¿En qué momento se jo… la cultura, zavalita?

EL mundo de la cultura lleva tres años justos en pie de guerra contra el Gobierno español. La cultura tiene dificultades graves –no sólo en España– desde hace más tiempo, dificultades de supervivencia, para ser francos, pero la guerra sólo empezó en nuestro país cuando el Partido Popular llegó a La Moncloa. Ello es perfectamente comprensible, y no lo digo porque el PP sea «la derecha», sino porque lo único que ha cambiado esta derecha en relación con la cultura han sido los presupuestos públicos, que ha jibarizado hasta la irrisión.

No es nada sencillo precisar muy bien qué se entiende por cultura, pero, para avanzar en este artículo, acépteseme llamar aquí cultura a las industrias culturales, los negocios relacionados con el libro, la música, el arte, etc. Es decir, las actividades de las empresas y los profesionales del asunto, que hasta ahora eran imprescindibles para el interés público. Tales negocios y actividades se encuentran amenazados de ruina y, en su mayor parte, de extinción. Ahora bien, ¿tienen la culpa del culturicidio los recortes, esa política reductiva e insensible de «la derecha»? ¿Tiene la culpa en el fondo la gran crisis económica que ahoga al Estado español, como a otros países europeos?

Creo que ya es hora de que el mundo de la cultura, en España y en todo el mundo civilizado, empiece a entonar su mea culpa. Por supuesto que el capitalismo, gran corruptor y corrupto, y su manifestación última en el estallido de 2007, así como la retirada de las subvenciones perpetrada por gobernantes incultos e iletrados, están terminando de ahogarla, pero la verdad pura y dura, en la que apenas repara nadie, es que la cultura se empezó a ahogar ella sola. Ella misma ha envenenado sus propias fuentes. ¿Cómo? ¿Cuándo?

El problema de las industrias culturales se sustancia a fin de cuentas en un solo hecho: las librerías, las tiendas de arte, los cines, los teatros, las salas de conciertos, pierden clientes, y lo hacen de una manera dramática. Querer explicarse este hecho como un mero efecto de la recesión económica es una tremenda ingenuidad. Los que trabajan en el ámbito de la gestión cultural están hartos de comprobar el curioso fenómeno de actividades culturales gratuitas o muy baratas que antaño concitaban mucho público y que hoy decaen penosamente. Es cierto que mucha gente no va a la tienda porque ya no puede comprar libros ni discos, pero también lo es que aumenta la gente que no va a la tienda porque, aunque tenga dinero, no siente ya interés por gastárselo en libros o discos. Este, y no otro, es el quid de la cuestión. Una cuestión que consiste meramente en que a las nuevas generaciones, y a las no tan nuevas, les seducen mucho más otras cosas que leer a Vargas Llosa o escuchar a Mahler o ver una obra de Pirandello.

Pero esas otras cosas que les seducen no son sólo las vaciedades del fútbol o la telebasura o la morralla que nos larga cada semana el cine comercial, no. Hay otras cosas que seducen cada vez más a la gente, y que no son tan bazofia pero que la han atrapado de un modo enormemente eficaz. Esas cosas tienen muchos nombres, casi todos en lengua inglesa, que se resumen en una expresión: «nuevas tecnologías». Las nuevas tecnologías son apasionantes, absorbentes, y desde luego facilitan mucho la vida, pero tienen un pequeño inconveniente: han esclavizado al consumidor, se han adueñado del alma –¡y del tiempo!– del ser humano. Y son tan apasionantes y absorbentes precisamente porque están en perpetua evolución, cambio, progreso, a tal punto que han llegado a convertirse en un fin en sí mismas. La tecnología ya no está hecha para el hombre, sino el hombre para la tecnología. Esta es la perversión esencial de nuestro tiempo, ¿y cuándo aparecerá otra vez el profeta, el Jesucristo capaz de revertirla, capaz de hacer que sea el sábado (la tecnología) para el hombre y no a la inversa?

Pero el mundo de la cultura es culpable de esto, porque ese mundo, en Europa, en todo Occidente, se ha pasado demasiado tiempo exaltando el progreso, y un progreso sin límites, porque el mundo de la gente ilustrada ha creído que el hombre, al fin, no tiene otra raíz que el imperativo de progresar y de avanzar continuamente. Porque la inteligentsia europea, desde hace un par de siglos, no ha tenido más obsesión que agitar al hombre y a la mujer para romper sus lazos con el pasado, con la tradición, con la religión, con las bellas artes, con la familia, con el hogar, sinónimos todos de opresión y atadura. Y bien que ha logrado romperle esos lazos, pero no ha sido en cambio capaz de crear otros válidos. De manera que el hombre de nuestro tiempo se ha convertido en un pelele de los poderes económicos que se lucran a mansalva con su estúpido embeleso ante la producción ya infinita de nuevos juguetes, de nuevos artificios que han terminado por pervertir su naturaleza.

Al combatir lo que él llama conservadurismo, al minar tan a fondo la natural resistencia del ser humano a los inventores de máquinas y a los magos de la materia (los que han convertido las piedras en pan, pero para comérselo todo ellos), al dejarlo tan a merced del último capitalismo, casi siempre anglosajón, el mundo de la cultura ha permitido crecer a un monstruo que ahora mismo lo está devorando sin la menor piedad. Me duele mucho decir que el mundo de la cultura se lo tiene bien merecido.

Enrique Álvarez, escritor.

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