En El Salvador, los asesinatos disminuyen y el presidente tuitea

El Salvador, un asiduo en las listas de países más violentos del mundo, está viviendo uno de los períodos más tranquilos desde que, en 1992, puso fin a su guerra civil. El descenso en la violencia homicida se ha acentuado desde que el presidente, Nayib Bukele, inició su mandato el 1 de junio de este año. Hoy, cinco salvadoreños son asesinados a diario según los datos de la Policía Nacional Civil. Aún es una barbaridad para un país de 6.7 millones de habitantes, pero en 2018 los homicidios fueron nueve diarios, 11 en 2017, y 18 en 2015.

Por la rapidez con la que ha sucedido —y por lo inesperado— se ha convertido en el logro más incontestable de sus primeros meses de gestión. Y el presidente le está sacando rédito: tuitea seguido sobre los récords a la baja, con las consecuentes palmaditas en la espalda de la administración del presidente estadounidense, Donald Trump.

De las tres instituciones públicas que contabilizan los asesinatos, dos no forman parte del Ejecutivo y todas suscriben el descenso. Las denuncias por personas desaparecidas, un problema mayúsculo desde hace décadas, también han bajado 11% este año.

Bukele ganó las elecciones en febrero con 53% de los votos y rompió el bipartidismo histórico del país. Ahora, las encuestas le dan entre 80% y 90% de apoyo a su gestión. Los logros en materia de seguridad, sin duda, ayudan a explicar su creciente popularidad.

Esa popularidad también la tiene en Washington, que bendijo a inicios de octubre la reducción en los homicidios con un comunicado del Departamento de Estado en el que rebaja la “alerta de viaje” a El Salvador del nivel 3, que pide a los estadounidenses “reconsiderar el viaje”, al nivel 2, que se limita a sugerir “mayor precaución”.

Bukele, muy hábil en el manejo de las comunicaciones, no desperdició el espaldarazo y lo hizo —marca de la casa— con dos tuits en cadena: en uno se arrogó haber conseguido “lo que ninguno de los gobiernos anteriores pudo lograr”; en otro dijo que El Salvador comparte ahora nivel de alerta con “países como Francia, España, Inglaterra y Alemania”. Comparar los problemas de inseguridad con esos países es una insolencia pero, en los hechos, el dato es cierto.

Bukele nació en 1981 y es el presidente más joven del continente, un milénial en toda regla, que nació en una familia adinerada. Tiene ascendencia palestina, una comunidad que en El Salvador está bien posicionada.

Eligió trabajar en vez de estudiar y con 18 años ya estaba al frente de una agencia de publicidad. No es un dato más de su hoja de vida. Su concepción de la política escapa al tradicional debate izquierda-derecha y está muy centrada en lo visual, lo emotivo, el trending topic. La propaganda no es un apoyo, sino el elemento medular: el envoltorio importa igual o más que el contenido.

Bukele se presentó en la 74.ª Asamblea General de las Naciones Unidas para tomarse una selfie desde el púlpito y luego decir: “Muchas más personas verán esta selfie que las que escucharán este discurso”. El gesto le acarreó, en el ámbito doméstico, críticas de sus opositores, pero logró con creces su propósito de que en el mundo, por unas horas, se hablara de El Salvador —y de él—, y que esta vez no fuera por un desastre natural, por un migrante y su hija ahogados en el río Bravo, o por una masacre cometida por las maras.

En la estrategia comunicativa de Bukele, la reducción en las cifras oficiales de violencia homicida es consecuencia directa del #PlanControlTerritorial —un plan con su propio hashtag, por supuesto—, que engloba sus iniciativas de seguridad como intensificar la presencia de policías y soldados en las calles y minimizar los flujos de información hacia y desde las cárceles. A más #PlanControlTerritorial, menos violencia homicida, nos repiten hasta la saciedad. Pero no es tan sencillo.

La pregunta no es si los homicidios han bajado, sino por qué. Bukele vende cada vez que puede que la clave es su plan, mientras que algunas voces de la oposición y de la prensa elucubran que la reducción responde a una negociación del gobierno con las pandillas Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18, como ya sucedió en 2012 en un proceso conocido como la Tregua.

Estas dos hipótesis hacen agua. Por un lado, las fases ya implementadas del #PlanControlTerritorial no difieren mucho de lo que se venía haciendo antes, con la represión como estandarte; el envoltorio y la promoción son 100% Bukele, pero la esencia es la misma. Por otro lado, los operativos contra clicas y la mayor presencia policial y militar en las calles, los continuos enfrentamientos entre policías y pandilleros con saldos fatales, y la presión añadida en las cárceles —el tradicional centro de mando de las maras— no suenan compatibles con la teoría de la negociación subterránea.

Después de haber ido a las comunidades y haber entrevistado off the record a funcionarios, y a un pandillero veterano, el desplome en los homicidios —más profundo en ciudades con amplio y enraizado control de las maras— se explica mejor como una decisión consciente tomada por las estructuras criminales. Mantener los homicidios al mínimo como estrategia para no calentar los territorios y justificar mayores represalias, como un gesto de ‘buena voluntad’ hacia el presidente, y para dejar en claro que las cúpulas de las principales pandillas aún mantienen bajo control sus clicas de cara a lo que pueda venir después.

¿La reducción en la cifra de homicidios es sostenible en el tiempo? Es la pregunta del millón, que no se puede responder a la ligera. Se la planteé a Bukele vía WhatsApp y esto contestó: “Estoy seguro de que sí. Habrá altos y bajos, como en todo. Pero poco a poco vamos a convertir nuestro país en un país seguro. Estamos lejos de serlo, pero nadie puede negar que estamos dando pasos en la dirección correcta”.

Como respuesta no dice mucho, puras buenas intenciones y deseos. Pero esos 221 caracteres son un tuit casi perfecto.

Roberto Valencia es periodista en El Faro y autor del libro ‘Carta desde Zacatraz’, sobre el fenómeno de las maras.

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