En el nombre del padre

Mariano Rajoy ha tenido presentes toda su vida unas palabras de Montaigne: «Yo tengo mis leyes y mi Tribunal de Justicia, que me juzga», en su caso, el espejo intachable de su padre, el magistrado Mariano Rajoy Sobredo. Y yo, que a lo largo de mi carrera política, casi tan vieja como el tiempo, he tenido la fortuna de estar al lado de muchos de los grandes nombres del centro-derecha español, puedo afirmar urbi et orbi que Mariano ha superado con nota el exigente juicio de su padre, un padre al que ha colmado de orgullo y satisfacciones.

Cuando le conocí, a principios de 1982, en aquella Xunta de Galicia de nuestro queridísimo e inolvidable Gerardo Fernández Albor –que nos acaba de dejar–, poco podía sospechar que estaba ante mí el hombre que protagonizaría el cursus honorum más brillante de la democracia española. Pero ya entonces advertí en él condiciones y virtudes que le acompañarían siempre: su competencia e integridad, su independencia y lealtad y también ciertas dosis de indiferencia, sin las cuales es imposible sobrevivir en este océano repleto de peces y tiburones que es la política.

A partir de entonces nuestras carreras se cruzaron en múltiples ocasiones y caminamos juntos, unas veces en Galicia y otras en Madrid. Recuerdo la primera legislatura del presidente Aznar, cuando a los dos nos concedió el inmenso honor de ser sus ministros. Recuerdo sus intervenciones en la mesa del Consejo de Ministros llenas de acierto, ponderación y lucidez. Unas intervenciones en las que mostraba continuamente su gran inteligencia política, superior incluso a la de Pío Cabanillas, si ello es posible; su ironía y retranca, al nivel de la de Julio Camba, y su caballerosidad y elegancia. Mariano Rajoy siempre ha vestido el traje de luces de la cortesía, para alegría póstuma de Ramón María del Valle-Inclán, otro gallego universal.

Cuando en noviembre de 2011 ganó las elecciones generales se encontró con una situación dificilísima. Y supo estar a la altura del enorme desafío que suponía llevar a buen puerto a una España que navegaba a la deriva en una Europa y un mundo sometidos a una tormenta devastadora. Pronto comprendió que no es lo mismo suceder a Churchill que a Chamberlain. Mariano Rajoy fue el Juan Sebastián Elcano que con coraje, prudencia y sensatez evitó el naufragio de España y la sacó a flote. El Juan Sebastián Elcano que sacrificó sus intereses personales y partidistas al interés general de España, el único imperativo al que han de estar sometidas la navegación y la política. Y así lo acreditó en el durísimo verano de 2012, cuando todo el mundo lo presionaba –defendiendo sus intereses particulares– para que solicitase el rescate de España, y él no lo hizo y lo evitó pensando solo en el interés general de los españoles.

Y lo volvió a acreditar cuando aprobó las difíciles reformas económicas que permitieron que España superase la crisis económica más dura y dolorosa de su reciente historia. Reformas que han permitido que la economía española sea la de más crecimiento y mayor creación de empleo de la Unión Europea. Mariano Rajoy tuvo la valentía y grandeza de hacer lo que Demóstenes aconsejaba a sus conciudadanos atenienses en su tercera «Olintíaca»: «Debe elegirse la política correcta, no el camino fácil, si ambas no son compatibles entre sí». Y asumió el coste y el desgaste de restar para volver a sumar en el futuro. Y hoy los españoles vemos cómo España no solo suma, sino que multiplica.

Supo, además, plantar cara el reto independentista catalán con determinación y templanza. Y frente a la rauxa y el desvarío de unos, y el oportunismo, tacticismo y electoralismo de otros, opuso la ley y el seny y mantuvo la unidad de España y la igualdad de los españoles. Sin atajos, sin privilegios, sin concesiones.

El paso por el palacio de La Moncloa termina siendo para todos sus inquilinos algo parecido al suplicio de la rueda, pero en cuanto lo abandonan comienza sin solución de continuidad su rehabilitación política. En el caso de Mariano Rajoy, su canonización y elevación a los altares de la política española amenaza con ser inmediata. A Pedro Sánchez le han bastado unas pocas semanas no solo para convertir a Rajoy en otro Konrad Adenauer, sino para hacer que los españoles empecemos a recordar con añoranza a Zapatero.

Me referí antes a su integridad como una de las cualidades que lo adornan. Mariano Rajoy es una de las personas más honradas que he conocido en mi vida, de una honradez catoniana y radical, incapaz siquiera de pedir favores, y esto me consta personalmente. El intento de querer unir su nombre a la palabra corrupción es como unir el de Messi al Real Madrid o el de Rafa Nadal a la pereza, un sinsentido y una injusticia histórica. Mariano Rajoy ha sufrido y padecido la corrupción de otros y ha pagado el precio político de deudas ajenas, de deudas que no eran suyas. Fue a mí al que eligió para sustituir a Luis Bárcenas, y recuerdo literales sus palabras y órdenes: pulcritud, limpieza y respeto absoluto a la legalidad. Órdenes que yo cumplí y mi sucesora sigue cumpliendo ejemplarmente.

Rajoy, en su retirada de la vida pública, ha vuelto a sorprender a propios y extraños. Se ha ido como quería Antonio Machado, «ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar». Y como decía fray Luis de León, ha vuelto a su ayer, a su vida anterior, ajeno ya al mundanal ruido. Estemos, O NO, ante su adiós definitivo a la política, yo quiero despedirle con unos versos de Constantinos Kavafis que su padre le leía de niño: «Honor a aquellos que en sus vidas custodian y defienden sus Termópilas. Sin apartarse nunca del deber, justos y rectos en sus actos» Querido presidente, querido Mariano, muchísimas gracias. Ha sido un honor caminar a tu lado.

José Manuel Romay Beccaría, expresidente del Consejo de Estado.

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