez su principal contribución al panorama cultural y literario del siglo anterior. Porque en un tiempo en el que el «realismo» y la literatura comprometida y de denuncia, y estilo chirle, pedestre y chabacano, han sido exaltados como gran virtud –«escribo como escupo», dijo un importante poeta español de los cuarenta y los cincuenta–, Pedro de Lorenzo destacó por ser (como José María Pemán) el último gran orador español y articulista de primera línea, con una prosa enjoyada y preciosista, minoritaria y exigente con el lector.

No ha tenido suerte en España lo que se da en llamar «saber escribir». Injustamente olvidados han quedado prosistas como Azorín, Gabriel Miró –modelos de De Lorenzo–; pero también Casona, Fernández Flórez, Jarnés, Valera y tantos escritores de prosa limpia y elegante.

El caso de mi abuelo no ha sido una excepción. Publicó sus artículos en la prensa de entonces: «Pueblo», «Arriba», cuyo suplemento literario llegó a dirigir, y a partir de los años sesenta, en Blanco y Negro y ABC. Formó alineación con el periodismo a lo largo de toda su vida. Dirigió «El Diario Vasco», dio clases en la Escuela Oficial de Periodismo y llegó a ser director adjunto de ABC a principios de los setenta. Recibió innumerables premios por su dedicación y buen hacer en este género, lo que recogió en su libro «La medalla de papel». Como orador fue célebre por sus conferencias y mantenedor de juegos florales en numerosos puntos de la geografía española, especialmente en su tierra extremeña, por la que sintió un vivo amor hasta su muerte en 2000.

Multitud de escritores extremeños y paisajes de Extremadura refulgen en las páginas de sus libros «Extremadura, la fantasía heroica» o «Capítulos de la insistencia». Su extremeñismo es lírico, no reivindicativo, ni castizo ni vulgar. Nada que ver con Reyes Huertas o los garbanceros defensores actuales de la tierra de los conquistadores, extrema y dura. En este sentido participó activamente en la creación de la Real Academia de Extremadura, con la que trató de contribuir a la divulgación cultural de esa región maltratada y olvidada, y que sigue teniendo en Pedro de Lorenzo su principal literato, pese a quien pese. A finales de los setenta colaboró con la Editora Nacional, tan añorada hoy, y fue asesor del ministro de Cultura de entonces, Ricardo de la Cierva, una temporada.

Como escritor, fundó en los años cuarenta el movimiento de poetas conocido como «Juventud Cradora» (García Nieto, Garcés, Revuelta, Loredo, Morales, García Luengo y otros), que vio la luz en 1943 y publicó hasta 1946. Luego pasaría a ser dirigido por su amigo José García Nieto.

Otro de los «amores» de Pedro de Lorenzo fue Cuenca, a quien dedicó un estupendo libro, «Relicario de Cuenca». Igualmente importantes fueron sus ensayos «Elogio de la retórica» y «El libro político».

La faceta novelística viene marcada por «La quinta soledad» y otras siete obras llamadas por su autor «Los descontentos», protagonizadas por un alter ego del escritor llamado Alonso Mora. Con una de ellas, «Gran café», llegó a ser finalista del Planeta en 1974. De lectura difícil y enriquecedora por su cuidadísimo estilo y dominio del léxico, son siete exponentes de la soledad y el desarraigo del protagonista.

Pedro de Lorenzo gozó en vida –al revés de lo que suele ocurrir– del reconocimiento que mereció, en contraste con el silencio –no exento de rencor y motivaciones extraliterarias– sufrido en los últimos años. Como ejemplo, fue nombrado «cronista general de los ríos de España», por uno de sus más divulgados ensayos, «Viaje de los ríos de España» (1968), que con su adaptación a la televisión constituyó un precedente no igualado de los viajes por España que le siguieron en ese medio.

Sería injusto olvidar a la mujer del escritor y compañera de toda la vida, la maestra y escritora Francis de la Asunción, a quien tanto debió Pedro de Lorenzo.

En este año de centenarios creo que es un deber de «memoria histórica» –término tan actual– y un placer reconfortante volver a leer la prosa lírica y selecta de Pedro de Lorenzo. Termino con el lema con que nuestro recordado autor quiso ser conocido y honrado en vida y en muerte. «Amó a su tierra. Escribió las memorias de sus muertos».

Carlos Andradas, nieto de Pedro de Lorenzo.

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