En nombre de la civilización occidental

Conocíamos la violencia que podía generar el antisemitismo y estábamos preparados. No se nos escapaba el daño que puede hacer el fundamentalismo islámico y estábamos vigilantes. Lo que no nos esperábamos es que alguien, reencarnando la figura del «vigía de los valores occidentales», perpetrara un atentado como el de Oslo en nombre de unos valores cristianos amenazados por las hordas islámicas y marxistas.

Cierto es que el cristianismo tiene tras de sí una larga historia de violencia como bien reconocía el Gran Inquisidor de Dostoieusky en Los hermanos Karamazov ante un desvalido Jesús de Nazareth que había osado volver a la tierra para recordar a los suyos que le habían traicionado. El antisemitismo, sin ir más lejos, ha cabalgado a lo largo de los siglos a lomos de las prédicas eclesiásticas que llegaron a olvidar que el propio Jesús era judío. Como dice el historiador Raul Hilberg, entre la sentencia pontifical, pronunciada en el siglo IV cuando el cristianismo era la religión del imperio, a saber, «no podéis vivir entre nosotros como judíos», y el dictum nazi de «no podéis vivir», hay una íntima y constante complicidad. También conocemos la relación entre el terrorismo etarra y los seminarios vascos de los 60, por no hablar de las simpatías etarras de muchos curas en el presente. La sombra de la violencia de lo sagrado es alargada.

Con todo, sorprende esta exhumación del patriotismo cristiano, que invoca Behring Breivik, el autor de los atentados de Noruega, para justificar o explicar la masacre. Podemos tomarlo por un exceso retórico sin fundamento alguno en la realidad y pasar de largo. Pero hay algo indiscutible que da que pensar: la creciente advocación del cristianismo por parte de partidos políticos ultraconservadores que cultivan con gran entusiasmo «valores occidentales» que casan perfectamente con una determinada xenofobia.

El cristianismo político tiene dos almas: puede ser universalista o provinciano. Puede predicar la fraternidad universal y afirmar consecuentemente, como hace el protagonista de Natán el Sabio -el mayor canto a la tolerancia moderna gracias a la pluma de Lessing-que «todos, antes que judíos, cristianos o musulmanes, somos hombres», o, puede poner a disposición de las corrientes nacionalistas la tradición religiosa para apuntalar políticas de campanario. Puede poner el acento en la doctrina social y propiciar políticas socialmente avanzadas o hacerlo en una implacable ley y orden.

Parece indiscutible que la Iglesia católica trató de situarse tras la segunda guerra mundial en la zona templada del centro, promoviendo la democracia cristiana. España, con su nacionalcatolicismo, era la excepción. En la medida en que ese centro ha ido secularizándose y es en la extrema derecha donde más se aprecian sus buenos servicios, aparece el cristianismo más y más envuelto en aventuras peligrosas. Los españoles que vivimos la pesadilla de la dictadura franquista sabemos muy bien que cuando una política quiere salvar la civilización occidental lo que está defendiendo es su pasado más intransigente y, por tanto, la negación de los valores modernos que han hecho el mundo mucho más habitable. Esa civilización se ha construido ciertamente sobre el cristianismo, pero negando o expulsando, como hizo España, a judíos y a moriscos. El modelo tuvo éxito y se impuso por doquier. Hay una novedad que no puede pasar desapercibida: hasta ahora la defensa de occidente tenía por corolario la persecución del judío y ya sabemos lo que aquello supuso. Los modernos defensores de esta misma civilización occidental amenazada se declaran, sin embargo, filosemitas pero islamófobos. El juego es el mismo. Buscan la complicidad del cristianismo para defender lo peor de la civilización occidental: ayer contra el judío, hoy contra el moro, mañana contra cualquier diferente al prototipo de hombre occidental que cada grupo se invente.

Son muchos los países en los que han triunfado partidos ultraconservadores en los que podrían medrar personajes como el terrorista noruego. Todos, pero particularmente los partidos conservadores deberían estar alerta para no dejarse contaminar. El populismo xenófobo que ha triunfado en Badalona o Alcalá de Henares debería hacer sonar las alarmas en España. Pero en esta partida son las tres religiones monoteístas las que más interés deberían mostrar en combatir esos idearios políticos porque se juegan mucho. Decía que el cristianismo tiene como dos almas. No solo él. El islam puede hacer valer su generosa ética de la hospitalidad o su intransigente espíritu identitario; el judaísmo, cuna del reconocimiento del otro, puede apostar por la alteridad o por la negación del otro; el cristianismo, que entregó al mundo la parábola del buen samaritano, puede tomarse en serio la compasión o, por el contrario, imponer su verdad a sangre y fuego. A estas alturas, no parece que, en conjunto y salvando excepciones, estén ofreciendo su mejor versión. Si no siempre pueden impedir la violencia política de los otros, sí está en sus manos desacreditar a quien la haga en su nombre.

Por Reyes Mate, filósofo e investigador del CSIC.

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