En mitad de ninguna parte

Que yo recuerde, Juan de Mairena en sus clases de retórica no se ocupa de los artículos intercambiables. Me refiero a esos textos que avanzan sin otro sostén que un andamio de lugares comunes que, de tan repetidos, nos parecen indisputables. Nunca se llega a decir nada, aunque todo suena muy convincente. Permítanme recrear el género: “Hay que evitar cualquier extremismo. Lo que tienen que hacer los que están a favor y en contra de X es buscar consensos, dialogar, ceder en sus radicalismos. Los que no estamos ni con unos ni con otros nos vemos tironeados por quienes vuelven la espalda a soluciones democráticas y pactadas. La única propuesta realista y responsable pasa por establecer puentes y ceder cada uno un poco, hasta llegar a acuerdos en donde nos encontremos todos. La intransigencia no conduce más que al enfrentamiento y a extremar posturas. La moderación y la prudencia han de regir cambios que opten por soluciones imaginativas”.

Basta un examen superficial para reparar en que la naturalidad del chisporroteo anterior escamotea supuestos que están lejos de resultar obvios. Sin ir más lejos, el de que siempre hay soluciones intermedias. Algo discutible. Si sustituyen X por pena de muerte lo comprobarán. El problema no es de discrepancias o actitudes políticas, de moderación o radicalismo, sino de naturaleza de las cosas y claridad de ideas. Se puede estar más o menos cansado o gordo, pero no se puede estar un poco embarazada o muerto. La distinción entre la calidad de las cosas y la calidad de nuestras ideas sobre ellas no es una tontería. La próxima vez que alguien le diga “piensa y aclárate, ¿me quieres o no?” recuerde que, con toda la razón del mundo, le puede contestar: “tengo muy claro que mi sentimiento es confuso”. Tener claro que una realidad es confusa no es lo mismo que tener una idea confusa sobre la realidad.

La secesión es uno de esos asuntos que no toleran el equilibrismo. Una frontera se levanta o no. La ciudadanía, a diferencia de la estupidez, no admite grados. A partir de determinado momento dejamos de compartir derechos y libertades con millones de conciudadanos. Por voluntad de una parte, ya no integramos la misma comunidad de decisión y de justicia. La voluntad y el oficio de los nacionalistas nos ha situado en ese terreno y, a estas alturas, entregarse al consolador conjuro de los buenos deseos comienza a ser algo peor que deshonestidad intelectual. La disposición a ignorar las malas noticias, a creer que lo que se quiere llegará a ser y que podemos jugar con situaciones dramáticas sin instalarnos en el drama, es un ejercicio de adolescencia política que no nos podemos permitir. La falta de limpieza mental, a fuerza de hurtar o edulcorar los problemas, los ahonda.

Ejemplos de esa inmadurez no faltan. El más evidente está en la trastienda de la esperada pregunta, que han resultado ser dos y malas: ni claras ni distintas no descartan resultados inconsistentes. En el trasfondo del despropósito no hay más que el intento de satisfacer la imposible exigencia de ICV de “una pregunta que permita contestar afirmativamente tanto a los independentistas como a los federalistas”. En realidad, solo había una pregunta, condición de posibilidad de cualquier otra, que permitiera salir de ese atolladero y que yo hubiera ofrecido gratis si me hubieran consultado: “¿Debemos abolir el principio de contradicción?”. Solo bajo el supuesto de que cabe apuntarse a una cosa y la contraria, tenía sentido la reclamación de ICV.

Algunos podrían creer que estas ocurrencias son herencias de los tratos de ICV con la dialéctica hegeliana o —esto quizá sea mucho suponer— con las lógicas paraconsistentes. Pudiera ser, aunque hay razones para pensar que la causa última se encuentra en una atmósfera juvenilmente atolondrada común en la política catalana, tan gestera y ampulosa. Al cabo, no es menor el desatino de ciertos socialistas cuando defienden que en el PSC caben independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas, esto es, unos que quieren discutir cómo vivir juntos y otros que quieren convertir en extranjeros a sus conciudadanos.

