En Marea y el ridículo

¿Qué barbaridad infamante ha hecho Francisco Vázquez para que unos paisanos quisieran quitarle sus condecoraciones? Dado que lo aprecio empecé a mesarme los cabellos al oírlo. ¿Qué sería? ¿Se venía apostando, anacrónicamente enfundado en una gabardina, a la puerta de un colegio de monjas de Coruña y, deshaciendo los botones, ejecutaba un exhibicionismo integral ante las atónitas alumnas que salían de clase? ¿Había conspirado con sus colegas socialistas portugueses para que Galicia se desgajara de España y pasara a ser parte de Portugal?

Yo vivía sin vivir en mí. Retirar condecoraciones es algo extremo, no desconocido, pero totalmente insólito. La Reina británica retiró la concedida a Mugabe cuando el presidente de Zimbabwe degeneró en autócrata despótico y arbitrario. Autoridades austriacas barajaron hacerlo con Schwarzenegger porque el austriaco nacionalizado estadounidense y gobernador de California no amnistió a un asesino reincidente condenado a muerte por la Judicatura yanqui.

Me resistía a creerlo. Hace meses, Paco Vázquez había presentado en La Coruña mi libro con enorme brillantez y lo encontré lleno de sensatez y buen humor. Como siempre. Por otra parte, fue un embajador «político» modélico. El nombramiento de «políticos», lo sé porque fui subsecretario de Exteriores, siempre escuece entre bastantes miembros de la carrera diplomática. En Estados Unidos los «políticos» son abundantes y copan las mejores Embajadas porque son «donantes» o recaudadores de importantes sumas de dinero para el partido que gana las elecciones; el presidente vencedor los premia. Dos de cada tres de los que acreditan en España son de estos millonarios. A lo que podemos aspirar es a que no vengan como turistas, que entiendan, aunque no lo hablen, el español y que la suma que hayan aportado a las arcas vencedoras sea cercana a la que envían a París o Roma y no a la que va a El Salvador o Kenia. (Esto último sería humillante). No todos han reunido esos requisitos.

En España son pocos los embajadores «políticos» y no hay que escandalizarse. Hay ocasiones, además, no en todas, en que el nombrado, por su idiosincrasia, formación, conocimientos, hace un excelente embajador. Paco Vázquez es uno de estos y yo, ante algún compañero quisquilloso, lo he puesto como modelo de embajador rentable para España. Se ganó a la Curia y a buena parte de la sociedad romana en momentos delicados, lo que fue fructífero para nuestro país, y eso es lo que cuenta.

Mientras escudriñaba internet seguí, angustiado, dando vueltas al asunto. (Retirar las condecoraciones es una pena condigna con un pecado muy gordo). ¿Había dicho Vázquez que la democracia o Galicia eran una caca y que Castelao, Pardo Bazán, Fernández Flores y Valle Inclán eran unos escritorzuelos de medio pelo? ¿Había irrumpido beodo en un pleno del Ayuntamiento coruñés y, al grito de «sois unos incompetentes», hecho pipí en el estrado? Era impensable, pero, como diría mi madre, a lo mejor «se le había volcado el juicio».

Por fin me llegó la luz clarificadora y tranquilizadora. Un grupo de diputados gallegos de En Marea se ha sentido herido, ultrajado, por unas declaraciones de Vázquez a la cadena Cope. La indignación de esos políticos gallegos es una mezcla de estulticia, sectarismo y bisoñez. Con uno solo de estos ingredientes casi no sería concebible la reacción airada y el ridículo que se corre presentando mociones así en las Cortes con la que está cayendo en estos momentos. Me recuerda, en lo ridícula, la que estuvo a punto de presentar el PSOE en la oposición escandalizándose de que el ministro Dastis pasara unos días de vacaciones en la Embajada en Quito. Olvidaba que las Embajadas son edificios del Estado pero también domicilio privado del embajador; hace en él multitud de actos oficiales, pero asimismo privadamente invita a quien le place.

Los miembros de En Marea, en los días en que salta un plagio nada menos que del presidente del Senado, cuando se cumple un año del destape asimismo plagiario del presidente Sánchez sin que haya aportado ninguna aclaración, en fechas en que la ONU, por boca de la expresidenta chilena y socialista Bachelet, afirma sin tapujos que el régimen de Maduro es impresentable y pisotea los derechos humanos, no se sienten conmovidos por nada de esto pero les duelen dos afirmaciones de Vázquez: la primera, que nuestra vicepresidenta vestía inapropiadamente y con estética bastante discutible cuando visitó el Vaticano. Vázquez estaría así humillando a todas las españolas (?) con afirmaciones de épocas en que se oprimía a las mujeres.

La conclusión es de un sectarismo infantil. Vázquez no humilla a nadie. Conoce el protocolo vaticano y concluye que la vestimenta de la señora Calvo no era la adecuada. Sin más. Por otra parte, si se puede decir que el simpático presidente de los Comunes lleva corbatas estrafalarias o que tal político viste como un hortera, ¿por qué no se pueden cuestionar los modelos de una política? ¿Más feminismo rabioso y estulto? ¿Una variante del disparatado «las mujeres llevan razón sí o sí»?

La imposición por En Marea del pensamiento único es aún más clara en la segunda acusación: Vázquez merecería que le quitaran (¿en público, como a Dreyfuss?), las condecoraciones porque ha osado criticar la Ley de Memoria Histórica por ser «revanchista y un remedo de la Ley franquista de represión del comunismo y la masonería». No tendría derecho a decir eso, lo convierte en fascista. Como yo al escribir este artículo o cuando sostengo que en la Guerra Civil, que ganó Franco, las dos partes hicieron desmanes (¿existió Paracuellos?) y no hay que poner la lupa en los de solo una de ellas. También yo soy ya fascista y despojable de mis condecoraciones.

Con todo, pienso que resulta mucho más fascista el que nada en el pensamiento único y el que, como algunos inspiradores de En Marea, llenaron un 15 de mayo la Puerta del Sol de Madrid con el eslogan: «La soberanía no está en las Cortes, está en esta plaza». Eso es puro fascismo, versión leninista.

Termino con otro eslogan para los ultrajados mareantes: «Sí se puede: hacer el ridículo»

Inocencio F. Arias es embajador de España.

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