En el día de Europa, más Europa

Hace ya 63 años que Robert Schuman pronunció el discurso que constituye la piedra angular del edificio europeo. Hoy en las capitales y en muchas ciudades de los países de la Unión se izará la bandera de Europa y se entonará el himno que nos hemos dado los europeos: el himno de la alegría. Y hay muchos motivos para celebrar el Día de Europa con alegría.

Robert Schuman dijo dos cosas especialmente importantes en su discurso del 9 de mayo de 1950: «Europa no se construyó y hubo la guerra; Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas que creen una solidaridad de hecho». En estas palabras se resumen el espíritu y el método de la construcción europea. Los conceptos claves son «paz» y «solidaridad».

Quizás la apelación a la paz resulte hoy algo anacrónica a las jóvenes generaciones y, en consecuencia, poco movilizadora. ¡Hasta la larga «guerra fría», que tanto costó superar, ya nos parece muy distante! Pero la paz no es la mera ausencia de la guerra. Es mucho más. Es el fundamento de una convivencia basada en la libertad y es el motor máximo de la prosperidad. Es un «bien invisible» que resume los muchos bienes que gozamos los europeos que voluntariamente nos hemos integrado en una gran comunidad ya de quinientos millones de ciudadanos, que no ha cesado de ser un polo de atracción: Croacia va a ingresar en julio de este mismo año. Y esto es también motivo de alegría.

El segundo concepto es lo que Schuman llamó «solidaridad de hecho». Este es el elemento, que con mayor énfasis que en otros momentos, debe inspirar a las instituciones y a los gobiernos europeos ante las dificultades y los desafíos que se nos han presentado. Quien de verdad sea europeísta debe afirmar con vigor que éste es el momento de aplicar el valor de la solidaridad «con realizaciones concretas». Los pasos hacia una mayor integración que hemos recorrido en las últimas décadas han sido ingentes. Todos ellos suponían renuncias parciales a la soberanía de los Estados y potenciación de las instituciones comunitarias. Los líderes que los afrontaron tuvieron el coraje de hacerlo. Maastricht, por ejemplo, fue el gran paso que necesitaba Europa tras la caída del muro de Berlín. Y se hizo.

Ahora necesitamos «otro Maastricht», otro fuerte impulso para sentar las bases de una nueva fase de prosperidad en Europa, con las lecciones que hemos aprendido de esta «gran crisis», que está durando tanto como la segunda guerra mundial. Las lecciones de la crisis han sido muchas y profundas: es imprescindible dotarse de reglas sólidas, que han de ser observadas; no es posible vivir por encima de nuestras posibilidades; el «modelo social europeo», cuyos elementos esenciales hay que preservar, debe adaptarse a las nuevas condiciones demográficas y a las exigencias de la globalización; los obstáculos a la libre circulación en el seno de la Unión minan el dinamismo económico; las desigualdades en el acceso a los mercados contradicen el principio de igualdad de oportunidades; los endeudamientos excesivos son insolidarios y suicidas.

Todas estas lecciones reclaman reformas valientes y de vuelo alto. Llamémoslas como queramos: Unión bancaria, Unión fiscal, Unión política. El clima está siendo propicio para la toma de decisiones. Percibo una aproximación de posiciones superadora del falso y estúpido dilema de austeridad versus crecimiento. La mayoría de las crisis nacionales se están saldando con fórmulas de marcado perfil europeísta. Italia es un claro ejemplo. Frente a los populismos antieuropeos, que suelen coincidir con los movimientos antisistema (a la postre los enemigos de Europa y de la democracia son los mismos), estoy convencido que el europeísmo es más fuerte y goza de un respaldo amplio en la sociedad europea.

¿Y en España? Nos debería servir el Día de Europa para una sencilla reflexión. A lo largo de nuestra democracia Europa ha formado parte esencial de los grandes consensos con los que se alumbró nuestra Constitución y se realizaron avances en este fecundo período de nuestra historia. Vivimos circunstancias especialmente difíciles, hasta dramáticas. Nunca hemos tenido desafíos tan formidables desde la Transición. Ahora también Europa debería ser motor y acicate de los «nuevos consensos» que necesita España para emprender reformas valientes y de vuelo alto. Los dos grandes partidos, protagonistas en la gobernación en esta etapa, tienen una especial responsabilidad. Veo a mi alrededor a muchos compatriotas que las reclaman. Tengamos claro que la España constitucional no puede entenderse sin el proyecto europeo.

Eugenio Nasarre, presidente del Consejo Español del Movimiento Europeo.

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