En el furgón de cola

Los franceses, que inventan humo de la nada y son capaces de venderles toneladas de hielo a los esquimales, idearon hace ya bastantes años la «excepción cultural». Entendieron, pues, que los bienes culturales y la creación artística estaban fuera de toda discusión política y que, como tal excepción, serían subvencionados por las instituciones del Estado. Contra la «excepción cultural» se alzaron voces autorizadas de intelectuales, profesores y artistas que no veían con buenos ojos que su trabajo fuera considerado «excepción cultural», como si ellos fueran tipos raros cuya enfermedad sería tratada con sumo cuidado y mimo en un zoológico creado para ellos por la prodigalidad del Estado. Contra esa «excepción cultural» se acuñó un axioma que serviría para el cine, el teatro, las artes plásticas (las exposiciones), las músicas, las literaturas, los festivales y congresos de artistas y todo el revolutumque se llama vulgarmente cultura. Aquella frase se hizo célebre y conviene recordarla en esta sociedad de la crisis perpetua: sociedad subvencionada, sociedad fracasada. ¿Tenían y tienen razón los franceses al cuidar la cultura como si fuera exactamente lo que ellos proclaman que es, una «excepción»?

En España, el Ministerio de Cultura corre el riesgo constante de ser proclamado como un «guadiana» que aparece y desaparece engullido en algunas ocasiones por otro ministerio: el de Educación. Como en este país de todas nuestras pasiones inútiles somos muy dados a discutir sobre lo obvio, incluso a enfrentarnos a muerte con quienes nos lleven la contraria, mucha gente cree desde siempre que el mejor Ministerio de Cultura es el que no existe. Discutí en su tiempo amistosamente con Cela, que sostenía la inutilidad del Ministerio de Cultura en España y que lo confundía con «una oficina para que vivan subvencionados poetas menesterosos». La truculencia en este aspecto no me gustaba, aunque la hipérbole me hiciera gracia en principio, porque aquí —y eso se lo argumentaba yo al Nobel con detallas sangrantes— hemos cometido el grave error histórico y político de ceder —y me refiero al Gobierno central— la cultura y la educación a las autonomías, que en bastantes ocasiones han hecho del campo cultural un territorio partidista, desleal, nacionalistoide y poco fiable. Porque la «excepción» de la cultura en España ha llegado a veces a ser un esperpento autonómico de dimensiones vergonzosas. Y el Ministerio de Cultura (no exactamente una secretaría de Estado, sino un ministerio) ha mantenido la representación de España al más alto nivel, dentro y sobre todo fuera del país.

En el cambio político que todo el mundo adelanta y pronostica, el Ministerio de Cultura está en almoneda. Se oyen por ahí todo tipo de comentarios, desde aquel que Cela puso en marcha con su conocido pantagruelismo (el mejor Ministerio de Cultura es el que no existe) hasta quienes, con más o menos autoridad, sostenemos lo contrario: que no sólo es necesario, sino justo, equitativo y saludable. Y todo eso a pesar de los muchos errores que se cometen con el ministerio, como si fuera un jarrón chino que sirve de adorno a un Gobierno que, al menos en los últimos tiempos, no sabe de sí mismo sino una cosa cierta: la inminencia de su marcha. No hay que decir que en las filas del Partido Popular, señalado por todas las encuestas hasta el momento presente como el ganador con «mucha holgura» de las próximas elecciones a celebrar a finales de noviembre, ya hay legiones de nombres que se postulan como futuros ministros o, en su defecto y como si fuera lo mismo, como secretarios de Estado de Cultura. Hay gente con legítimas aspiraciones para serlo, y no seré yo quien ponga en duda las listas que corren por los mentideros cinematográficos y, en general, culturales. Sí abogo desde aquí por la continuidad del Ministerio de Cultura como tal. No sé si la derecha española, por fin, encontrará su Jack Lang, aunque sea momentáneo, o una personalidad representativa y política que dé por fin realce al ministerio que figura siempre en el furgón de cola de los gobiernos. La derecha tiene como costumbre, al menos como punto de partida, pensar que el Ministerio de Cultura es algo que está fuera de la producción, una carga, para decirlo con palabras nada políticas, que sirve para calmar a las fieras de la música, el cine y el teatro, además de la pintura y la literatura, gentes de mal vivir que se manifiestan por todo, sobre todo cuando no están trabajando en una serie de televisión o en una película de las caras. «Que les echen de comer», ordenaban los viejos aristócratas españoles a sus criados cuando aparecía por los alrededores de palacio una turba de artistas, gitanos y saltimbanquis: los cómicos de la legua. La izquierda, o lo que queda de ella, ha hecho suya la inveterada querencia de la derecha y les echa de comer a las tribus culturales para tenerlas en paz, sometidas y entregadas al placentero yantar y, mientras tanto, al dolce far niente. Tengo para mí que, a pesar de los pesares y de los malentendidos, el Quijote es una clave constante para entender el mundo. Cuando Sancho Panza le pregunta por qué razón un caballero de su categoría repara, enaltece y hasta admira a la jauría de artistas, payasos y saltimbanquis que encuentran por el camino inmenso de La Mancha, don Quijote contesta con una precisión tan lúcida como loca. «Porque nos ayudan a quitarnos nuestros miedos», le dice a Sancho. Bueno, a veces el Ministerio de Cultura nos ayuda a muchos ciudadanos españoles a seguir pensando que a estas alturas de nuestra política sigue respirando un ápice de lógica: el que hace precisamente que nos reconozcamos, al menos la mayoría de los españoles, en el Ministerio de Cultura de España.

Si todavía no está clara mi postura personal en este asunto, lo diré incluso más alto: si la derecha que viene elimina el Ministerio de Cultura en eras de no se sabe bien qué sinrazones presupuestarias, estará haciéndonos a los españoles un flaco favor. Y añadiré más: la derecha se estará haciendo un poco más todavía un haraquiri ideológico muy poco recomendable. Hablé antes del furgón de cola. Es una frase de García Márquez, en mejores momentos de los que ahora vive: «La cultura siempre viaja en el furgón de cola». Y, claro, en la cola del furgón de cola, como siempre la literatura camina por el precipicio, entre las nuevas e imparables tecnologías y el culto por el papel. Óigalo la derecha y sépalo también de una vez la izquierda: la cultura (y el Ministerio de Cultura es su máxima representación institucional) nos ayuda a perder los miedos que unos y otros, y el mundo que estamos viviendo, nos echan encima todos los días. La sombra de la duda aparece en estos momentos de cambio político. Evítense los que llegan a gobernar legítimamente protestas legítimas que ya se asoman por el horizonte. Quítense de la cabeza eliminar el Ministerio de Cultura. Y sepan, unos y otros, que es mejor que exista, funcione bien o mal, que llegue de nuevo la acusación del tópico: que la derecha no entiende a la cultura. Y que por eso le suprime el gran rango ministerial.

Por J. J. Armas Marcelo, escritor y director del foro literario «Vargas Llosa».

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