En el centro, España

«El momento más oscuro es justo antes del amanecer» (Thomas Fuller). El pasado 28 de abril el Partido Popular tuvo el peor resultado de su historia. Pedro Sánchez, con el menor apoyo parlamentario que nunca ha tenido un presidente de Gobierno, consiguió el mayor margen de maniobra que jamás habían logrado sus predecesores. Sánchez puede gobernar en solitario, intentar seducir a Ciudadanos o formar Ejecutivo con los podemitas y los independentistas. Si sale con barba, San Antón, y si no, la Purísima Concepción. Y todo en un momento en el que los separatistas tienen más poder que nunca y en el que estamos en vísperas de una desaceleración económica seria. Un panorama muy incierto para España que, por fortuna, tenemos la oportunidad de revertir el próximo el 28 de mayo, siempre que los que creemos en España y en la Constitución actuemos juntos.

Lo que nos jugamos es mucho, porque Sánchez ha caído en la misma tentación totalitaria que siempre ha tenido el PSOE y que quiso poner en práctica Zapatero: pactar con los partidos nacionalistas (ERC, BNG y los herederos de Herri Batasuna) para repartirse el poder. Los partidos nacionalistas mandarían en sus territorios y el PSOE se convertiría de facto en el único partido nacional con presencia en las nacionalidades históricas, mientras que el Partido Popular sería excluido de esos territorios. Una tarta con cuatro cucharas que Sánchez ha hecho realidad porque el resto de los partidos constitucionalistas han sido barridos del territorio vasco y minimizados en el catalán. La emigración de parte de nuestros votantes a Ciudadanos y la irrupción de Vox -que ha contribuido mucho a esta fragmentación, ha movilizado a la izquierda y a los separatistas- han sido determinantes para que Sánchez esté muy cerca de conseguir ese sueño. No es ocioso recordar que la fragmentación nos ha costado el Senado, que era el último freno que teníamos al poder de Pedro Sánchez.

En el centro, EspañaEn la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2018 que se celebró bajo el título de Al borde del abismo -¿Y vuelta?-, Wolfgang Ischinger, presidente de la conferencia, subrayó que el mundo se había vuelto menos liberal, menos internacional y menos ordenado. Trump, Putin y Xi Jinping se empecinan en erosionar el orden internacional que nos dimos tras la Segunda Guerra Mundial. Y, en la Unión Europea, el Brexit, el aumento del nacionalismo, la xenofobia y el proteccionismo (Salvini, Orban o Le Pen) quieren acabar con el consenso entre democristianos, socialistas y liberales que ha hecho avanzar el proyecto europeo.

En España, la crisis financiera dinamitó el escenario político vigente desde la Transición dominado por dos grandes partidos nacionales que coincidían en los principios básicos de nuestra Constitución (la unidad de España, la indisolubilidad de la nación, la igualdad de derechos y obligaciones y la solidaridad entre las personas, las generaciones y los territorios). Coincidían también en que las cuestiones de Estado (la política exterior, la defensa o las relaciones con la Unión Europea) debían ser consensuadas entre las grandes formaciones nacionales. Por poner un apunte: en 2008, antes de que se notasen los efectos de la crisis, los dos grandes partidos (el PP y el PSOE) obtuvieron el 83,75% de los votos y controlaban el 92% de los escaños;en las elecciones de 2019 no pasaron de 54% de los votos y el 45% de los escaños. El bipartidismo saltó por los aires y se abrió un período de inestabilidad que no ha hecho más que agudizarse con el tiempo.

En el Comité Ejecutivo de hace unos días dije que tres C -Crisis, Corrupción y Cataluña- explican la decadencia de los partidos tradicionales y la emergencia de los nuevos, dos de ellos claramente antisistema. Rodríguez Zapatero no fue capaz de anticipar la crisis, cuando la tuvo encima se obstinó en minimizarla, y cuando no tuvo más remedio que afrontarla aplicó políticas que llevaron la deuda a máximos y la credibilidad de España a mínimos. Rajoy, con un país al borde de la quiebra, no tuvo más remedio que aplicar políticas muy severas para evitar un rescate que hubiese resultado catastrófico. La corrupción anidó en las filas de los populares, pero también en las de los socialistas, por no hablar de la de los convergentes. Los condenados del PP llevan tiempo en la cárcel, los del PSOE siguen en la calle.

