En la senda de Disneylandia

La última expresión de la patética rivalidad entre Barcelona y Madrid nos la trae la incruenta lucha por lograr que míster Sheldon Adelson -de profesión, magnate- instale lo que define como «macroproyecto de juego y ocio» en sus aledaños respectivos. Los políticos más conspicuos han perdido el asiento en entrambas capitales por lograr seducir a ese caballero para que albergue su invento de Las Vegas en casa. Ninguna declaración crítica, ninguna toma cautelosa de distancia ante el tal macroproyecto. Al contrario, júbilo contenido ante la posibilidad de que nos lo pongan al lado.

Ese mismo júbilo se expresó cuando se construyó un disneylándico parque de atracciones (así se llamaban estas cosas) cerca de Tarragona, con el nombre de Port Aventura. Para no ser menos, cerca de Alicante, se abrió otra feria artificial, bautizada como Terra Mítica. (En el primero no había más aventuras que las del simulacro y el tobogán, y en el segundo, poca tierra y nulo mito.)

Estábamos ante una victoria del llamado parque temático recibida sin la más mínima resistencia en nombre de los beneficios del turismo, y la indiferencia más absoluta, por no decir desprecio, a la cultura del país. No satisfechos con ello, otros empresarios -a lo mejor eran los mismos- planearon un megaproyecto en los Monegros, fascinante desierto aragonés que iba a transformarlo en un vergel de plástico, rascacielos, centros comerciales, ruletas, restaurantes de toda gama y numerosos hoteles. Al final, no salió.

Una pena que no saliera, porque con él, los otros dos, y el nuevo que ese benefactor de la patria, míster Sheldon Adelson, va ahora a traernos, se iba a completar el largo proceso de disneylización en el que España entró entusiásticamente hace ya medio siglo. Esta vez de la mano de uno de los miembros más militantes de la derecha más rabiosa de Estados Unidos, un billonario exquisito.

La pregunta ¿qué suerte de país queremos? no es monopolio de pensadores e intelectuales. Cierto es que estos aguafiestas tienen el deber de hacérsela, y también la tarea de dar sus respuestas a la ciudadanía. Pero lo es también de otros estamentos. Empezando por los políticos. Por lo visto, su angustiosa preocupación por conseguir más y más votos, les ciega a decir algunas verdades. Ninguno negará que quieren mayor inversión en escuelas, más esfuerzo en la promoción de la ciencia, una sanidad decente, y demás tareas para los que usted y yo les hemos votado. Pero como se está comprobando estos días nadie, absolutamente ningún miembro de la clase política, osa decir que no conviene para la suerte de país que queremos que nos caiga ese maná del desierto que es la última ocurrencia de míster Adelson.

Otros profesionales también callan. No seré yo quien tenga que contarle a los clérigos lo que deben decir. Pero me pregunto qué piensan ante el megaproyecto lúdico propuesto. A lo mejor les calmará Eurovegas prometiéndoles un oratorio multicultural, una buena sinagoga que haga de iglesia, o mezquita que haga de templo budista. Señores, el sincretismo posmoderno no tiene fronteras. Como el mal gusto. Uno es consciente de que tiene todas las de perder. Cuando la recesión económica prosigue, el paro astronómico hiere más que nunca a la sociedad española, y su Gobierno, tan ampliamente elegido por una ciudadanía, restringe el gasto público con implacable encono, argumentos como los que aquí expreso carecen de importancia.

Aquí solo vale una razón: el empleo. Lo ofrezca quien lo ofrezca. Bienvenida sea la diversión del parque temático, la degradación disneylándica del país, si trae empleo. A fin de cuentas, la industria armamentista también da dinero y emplea a muchos y nadie protesta. También la prostitución lo hace, tan bien regulada ella por las autoridades sanitarias, las policías y las redes de tráfico de doncellas. Solo el narcotráfico tiene algo de mala prensa, pero ellos, los que lo manejan, van siempre capeando el temporal. No insinúo -los dioses me libren- que estos megaproyectos de ocio y diversión vayan a ir acompañados de actividades delictivas -drogas, prostitución ilegal, mafias- dado que nuestras dignas autoridades los apoyan con tanto interés. Seguro que, gracias a ellos, serán los lugares más adecuados para la práctica de virtud inocente y la edificante diversión de las familias honestas.

Mientras esto escribo unos 8.500 jóvenes británicos han invadido Salou, para dedicarse al desmadre y a la embriaguez, como cada año por Pascua. Dan trabajo -y cómo- y no les hace falta alguna un macroproyecto. Con uno estilo micro y unas 200 libras esterlinas para el viaje y la juerga les basta. Tome nota, míster Adelson.

Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans.

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