En el empleo más noble

Pocos empleos existen tan nobles como el de embajador, la persona escogida para representar a la nación y defender los intereses patrios ante una potencia o institución extranjera. Desde esa privilegiada atalaya no solo se asiste al devenir de la Historia sino que incluso se tiene la oportunidad de modificarlo.

La talla humana del embajador repercute directamente en el aprecio internacional del país que representa. Es conocida la anécdota de aquellos plenipotenciarios ante la Santa Sede, español y francés, en la época en que competíamos con Francia por el puesto de potencia hegemónica en Europa. El Santo Padre observó, desde la ventana de su despacho, que el embajador francés orinaba sobre los adoquines nada más apearse de la carroza en el patio de los palacios vaticanos. Cuando compareció en su presencia le riñó paternalmente: «Os ruego, messire, que no orinéis en el patio pues si el embajador español llega a saberlo querrá cagárseme en las alfombras».

Todos los embajadores han de escribir continuamente cartas y memoriales en función de su cargo. Algunos se alargan a escribir sus memorias, un subgénero literario que ha ofrecido obras tan sazonadas como la Embajada ante el Tamerlán, de Ruy González de Clavijo (1406), obra exquisita que describe en estilo vivaz y directo las vicisitudes de los embajadores que Enrique III de Castilla envió a Samarcanda, el otro extremo del mundo, para proponerle al Tamerlán, emperador de los mongoles, una alianza contra el común enemigo turco. A esta joya de la literatura española podríamos añadir, por su interés más que por su estilo, algunos libros más recientes como el de Francisco Agramonte embajador de la República Española en Berlín, que advertido sobre el carisma y el poder hipnótico de Hitler declara: «no me impresionó absolutamente nada; me pareció casi un pobre hombre que se sentía fastidiado de tener que representar una comedia que no le iba (…) un tipo afable, amigo de agradar y, sobre todo, simplísimo (…) aunque cuando hablaba a las multitudes se transfiguraba, perdía los estribos, se abrasaba en su fuego interno y tomaba todo el aspecto del energúmeno. Lo triste es que un obseso así estuviera a la cabeza del destino de tantos millones de hombres». Igualmente interesantes, por lo distintas y distantes, son las memorias de sir Samuel Hoare y Carlton J.H. Hayes, embajadores del Reino Unido y de los Estados Unidos ante Franco durante la Segunda Guerra Mundial, eficazmente evaluadas por Areilza (Embajadores sobre España) y por Serrano Súñer, (en una memorable Tercera de ABC, 16-5-1959).

El último libro de embajador que podemos sumar a esta interesante serie es De Suárez a Gorbachov, las memorias de José Cuenca Anaya que representó a España sucesivamente en Bulgaria, Grecia, la Unión Soviética y Canadá.

Se da la circunstancia de que José Cuenca es un brillantísimo escritor de estirpe cervantista, cualidad ya probada en anteriores obras, por lo que su obra aúna el interés de lo que cuenta a la eficacia y dignidad de su prosa.

Meticuloso, ponderado y lúcido, José Cuenca, que ha compartido manteles con cinco presidentes de Estados Unidos y otros mandatarios internacionales claves en la construcción del mundo moderno, nos ofrece un atinado análisis de episodios tan esenciales de nuestra historia reciente como las tentativas de la diplomacia española por obtener la soberanía de Gibraltar, que iban muy bien encaminadas cuando un suceso inesperado y en todo ajeno a la voluntad de las partes, la guerra de las Malvinas, vino a malograrlas. En sus páginas se revelan las tentaciones de alineación tercermundista defendidas desde diferentes ideologías por el senador Fernando Morán y el andalucista Rojas Marcos, instigaciones que hubo de superar Felipe González hasta revelarse en su talla de estadista con su «viraje no hacia la derecha sino hacia la realidad» (Semprún dixit), con la controvertida incorporación de España a la OTAN, una decidida apuesta de Suárez mantenida firmemente por Calvo-Sotelo y aceptada de manera realista por González.

No menos interesantes son las páginas consagradas a los esfuerzos diplomáticos que condujeron a la entrada de España en la CEE a pesar de la decidida oposición de Francia, o el relato del golpe de Tejero vivido por el autor, a la sazón consejero ministerial, en el Congreso de los Diputados. «Ustedes ya se están largando», les dijeron los golpistas a los asesores. Tampoco falta el penetrante análisis de la hemorragia de deslealtades que desangró a la UCD y determinó el futuro mapa político de España.

Cuenca finalmente asiste en primera persona, en su calidad de embajador decano tras el telón de acero –nueve años en Belgrado y Moscú– a las conmociones sociopolíticas que condujeron a la caída de la URSS y al surgimiento de Rusia, tras el agotamiento de la gerontocracia (patética la imagen del mariscal Ustínov asistiendo desde el mausoleo de Lenin a los desfiles de la Plaza Roja cuando la artrosis apenas le permite levantar el brazo hasta la gorra en saludo militar) y la bienvenida y providencial perestroika de Gorbachov, el mandatario perspicaz pero quizá excesivamente comedido con el que Cuenca alcanzó una respetuosa amistad que propiciaba la confidencia.

El lúcido análisis político del embajador Cuenca se salpimenta con anécdotas significativas como la de la famosa escena del presidente Aznar con los pies sobre la mesa en compadreo con Bush que no ocurrió en el rancho del presidente americano sino en un hotel de Kanasaskis, en las canadienses Montañas Rocosas, lo que modifica un tanto la percepción del hecho. También es cierto que invitado a sumarse a tan distendida actitud, el francés Chirac respondió con un firme «Eso, jamás».

Otra anécdota que impresiona por su alcance es el estoico anuncio del presidente Suárez de la enfermedad que determinaría su deterioro mental años antes de que se manifestaran los primeros síntomas, lo que revela la entereza de su carácter.

En fin, con el prudente recato que corresponde a un diplomático que nunca deja de serlo, el embajador Cuenca ha escrito, con prosa exquisita, un libro definitivo para entender los avatares políticos de nuestra historia reciente.

Juan Eslava Galán, escritor.

2 comentarios


  1. La fecha de la tercera de ABC, que se cita en el artículo debe de ser otra,
    ya que en mi consulta, para leerla, dentro de la hemeroteca, la tercera de dicho día (16/5/1959) corresponde a una de W. Fernández Flórez.

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    1. Tienes razón, Ramón. Supongo que el autor se ha equivocado de fecha o es un error tipográfico. Intentaré ponerme en contacto con el diario ABC para preguntar.
      Un saludo.

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