En las tripas de Atenas

Los museos arqueológicos de Atenas son extraordinarios. Todas esas obras tenían una función y muchas fueron utilizadas en la vida diaria como instrumentos. Todas, de una manera u otra, hicieron parte del hábitat de aquella gente. Las personas los revestían de sentido y ellos daban sentido a la vida de las personas. Retirados del hábitat de la gente, constituyen un mundo a parte, un mundo de formas, volúmenes; desarraigados del suelo, del paisaje, del lenguaje y las tradiciones, meros bultos impenetrables. Se secuestra, se aísla el pasado, única manera de ponerlo a salvo del tiempo y del olvido. Aquí es “la organización la que determina la función. El orden imparte significado”, escribió Mies. Nos causan admiración por sus proporciones, pero la vida del que las visita tiene sentido sin ellas aunque el contemplar les causen profundos sentimientos, muchas veces seguramente sin ninguna relación con los sentimientos que producían a aquella gente que las mandó hacer, que los hizo, que los utiliza.

Los dioses nuevos nunca vencen del todo, hasta borrarlos sin dejar huella, a los viejos dioses; una revolución nunca acaba con lo anterior ni tampoco se repite, con el paso del tiempo, la tradición sin cambiar nada. Las calles tienen nombres de santos y las personas de dioses; los montes están coronados y los recovecos llenos de iglesias pero en los parques, los jardines, las plazas y las calles se palpa, se ven y se sienten andar a los dioses. Es tal la presencia y el peso del pasado que Atenas da la impresión de un caos sobre el que reinan silencios y secretos convertidos en escombro, como si el cielo se hubiese desplomado sobre la tierra. Las personas parecen hormigas que arrastran sus recuerdos zigzagueando entre las ruinas, pisando los espacios vacíos ocupados por lo divino. Una tendencia de los humanos es la de olvidar el misterio que los rodea y contentarse que todo está en lo que a simple vista ve.

Este templo que ahora vemos en ruinas agrupa en torno un universo de relaciones, remite a las creencias del pueblo que lo erigió con la intención de honra a un dios que, en principio, debía morar en su interior. Este templo abre la verdad de aquel mundo griego del pasado que se hace presente a quien contempla y se deja poseer por esta obra de arte. El templo abre un mundo y al mismo tiempo lo vuelve a situar firmemente sobre la tierra, diría Heidegger. El templo es un acontecimiento, una manifestación, que nos puede decir muchas cosas sobre lo que pensaban los griegos sobre el cielo y sobre la tierra si vemos más allá del volumen y la forma. El templo es una manifestación y al mismo tiempo una ocultación que sólo adquiere sentido cuando se convierte en lugar para lo que ha sido construido: para rendir culto, veneración al dios; para los griegos pasaba desapercibido, era un útil manejable, una vivencia.

Hay tres plazas en Atenas, harto significativas. Omonia, rodeada de hoteles populares para grupos de poca monta, de tiendas y restaurantes baratos; la plaza popular, llena de vagabundos, prostitutas esperando a necesitados de amores, rateros atentos al minio descuido del transeúnte, oradores que aprovechan al ocioso para tener a alguien que escuche su sabiduría, a veces de gran calibre, en donde todo el mundo puede tomar la palabra; es el contacto, el roce, la hibridación de lo interior con el exterior, de los indígenas con los turistas. Omonia es como la orilla del océano social. Columnaki, rodeada de tiendas de lujo, de cafeterías exquisitas, llena de vestidos de moda, pisada sólo por zapatos de alto standing. Columnaki es el mundo interior, la pureza sin contaminación, el espejo de una pretensión.

