En manos de una mujer

Sergio Ramírez es escritor y fue vicepresidente de Nicaragua (EL PAÍS, 20/01/06):

Tal como se ve en las fotos, Michelle Bachelet aparenta lo que realmente es, una pediatra de sonrisa segura y franca, a la que cualquier madre confiaría la salud de sus hijos. Pero es una pediatra desde hace años sin consultorio, y que ahora deberá dejar su modesto apartamento en Santiago, donde vive con sus tres hijas, para trasladarse al palacio de la Moneda.

De las historias que se cuentan alrededor de ella, me seduce sobre todo una, que se remonta al mes de enero del año 2002. Hasta entonces ha sido ministra de Salud, pero el presidente Ricardo Lagos le ha dado ahora la cartera de Defensa, y ella sostiene la primera reunión con sus subordinados, que han debido ponerse de pie, en posición de firmes, como corresponde, cuando ha entrado a la sala. En este caso, subordinados es bastante decir.

El día del golpe contra Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, el padre de la ministra, el general del aire Alberto Bachelet, fue capturado por sus propios compañeros de armas bajo el cargo de traición a la patria, porque se hallaba a la cabeza de la oficina gubernamental de distribución de alimentos, en tiempos en que destruir o esconder los alimentos era parte de la estrategia de los golpistas.

El general Bachelet fue torturado salvajemente en la Cárcel Pública de Santiago, y murió medio año después a consecuencia de las torturas. Pero no todo para allí. La ministra, que ahora se halla rodeada de la cúpula militar, fue hecha prisionera junto con su madre, Ángela Geria, a los pocos días del golpe. Llevadas a la siniestra Villa Grimaldi, de donde muchos no salieron vivos, las dos fueron sometidas también a torturas. Dos años estuvieron presas, hasta que se les permitió salir al exilio.

De por medio estos antecedentes, la reunión va a empezar. La sombra del general Pinochet, que planeó con alevosía y ventaja su propia eternidad de poder, aún vuela sobre las cabezas de los jefes militares, aunque es una sombra de la que no pocos quieren huir. Pero el pasado es como una materia viscosa de la que ninguno de ellos puede despegarse. Saben a quién tienen de frente, y ella también lo sabe. Entonces les dice:

“Soy socialista, agnóstica, separada y mujer…, pero trabajaremos juntos”.

No les ha recordado que es la hija de un general asesinado, y que fue torturada en las cárceles militares junto a su madre. No hay para qué. Si el pasado es aún una materia viscosa para sus subordinados, ella ha decidido hace tiempo dejarlo atrás. Una vez, en el paraninfo de la Universidad de Guadalajara, oí decir al presidente Lagos, mentor de Michelle Bachelet, al referirse al proceso abierto contra Pinochet, que él, como presidente, tenía el deber de encargarse del futuro. Los tribunales de justicia se encargaban del pasado.

Pero sí les ha recordado que es una mujer, la primera vez en la historia de Chile que las fuerzas armadas son sometidas a una autoridad con enaguas. Y peor para la vanidad castrense, una mujer entrenada para tratar con niños. Les ha recordado que es una mujer separada, otro delito de leso machismo. Dos veces separada. Que es agnóstica, y con esto les ha querido decir que nadie la verá jugar con la religión ajena, comulgando, por ejemplo, sólo por hacerse propaganda. Y lo de socialista, los señores entorchados, que han puesto sus quepis sobre la mesa lustrosa, como si fuera la última ficha que les queda por jugar, lo saben de sobra.

Se entendieron bien. Es lo que ella les había anunciado al poner las cuentas claras aquella primera vez. La ministra pudo hacer que las investigaciones sobre los múltiples asesinatos cometidos después del golpe fueran llevadas adelante con profundidad, algo que no podía lograrse sin el acceso a los archivos de las fuerzas armadas.

En una de sus fotos memorables de entonces aparece vestida con uniforme de campaña, a bordo de un tanque de guerra Mowak, dedicada a dirigir labores de auxilio para los damnificados de un invierno extremo. Pero aun en esa foto no pierde su cara de pediatra a la que cualquiera puede confiarle sus hijos.

Ahora le han confiado un país entero.