En Cataluña, tardamos en aplicar la coerción constitucional, cuando era evidente que los soberanistas querían alterar el orden por procedimientos no establecidos en la Constitución (un golpe de Estado en sentido técnico). Pero no es menos cierto que Sánchez arrastró los pies todo lo que pudo y condicionó su apoyo a que la aplicación del artículo 155 fuese limitada en el tiempo y en su ámbito objetivo. A nosotros nos pasó factura; a Sánchez no. Créanme los votantes que se han ido a Vox y a Cs que en el Partido Popular hemos aprendido la lección.

Y ahora, ¿qué hacemos? En mi opinión, el Partido Popular tiene que reivindicar y proclamar sus señas de identidad. Es evidente que, como en cualquier otro partido de amplio espectro, habrá posiciones distintas, pero coincidimos todos en el compromiso innegociable con las libertades y derechos fundamentales; en el respeto al Estado de derecho y la separación de poderes; en la apuesta por una economía social de mercado -insisto, las dos cosas, social y de mercado-; en la defensa de las instituciones internacionales y en un europeísmo militante. Principios que Vox no defiende o no lo hace con la misma intensidad. Abascal se define, en sus diálogos con Sánchez Dragó, próximo a Viktor Orban, el primer ministro húngaro. Un líder que no permite el matrimonio homosexual, que no cree que hombres y mujeres deban tener igual salario a igual trabajo, que ha cercenado la libertad de prensa y ha intentado controlar a los jueces; por no hablar de su rabioso euroescepticismo. Posturas que le sitúan en el marco de las democracias iliberales, que antes he citado. Nosotros no tenemos nada que ver con este tipo de planteamientos.

Y llegamos a la cita con las urnas del 26 de mayo. Sólo la concentración del voto en el Partido Popular, el mayor partido de España, el único que ha demostrado solvencia en situaciones económicas adversas, que cuenta con cuadros eficaces con experiencia probada, que ha sabido creer en los empresarios ayudándoles a crear empleo y que es el socio de los partidos de centro que conforman la mayoría de las instituciones europeas, permitirá impedir que Sánchez consolide un poder absoluto y garantizará que se establezcan contrapesos (checks & balances) en los distintas comunidades y ayuntamientos españoles.

Pasado ese día, no habrá libro de reclamaciones ni posibilidad de revertir una situación que se me hace insostenible. Y créanme que no está la Magdalena para tafetanes, porque los soberanistas tienen hoy más poder que nunca y estamos en vísperas de una desaceleración económica que nos va a pillar con menos pólvora en la Santa Bárbara, porque la política monetaria no da más de sí y la política fiscal tampoco tiene mucho margen. Sólo pido a los votantes que nos han abandonado y que comparten con nosotros la pasión por España que vuelvan a confiar en nosotros.

Tiempo habrá para que el Partido Popular y Cs busquen fórmulas de colaboración en la oposición y acuerdos electorales que nos permitan en el futuro formar una mayoría de Gobierno. Pero ahora dividir el voto equivale a darle a Sánchez un cheque en blanco y asegurarle una posición política de la que será dificilísimo desalojarle. Son tiempos de olvidarnos de errores del pasado para construir un futuro juntos, son tiempos de rassemblement, que dirían los franceses. Si algo sabe Sánchez, léase su Manual de Resistencia, es que su primer objetivo político es perpetuarse en el poder al precio que sea. Lo mismo le da envolverse en la bandera nacional, que recibir a Torra con lazo amarillo y con un documento que cuestiona los pilares mismos en los que se asienta nuestra Constitución. Son tiempos en los que sobra codicia y falta ambición. Ambición de país, ambición de España.

José Manuel García-Margallo es ex ministro de Exteriores.

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