En medio de las dos está Sintagma, la plaza de los políticos, de los sindicatos, de los turistas, de los mendigos que llegan hasta aquí para poner a prueba la generosidad de los transeúntes; siempre llena de gente que mira, que se manifiesta, perdida, aburrida. Sintagma es la avenida y el escaparate del mundo, la hibridación pura de los diferentes niveles intrínsecos del pueblo griego con la multitud de rasgos étnicos, culturales y económicos llegados de los cuatro rincones el mundo. De Omonia se llega a Sintagma por una gran avenida, la misma por la que se puede ir de Sintagma a Omonia. Muchas manifestaciones van, indistintamente, de una a otra cantando himnos, gritando, exhibiendo símbolos. De ninguna de las anteriores hay una calle ni avenida que lleve a Columnaki. Todas están en Atenas pero no todas son para todos los atenienses ni todos los atenienses están en todas. Las plazas marcan la diferencia y hacen realidad aquello de que no es el habitante quien escoge el espacio sino el espacio quien escoge al habitante.

En Atenas no se sabe en dónde empieza la calle y termina la casa, en dónde termina el afuera y empieza el adentro. El adentro se da al mismo tiempo que el afuera y viceversa. La casa forma parte de naturaleza y la naturaleza de la casa. Las aceras están llenas de planas, de árboles, de coches, de mesas de restaurantes, y la gente anda por la calle, como los coches, tendiendo así un puente entre la tan tajante distinción que hacía, entre lo natural y lo artificial, el ateniense Aristóteles. El viandante puede tener la impresión de que los límites entre los contrastes del mundo se han borrado; el interior y el exterior, el adentro y el afuera se interpenetran. La casa es como parte construida de la naturaleza y la calle como parte natural de la casa, que es un interior sin perder las características del exterior y un exterior con características e interior; “la naturaleza se da a la vez que la eclosión de lo técnico y lo urbano arquitectónico” como parcial integración dentro de la ciudad, escribe Duque en Habitar la tierra. Pero en realidad, la naturaleza no se ve en su estado puro sino como un conjunto de plantas, flores, árboles colocados según conviene.

No sé si se trata del deseo de hacer habitable la naturaleza o, por el contrario, de hacer inhabitable la casa; tal vez la expresión del deseo de hacer sagrado todo el mundo evitando toda acotación o, lo contrario, el de hacer a los hombres como dioses evitando todo acotación; tal vez para paliar la sensación de desarraigo de los habitantes de las grandes urbes. Tal vez sea una copia de lo que hubiera podido ser el Paraíso que nunca fue. Lo que no evita que pudiera considerarse como el cementerio de la naturaleza, o sólo la naturaleza de las calles sino cualquier parte o jardín dentro las grandes ciudades. Quizás disminuyan las diferencias entre lo natural y lo credo, entre el adentro y el afuera para convertirlos en límites perforados e inanes. Tal vez por todo ello en Atenas no hay parquímetros.

“Las verdades que tan lejos vamos a buscar sólo tienen valor cuando se las despoja de esa ganga (lo que puede ocurrir en todas partes y a todo el mundo)”, escribió Levi-Strauss en Tristes Trópicos. El viaje nos abre un montón de posibilidades que el viajero puede o no aprovechar. Quien oye, si además escucha, posee muchas posibilidades de comprender y a la vuelta de su viaje podrá articular, es decir, contar, lo comprendido. Los griegos experimentaban el misterio dejándose poseer por él, sobrecogiéndose. Los dioses nacen, se casan, se pelean y tienen hijos. En esto consiste la relación griega con el misterio: lo más lejano, la divinidad, es lo más próximo; lo simple es lo extraordinario, lo extraordinario es aquello a partir de lo cual surge todo lo ordinario, porque posee la esencia del misterio. “Los griegos guardan con frecuencia silencio específicamente acerca de lo que es esencial para ellos”, dice Heidegger.

En Atenas, el viajero, el habitante siente como si se diera la vuelta para captar su pasado en sus huellas y en sus restos; como si caminara sobre «el espacio primordial de apertura», escribe Duque. Sólo hace falta caminar contemplando, dejando que las ruinas hablen y nos revelen lo que somos. Para estar de verdad en Atenas, como en cualquier otra parte o ciudad del mundo, no basta con morar unos días, hay que dejarse habitar por esa tierra y meterse en la piel de aquellos atenienses.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor. Su último libro es El fútbol no es así.

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