En la ‘patria del exilio’

Por Jordi Gràcia es profesor de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y autor de La resistencia silenciosa (2004) (EL PAÍS, 28/08/06):

En nuestro exilio de 1939 todavía se mezclan tantas cosas que no es fácil tocarlo sin que duela. Pero cada vez es más cierta la pluralidad de sentimientos del exilio y de experiencias de destierro: desde quienes rechazan la analogía del desarraigo (porque no se sienten vegetales con las raíces al aire, como Francisco Ayala) hasta quienes se identifican exactamente con esa experiencia de desarraigo sin reservas (ni remedio). El espectro se abre hacia el interior también, como uno más de los centros neurálgicos del exilio, porque esa vivencia fue posible y natural también en España.

Francisco Ayala y Ángel González se llevan veinte años y apenas comparten nada, más allá de la altura de sus trabajos y la fecundidad de sus días, y sin duda un dato más: la derrota de 1939, que sin embargo han vivido de la manera más dispar, como si cada uno de ellos pudiese encarnar hoy, aún, y tampoco en solitario, la lucidez despiadada y a menudo despótica frente a la negrura o el pesimismo desesperado. Los dos se ríen, y los dos se yerguen sobre sus biografías con voz que retumba desde el pasado y la firmeza en los ojos, más acuosa y aleve en González, más severa y hierática en Ayala. Pero no perdonan ninguno de los dos, al menos en literatura, la falsedad sentimental ni la inmersión patosa y conformista en las ilusiones banales.

En pleno franquismo no las perdonaron tampoco: cuando Ángel González escribió un poema como Entreacto, donde el franquismo era el entreacto de una historia sin terminar, Francisco Ayala andaba pensando las páginas que titularía España, a la fecha, publicadas en 1965, y asumió también el franquismo como paréntesis que acabaría cerrándose. Fabricaron ambos a su modo la misma toxicidad antifranquista, profunda y fiable: claridad analítica y autocontrol sentimental (al menos en literatura), ironía desdramatizadora y confianza asentada en datos ciertos. Ya no hay, en 1960, esperanza posible en un final inminente de la dictadura, pero existe el convencimiento de su derrota final y necesaria. Es decir, Sin esperanza, con convencimiento, que es como tituló Ángel González uno de sus libros más cálidos y exasperados de claridad mental.

Aquel poema de Ángel González lo decía sin patetismo porque no lo necesitaba, y el patetismo es también ajeno al mundo literario de Ayala. Bastaba con saber que aquellos veinte años primeros de dictadura habían de ser a la fuerza un entreacto de la historia para volver a la razón y la libertad, porque no podía ser de otro modo y porque así acabaría siendo aunque tardase más de lo soportable. Para entonces, Francisco Ayala había vuelto a España más de una y de dos veces, desde el verano de 1960, y a su amigo Ferrater Mora le contaba en carta de 1963 -según explica un trabajo en marcha de Miquel Osset- que «los cambios en todos los órdenes eran impresionantes», incluido seguramente el aire renovado que traía una juventud como la de Ángel González, madurada en pleno franquismo y sin embargo emparentable con la europea y aun norteamericana. El objetivo contrarreformista del franquismo parecía empezar a desbaratarse no sólo entre los muchachos más jóvenes, sino también con aquellos que se formaron en la plenitud destructiva de la primera dictadura.

Nada debería aliarlos o hacerlos cómplices, por tanto, y sin embargo lo son de una manera tácita. Ángel González confesaba hace unos días, en un conmovedor recital en las aulas de El Escorial, su vieja impresión biográfica de ser un exiliado interior, de entender que esa fue su vida durante la dictadura y que ninguna fórmula encaja mejor en su modo de vivir aquel tiempo que la del exilio interior. Esa frase no quería mitigar en absoluto la tragedia del destierro forzoso, que fue el que efectivamente vivió Ayala, pero sirve quizá para entender otras formas de desafección frontal al franquismo: no presupone una dimensión geográfica o política sino ética, y no mide el exilio por el sufrimiento relativo de sus víctimas ni tampoco por su disposición mejor o peor a retomar los lazos con el interior. Por eso Ayala había llegado a escribir alguna vez que «me hubiera sentido más desterrado en Madrid que en Nueva York».

Verlos y escucharlos hoy a ambos habla de las ramificaciones de la resistencia, donde se incluye el exilio, los exilios, y deja por fin fuera del análisis el sentimiento de nación y desarraigo, porque ese sentimiento fue también de la España del interior derrotado. La lección de ironía desdramatizadora pero firme de Ángel González y la lección de retenida y tozuda lucidez de Ayala desactivan en nuestro presente los berrinches verbosos del patriotismo que tanto gusta a la derecha y tanto ha tentado a la izquierda. Lo dijo Ayala de una manera insuperable y rotunda, además de desacomplejada, para desarmar la palabrería nacionalista que apela a sujetos colectivos sin personalidad ni jurídica ni moral ni histórica: «Ingrata patria mía no será nunca una frase que yo pronuncie, ni desde luego patria amada». Lo explicaba un exiliado de una rara estirpe, la misma de Ferrater Mora, la misma de José Gaos, la misma de alguien más joven como Ramón Gaya, o mucho más joven, como Tomás Segovia, porque en ellos latía antes un instinto de universalismo y creación que un instinto de patria y terruño.

Esa perspectiva permite entender nuevas variedades de repatriación también, aunque carezcan del valor agónico de tantos otros exiliados. Y de eso quiso hacerle hablar a Ayala un Juan Cueto de veintitantos años cuando le preguntaba en 1970, y la entrevista está en Confrontaciones, si el exilio «ha significado para usted una extensión, un encontrar y seguir viviendo aquel universalismo, tan patente, por lo demás, en su obra». Cueto estaba autorretratando a una parte de la juventud española de entonces en el espejo de un Ayala que explicaba las razones que habían animado su biografía de narrador desde los años veinte y de sociólogo un poco después, de fundador de revistas como Realidad, en Buenos Aires, o de La Torre, en Puerto Rico, ambas en pleno exilio, o las mismas razones que le impulsaron a buscar una tempranísima colaboración entre las Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, que él dirigía, y las de la Revista de Occidente en Madrid, por cierto que antes de 1956.

Por eso, seguramente hoy su tenacidad y su mismo optimismo vital son tan conmovedores como la angustiosa desazón con que vivieron sus destierros otros exiliados, como Max Aub: les separa no tanto una razón política cuanto la razón sentimental del nacionalismo porque es precisamente «el prejuicio nacionalista» el que enturbia el problema. El rechazo de Ayala del exilio «evocativo y nostálgico», como lo llamó alguna vez, está fundado en razones pragmáticas que son las mismas que le animan a decir, con valentía inusual en 1968, que «la literatura social refleja las ideologías de los que la escriben más que la realidad misma». En ambos diagnósticos rige una misma proteína ética: la racionalidad como herramienta de comprensión frente a la calentura de la fe patriótica o ideológica. Y en eso anduvo siempre un perfecto rojo que fue sin embargo liberal de principio a fin, y en eso creció como poeta un escritor que fue compañero de viaje comunista y hoy es, todavía, la voz de la más cordial cordura irónica.