«En este país»

Releer a Larra es diversión y tormento. Lo primero, porque con su costumbrismo satírico suscita la sonrisa más franca, fruto del humor inteligente; lo segundo, porque nos reconocemos en demasía en lo que estamos leyendo. O identificamos a quienes nos rodean, si uno mismo está libre de culpa, que es mucho decir. Desde hace años reflexiono sobre la idea de permanencia en el «carácter español» de ciertas constantes no siempre santas y que parecen pegadas a nuestras gentes como lapas a la roca. Y no ignoro que una de las leyes de la historia en todas las sociedades es el cambio continuo, pero también –como prueban el comparatismo y la poligénesis– lo es la repetición de actitudes y resultados en circunstancias distintas, momentos diferentes o comunidades humanas muy alejadas, o próximas (en este caso se suele explicar por puro difusionismo).

Revisar a nuestros autores costumbristas, o a los viajeros foráneos que hablaban de la España de hace dos siglos, nos llena de perplejidad: ¿realmente somos como los españoles de entonces?, ¿no se reducirá todo a ciertos estereotipos externos, llamativos pero no determinantes?, ¿no nos estaremos reconociendo, de hecho, en la imagen del pasado que nosotros mismos forjamos? A fuer de sincero, no tengo una respuesta categórica; después de estudiar mucho el asunto –abstenerse televisioneros ávidos de contestaciones meteóricas y en blanco y negro– y de haber escrito varios libros sobre el particular, carezco de una receta infalible para un mal que quizás no tenga cura: el de aprehender nuestra identidad verdadera, si eso existe y no se trata de una mera confluencia de rasgos circunstanciales y condicionamientos visibles en distintos momentos y personas. Eppure si muove… cuando leemos las fuentes originales.

En este paísPero volvamos a Larra. Una de las frases más repetidas en tertulias radiofónicas y televisadas es la famosa «en este país», utilizada como dardo definitivo contra los adversarios dialécticos y contra una masa indeterminada de compatriotas responsables de alguna lacra o tropelía de la que, por supuesto, el hablante está a salvo. Tal vez el incisivo orador crea que está descubriendo la Bomba H para liquidar las opiniones ajenas, algo novedoso a la par que eficaz, cuando la realidad es muy otra: ya Larra en su artículo «En este país» (Revista Española, 30 de abril de 1833) se vale de la expresión, muy en boga ya por entonces para despotricar contra esto y aquello. Y muchas veces sin intención ninguna del parlador de arreglar nada, puro rezongo: «Esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido». Y, en efecto, para poner en solfa los periódicos quien ninguno lee acude a «en este país no se sabe escribir periódicos», mientras ensalza los ingleses y franceses sin conocer las lenguas correspondientes; si hablamos del teatro (ahora se añadiría el cine), lo peor del mundo aquí se encuentra; si de cafés, «¡qué cafés los de este país!» –vociferaba el simbólico don Periquito–, con fórmula aplicable a viajes, posadas, servicio o lo que sea. Y Larra apunta con lógica y sensatez: «¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33 no vuelven los ojos a mirar atrás, o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía…?». Y enumera establecimientos, modas, gastos y gustos del tiempo que aquí huelgan.

Y, mutatis mutandis, cabría superponer la plantilla de Larra a cuanto vemos y oímos en nuestros días, en tanto nos preguntamos si los problemas profundos son, o no, los mismos, tal si leemos en Gómez Manrique (siglo XV) «en un pueblo donde moro // al nezio fazen alcalde» (de aquélla, no había mujeres alcaldesas). Y una infinidad de ejemplos similares. Pero la execración huera y baldía de nuestro país perdura: si una Sanidad funciona mal es la nuestra; si hay carreteras tercermundistas, las españolas; si hay corruptos y ladrones, como en ninguna parte; «aquí hay mucha gente pasándolo muy mal» (otra frase mágica: nadie dice cuántos, ni dónde). Pocos días ha, escuché en una radio –en verdad no recuerdo cuál– a un locutor, o comentarista, o lo que fuese, asegurar muy convencido y justiciero que en este país somos los sextos, por la cola, en una lista de ciento setenta estados en cuanto a miseria de la población, lo cual ya me pareció más que indignante, una vez rociado imaginariamente el bocalán con cuantos adjetivos feos se me ocurrieron. Eso sí: en este país gozamos de los mejores necios, los más desahogados y felices de sus hallazgos y palabrería, los más listos, licenciados, masterizados y doctorados en la materia. Y sin estudiar, como a ellos les gusta.

Aunque también, como en tiempo de Larra la mala educación, el tuteo (que ya era un problema), las confianzas no concedidas, la campechanía inoportuna arrasaban el respeto debido a los más serios y prudentes: «Como el calesero hablaba en majo y respondía en desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, e insultaba a la gente decente, el auditorio daba la razón al calesero y le aplaudía y soltaba la carcajada, y le animaba a seguir…». («¿Entre qué gentes estamos?», en El Observador, 1 de noviembre de 1834). Con darse un garbeo por las calles y bares de Madrid, u observar un tanto los modos y modas presentes en el actual Congreso de los Diputados, percibimos cuán poquito ha cambiado el personal en lo hondo de sus almas, no en las maquinillas que llevan, claro.

Y para despedida, otra cita de Larra, de gran actualidad: [al llegar a Vitoria en un carruaje, ante unos hombres que les cortan el paso] «– ¿Son ladrones?– dijo el francés. –No, señor– repuso el español asomándose–, son de la aduana» (Los viajeros en Vitoria, 1833). Aun con la broma de Fígaro regocijándome las neuronas, prendo el televisor y aparece Montoro, pero esta vez no borda una de sus gracietas, sino que le oigo –o, entre brumas, creo oírle– afirmar muy divertido: «Otro vendrá que bueno me hará». De verdad, hay que replantearse eso de que la historia es cambio.

Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia.

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