En Medio Oriente, solo la locura parece capaz de mantener la paz

Un soldado israelí mirando hacia Siria desde los Altos del Golán Credit Uriel Sinai para The New York Times
Un soldado israelí mirando hacia Siria desde los Altos del Golán Credit Uriel Sinai para The New York Times

EN LA FRONTERA DE SIRIA, Altos del Golán – Quién diría que el futuro de la guerra llegaría en un sitio de tal belleza tranquila, como uno de esos cálidos paisajes decimonónicos de David Roberts en Medio Oriente.

¿Cómo es eso? Estoy viajando a lo largo de una carretera fronteriza en la intersección entre Líbano, Siria e Israel, y a la distancia hay un recientemente nevado monte Hermón, suplicando que lo visiten los esquiadores. Está enmarcado por pueblos libaneses y sirios enclavados en laderas en terrazas, coronado con minaretes y cruces. El único sonido que puede oírse son ráfagas de rifle ocasionales de cazadores libaneses.

Sin embargo, esto no es una pintura de Roberts. De hecho es el segundo lugar más peligroso del planeta —después de la península coreana— y el idílico telón de fondo de cómo se ven los conflictos armados del siglo XXI.

Escondido en estos pueblos, laderas y bosques de pinos es posible encontrar un Estado —Israel— que trata de moverse en un campo de batalla donde están el ejército de un Estado rival (Siria), una superpotencia regional enemiga (Irán), una superpotencia global (Rusia), dementes y mercenarios extremadamente empoderados (de Hezbolá y del Estado Islámico), así como sectas y tribus locales (drusos y cristianos).

Vine a esta concurrida intersección porque podría estallar en cualquier momento. Si las confrontaciones en Siria e Irak entre una gran coalición global y el Estado Islámico (EI) fueron la gran historia de 2017, la de 2018 seguro será la confrontación que está cocinándose entre Israel y la coalición Irán-Hezbolá-chiitas que abarca las fronteras siria y libanesa con Israel.

Durante los dos últimos años, entre 1500 y 2000 consejeros iraníes que operan fuera de Beirut y Damasco, la capital siria, han estado dirigiendo a miles de mercenarios libaneses chiitas proiraníes de Hezbolá, a las fuerzas armadas sirias financiadas por Irán y a cerca de 10.000 mercenarios chiitas proiraníes de Afganistán y Pakistán, con el propósito de derrotar a los sirios sunitas rebeldes y al EI en la guerra civil de Siria.

Personalmente, no estoy en contra de Irán. Respeto sus legítimas preocupaciones de seguridad en el golfo Pérsico. Sin embargo, tengo dos preguntas: ¿qué diablos hace aquí Irán, ayudando a detener la democracia en Líbano y frenar cualquier esperanza de que el control de Siria sea compartido entre varios, y ahora amenazando directamente a Israel? ¿En qué medida Rusia, socia de Irán para aplastar el levantamiento en Siria —pero también un país que tiene buenas relaciones con Israel— usará sus misiles avanzados tierra-aire S-400, que ahora están por Siria y Líbano para proteger a Irán y Hezbolá?

Ambas preguntas cobraron relevancia recientemente. Consideremos lo que el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, dijo después de reunirse el 29 de enero con Vladimir Putin por séptima ocasión en dos años: Israel no permitirá que Irán se atrinchere en Siria y convierta a Líbano en una “fábrica de misiles de precisión. Le dejé claro a Putin que nosotros lo impediremos si no se detiene por sí mismo”.

Vaya.

Hasta ahora, el comando militar israelí ha jugado extremadamente bien su partida de ajedrez en tercera dimensión de la guerra del siglo XXI: ha logrado quedar fuera de la guerra civil siria al tiempo que destruye con gran precisión los intentos de Irán y Hezbolá de actualizar su capacidad balística en contra de Israel. Los funcionarios israelíes dirían que Hezbolá e Irán han estado jugando muy bien también de su lado. Y siguen tratando de avanzar aunque sea poco a poco.

Así que, ¿cuál es la estrategia de Israel para mantener la flama baja en su conflicto con Hezbolá e Irán? En primer lugar —y el más importante—, dejarles claro a Hezbolá e Irán, a través de varios canales, que no pueden ganarle en locura a Israel. Es decir, si Hezbolá e Irán piensan que pueden ubicar lanzadores de misiles en pueblos y ciudades libanesas y sirias densamente pobladas —y esperar que Israel no los destruirá aunque hacerlo conlleve muchas pérdidas civiles como daño colateral— están tan equivocados ahora como lo estuvieron en 2006.

Los estrategas militares israelíes están más convencidos que nunca de que la razón clave por la que Hezbolá ha evitado conflictos importantes con Israel desde la gran guerra israelí contra Hezbolá en Líbano en 2006 es que la fuerza aérea israelí —sin límites ni piedad— golpeó la infraestructura libanesa, así como las oficinas y objetivos militares de Hezbolá en los suburbios sureños de Beirut: no para matar a civiles, pero tampoco para ser detenidos por ellos, si quedaban atrapados entre los cuarteles y las armas de Hezbolá.

Sí, fue horrible y brutal, como lo reconocen los estrategas israelíes, pero funcionó. Esto no es Escandinavia. “La realidad aquí comienza donde termina tu imaginación”, dijo un funcionario israelí. A veces solo la locura puede detener a la locura. El líder de Hezbolá, Hasán Nasrala, definitivamente recibió el mensaje. Después de la guerra de 2006 declaró que nunca habría echado a andar ese conflicto de haber sabido de antemano que Israel haría tanto daño a sus simpatizantes chiitas y sus propiedades: “No, en lo absoluto”, dijo.

Los estrategas israelíes esperan que recuerde eso y que Irán también lo haga. Dicen que si Teherán piensa que puede lanzar una guerra subrogada en contra de Israel desde Líbano y Siria —donde su frente iraní se mantiene inmaculado—, debería pensarlo de nuevo. Israel no ha comprado submarinos clase delfín que puedan operar en el golfo Pérsico ni los armó con misiles de crucero para pescar en aguas profundas.

Israel, Irán y Hezbolá están más fuertes que en 2006. Sin embargo, cada uno tiene más que perder en una nueva guerra de misiles. El llamado “Silicon Wadi” de Israel —una vasta red empresas de alta tecnología a lo largo de su planicie costera— se ha convertido en un enorme motor de crecimiento. Hezbolá e Irán ahora han asumido control virtual sobre los Estados sirio y libanés. Nadie quiere perder sus ganancias.

Eso debería ser una fuente de optimismo. Pero, caray, hay demasiadas probabilidades de que un error de cálculo en este abarrotado tablero de ajedrez en tercera dimensión termine por ser sanguinario, como para estar optimista de que los próximos doce años serán tan tranquilos como los doce anteriores.

Como me dijo un funcionario del ejército israelí en la frontera entre Siria e Israel: “Queremos mantener el statu quo para siempre, porque cualquier otra cosa se ve peor”.

Thomas L. Friedman

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