Nadie que piense limpio puede decir estas cosas. Un socialista, menos aún. El independentismo busca reducir el perímetro de la ciudadanía. Los derechos y las redistribuciones solo se contemplan para unos cuantos, los nuestros. Por decisión de unos, otros no cuentan. De hecho, de estar justificado el derecho de secesión (de la rica Cataluña respecto de España), la posibilidad de levantar unilateralmente una frontera, habría que contemplar un equivalente derecho de expulsión (de la pobre Extremadura de España).

Las cosas son exactamente al revés. El acuerdo importante se sitúa al otro lado de la pregunta de ICV o del fantasioso partido “oh, benvinguts, passeu passeu, ara ja no falta ningú”. Federalistas y jacobinos, socialistas y conservadores, no ponen en duda quiénes son sus conciudadanos. Quienes se toman en serio la democracia comparten un compromiso con una comunidad de ciudadanos iguales en derechos y libertades, donde la procedencia territorial es una simple circunstancia geográfica y parcialmente cultural que jamás puede ser fuente de privilegios ni fundamento de exigencias políticas. Sobre esa convicción compartida, los ciudadanos levantan sus discrepancias razonables, la posibilidad misma del debate democrático, de abordar los problemas —entre ellos, una financiación más justa y más eficaz— sin otros avales que la apelación a lo justo y debido.

Formar parte de la misma comunidad política implica que unos a otros nos otorgamos la elemental dignidad de debernos razones. Tenemos la obligación de explicar nuestras propuestas y el derecho a esperar explicaciones de los demás. Con los extranjeros eso no sucede. El que quiere levantar una frontera excluye a sus conciudadanos de su comunidad de justicia y de decisión, no los considera dignos de recibir razones. Por eso, la discrepancia política fundamental se establece entre quienes quieren la ruptura de la comunidad civil y quienes no, entre quienes defienden la secesión y quienes nos reconocemos conciudadanos. Una vez trazada esa línea, comienza la pasión de la democracia, entre gentes que aspiran a entenderse y a resolver sus discrepancias.

Pero hay otro problema en la retórica de las “soluciones intermedias”. Y es que, incluso cuando son posibles, no hay razón para atribuirles superioridad alguna. Algunos defensores de la tercera vía no tienen más argumentos que la vacua cháchara con la que comenzaba este artículo, ese “ni unos ni otros”. Tampoco ahora hay que confundir el sesgo cognitivo en favor del “camino de en medio”, la fascinación de la equidistancia, del que tanto provecho obtienen encuestadores y defensores de la superstición del “centro político”, con las buenas razones. El único atractivo de la tercera vía es su indeterminación. El alivio de la vaguedad ante los malos diagnósticos. Para confirmar la eficacia balsámica de los buenos deseos basta con ver la alegría con la que desde el PSOE se defienden dos propuestas incompatibles, el federalismo y el trato diferencial para “las comunidades históricas”. Todos están de acuerdo aunque no se sabe en qué y mejor no entrar en detalle, no sea qué. El problema de las soluciones intermedias es su inexorable imprecisión, su contenido mudadizo, subordinado a unos extremos que perfilan otros. Si mañana se interviniera la autonomía catalana, como hicieron Eisenhower, Kennedy o Johnson en diversos Estados de la Unión o Blair en el Ulster, el camino de en medio sería otro bien distinto.

La tercera vía no es nueva. Llevamos la vida entera en ella. La situación actual es la tercera vía respecto a otra previa que era la tercera vía de otra que también se presentaba como solución. En ese guion falaz ha instalado el nacionalismo su identidad y su estrategia: crear problemas para los que se presentan como solución y vuelta a empezar. Un somero paseo por Google confirma que, ya en los días en que se gestaba el Estatut, quienes ahora reescriben la historia y presentan los “recortes” del Constitucional como el origen de su independentismo, nos anticipaban que, fuera cual fuera el resultado, no bastaría para satisfacerlos, que el Estatut era solo estación de paso. La vida entera en la tercera vía y estamos peor que nunca. La política como promedio es, casi siempre, la política mediocre.

Félix Ovejero Lucas es profesor de la Universidad de Barcelona.

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