En silencio

La metamorfosis que experimenta  la izquierda abertzale está sujeta al cumplimiento de la legalidad y al veredicto de los tribunales. Pero aunque consiguiera regresar a las instituciones le será ineludible enfrentarse a las reacciones que su cambio suscite en tanto que parezca limitado o incierto. La izquierda abertzale intenta volver a ser legal con el mínimo esfuerzo, mediante el registro de un nuevo partido político cuyos estatutos sean formalmente impecables. Posiblemente, el Gobierno le exija algo más si no quiere ver su nueva marca impugnada ante el Supremo: la condena o el rechazo explícito al terrorismo que encarna ETA. Esta sería la verdadera prueba a la que se enfrentaría la antigua Batasuna. No sólo tendría que acatar la ley de Partidos, sino que se vería conminada a cumplimentar la interpretación más exigente de las causas que llevaron a su ilegalización. Claro que los promotores de la nueva sigla siempre podrían eludir semejante compromiso de ruptura con la ETA de siempre y con la izquierda abertzale de hasta ayer para enfrentarse al Supremo y al Constitucional con el único aval de esos nuevos estatutos, aun a riesgo de continuar ilegales. Lo cual daría la medida exacta de la metamorfosis.

En la política vasca se está abriendo paso el argumento de que la legalización de la izquierda abertzale volvería irreversible el “alto el fuego permanente, general y verificable” declarado por ETA. Las voces más próximas a Batasuna lo defienden como demanda dirigida al Estado. Otras manejan el razonamiento desde posturas menos apasionadas pero igualmente convencidas de que la secuencia de la metamorfosis debe continuar con la acogida democrática a esa nueva izquierda abertzale. Se trata de una lógica cuya veracidad es imposible de comprobar, entre otras razones porque la banda terrorista no se ha pronunciado en tales términos. Una lógica que cuenta con la ventaja y con la desventaja de que sólo se puede rebatir con las razones del Estado de derecho. La eventual legalización de la izquierda abertzale no puede responder a motivaciones estratégicas por bienintencionadas que estas sean, sino a la razonada certeza judicial de que el partido inscrito en el registro de Interior no secunda ni retrospectivamente el empleo de la violencia física y la coacción.

Aunque ni siquiera la legalización disiparía las dudas que persisten sobre la verdadera naturaleza del cambio en la izquierda abertzale. Sus dirigentes han asegurado que su apuesta por vías pacíficas y democráticas responde a una reflexión autocrítica, pero no han precisado hasta dónde alcanza esa autocrítica. No se han escuchado valoraciones de orden ético. Sólo han trascendido reflexiones en voz alta emulando lo que Régis Debray escribió hace casi cuarenta años en su obra La crítica de las armas,o invocaciones triunfales al compromiso con la apertura de una nueva etapa en la historia de Euskal Herria que indefectiblemente conduciría a la independencia, para así eludir el hecho de que la única novedad esperada es la renuncia al terror. Parece imposible que la izquierda abertzale culmine su metamorfosis sin que ETA desaparezca. Cuesta imaginar cómo una formación ilegalizada puede desprenderse del carácter totalitario de sus postulados inscribiéndose en un registro. Es difícil saber en qué se reciclará la altanería matonista cuando no cuente con pistolas, o tuviera que enfrentarse a estas.

La democracia emplaza a la izquierda abertzale a dar explicaciones, pero la antigua Batasuna no puede detallarlas sin correr el riesgo de disgregarse. Por eso trata de superar la prueba de la legalización con el mínimo esfuerzo. Sabe que una combinación adecuada de silencio y mensajes circulares que no mencionen a ETA constituye la única vía de la que realmente dispone para tratar de ganarse un lugar en la democracia. El Constitucional dirá si eso es suficiente. Los dirigentes de la izquierda abertzale requirieron indirectamente a ETA un comunicado. Pero en él la banda se mostró tan incapaz de renunciar a su discurso impositivo que mejor si hubiese permanecido callada. Quizá ahora todo estaría algo más claro. No sería aventurado concluir que la mayoría de la izquierda abertzale se inclina por realizar  el tránsito a la democracia evitando mirar hacia atrás. La metamorfosis en silencio resulta extremadamente hiriente para quienes han padecido y tienen razones para temer que sigan siendo objeto de la persecución violenta. Pero más crueles resultan algunas explicaciones que sitúan la renuncia a las armas como la superación de una fase gloriosa para la lucha de Euskal Herria. Deberían tenerlo en cuenta aquellos que esperan otro comunicado aclaratorio por parte de ETA.

Kepa Aulestia

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