¡En zona de peligro!

Durante el transcurso de la noche electoral todas las televisiones hicieron en sus respectivos paneles una división entre la izquierda y la derecha, dejando fuera a los diversos nacionalismos periféricos y a formaciones muy minoritarias y probablemente inclasificables. Recurrieron como requiere el medio a lo más simple, aunque fuera inexacto, a pesar de ser un trampantojo, y aunque fuera inservible. Pero la realidad es que la derecha no tenía en esos paneles, ni tiene con los resultados finales de estas elecciones, dónde recabar votos para gobernar, y la izquierda tendría que recurrir a los partidos independentistas que tienen a sus líderes en prisión para conseguir la investidura y poder gobernar con un mínimo de estabilidad. No hicieron los medios la separación más interesante, más razonable y previa a todas las demás. Era difícil hacerlo y sobre todo comprometía demasiado a sus realizadores. Pero la separación que nos interesa es la de los partidos constitucionales –aquellos que defienden la Constitución del 78, aunque alguno de estos quiera realizar reformas en el texto de la Carta Magna– de los que la impugnan en sus bases más características, en los «conceptos implícitos» del texto, que Azaña con ocasión de la defensa de la Constitución republicana sostenía: «… sino en los límites conceptuales implícitos en los dogmas que presiden la organización del Estado en la República».

La evolución de la división entre partidos constitucionales y los que de una u otra forma no lo son, aunque vistan su oposición con continuas enumeraciones de artículos de la misma –como hace Iglesias o entonando ¡vivas al Rey! como hacen en Vox–, es la que verdaderamente habla de las dimensiones de nuestra crisis política. En el año 1996, en periodo bipartidista, los diputados constitucionales en el Congreso sumaban 297; en el 2008 llegaron a la máxima representación constitucional, fueron 324 los asientos ocupados por los partidos que defienden la Constitución. En la legislatura del 2016 estaban en 254. En estos últimos comicios, recién celebrados, la suma del PSOE, PP y Ciudadanos no llega a 227, y el resultado sigue siendo igual de escuálido si unimos a este grupo los partidos de Comunidades Autónomas o provincias que no superan los dos diputados.

«Era inverosímil que la especie humana hubiera llegado a una cosa tan bella, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural», así se refería Ortega con estas bellas palabras a la democracia moderna. Leyendo la más bella definición de la democracia sentimos impulsos irrefrenables de gritar: «¡Saquen sus groseras manos de ahí, por favor!». Porque los políticos actuales ven, a pesar de sus grandilocuentes y vacías proclamas, tosquedad donde el filósofo observaba belleza; sienten que es simple lo que Ortega notaba como paradójico, contemplan desaliño, y hasta la fealdad de los instrumentos para medrar, donde él veía elegancia. Donde El Espectador madrileño ve la revolución de la razón, ellos ven la ruda y natural rutina de las costumbres o de la biología.

Nuestras democracias han asentado el progreso, la libertad individual y una igualdad insuficiente, pero a la vez desconocida en nuestra historia, en la centralidad, en la moderación, en el pacto y en el equilibrio entre poderes. Estamos sin duda en una zona de máximo peligro para nuestra democracia. Los independentistas catalanes, en colaboración con partidos vascos como Bildu, se sienten justamente ganadores en su territorio y mantendrán sus objetivos finales, tal vez cambiando tiempos y formas; pero hoy no tienen motivos para cejar en sus pretensiones y nos volveríamos a equivocar gravemente si confundimos un cambio de táctica política, por ejemplo la de ERC, con una renuncia a sus objetivos. Sólo estaríamos comprando un tiempo que les favorecería a ellos y debilitaría a los partidos constitucionales. Por otro lado, Vox reclamará los frutos de su innegable éxito electoral, influyendo más decisivamente en las políticas de los gobiernos que de ellos dependen y condicionando los comportamientos del PP, que deberá contar con verdaderos valientes para zafarse de la paralizante presión a la que serán sometidos por el populismo de derechas.

Unos para un lado y los otros para el contrario. Irreconciliables. Ofuscados. Beligerantes. Los extremos políticos en España vuelven a dominar nuestra política. Los fantasmas del pasado, que creíamos olvidados en el más oscuro y lejano rincón de nuestra historia, vuelven con ímpetu renovado. El sectarismo y la exageración vuelve a nuestra vida pública y con ellos la España de la negación. ¡Si!, la España de la negación; esa que se fortalece en guerra continua con las otras Españas legítimas y posibles, aquélla que se niega a escuchar, a comprender las razones de quién no piensa como los suyos. La España que renuncia a los acuerdos, porque cualquier pacto es la renuncia a unos principios que la hacen más fuerte cuanto menos diversa sea. Efectivamente, el sectarismo, la exageración, el apasionamiento con el que hacemos nuestras algunas ideas, ha hecho imposible que compartamos sólidos denominadores comunes, necesarios para que quepa en ellos la idea de una nación amplia, generosa e integradora que tuvieron los constituyentes y que en tan pocas ocasiones en nuestra historia hemos tenido la oportunidad de ver. Por el contrario, nos hemos encontrado con tantas ideas de España como siglas; pareciera que la carencia de símbolos nacionales compartidos, de una historia sentida común a todos y de un futuro que dependa de nuestra voluntad unida, ha sido sustituida por un patriotismo de sigla, de campanario, más fuerte cuanto menor es su ámbito o su importancia. Y estas últimas elecciones nos permiten decir que corremos el riesgo de ser alcanzados por esos fantasmas de los que huimos con esperanza y mucho valor durante el último tercio del siglo pasado.

¿Qué pensarán los candidatos en esta mañana invernal? Seguro que casi todos tienen algún motivo para pedir tranquilidad y alguna victoria para alegrar los espíritus alicaídos de su grey. Sánchez ha ganado las elecciones generales con 32 diputados de diferencia sobre su alternativa, ¡quién nos iba decir cuando hace menos de cuatro años no llegábamos a los 90 asientos en el Congreso que hoy seríamos el primer partido del arco parlamentario y dejando muy atrás a la formación de Iglesias! Casado ha visto cómo el PP sube hasta 88 diputados, 22 más que en las últimas elecciones generales. No tengo razones desconocidas para explicarles las sensaciones que tendrán Abascal y los suyos. Iglesias podrá decir a su militancia que el Gobierno de coalición está más cerca que en junio y habrá suficiente para muchos. Sólo Rivera carecía de los más mínimos motivos para esgrimir ante los suyos, o en la soledad más íntima, que en el lugar más insospechado existe un clavo ardiendo al que agarrarse. Y dio ayer el paso correcto de dimitir.

Pero permítanme una visión desligada de las siglas respectivas, de los intereses partidarios. Hoy estamos más cerca que nunca de la proliferación de unas Españas sectarias, pequeñas y mezquinas; incapaces de comunicarse, de acordar para mantener una España en la que cabíamos la inmensa mayoría de españoles: la España del 78. No veo motivos para la alegría, sólo aquéllos que siempre la han combatido pueden mostrarse satisfechos. Rivera sabía que nadie desde hace mucho tiempo se había equivocado con tanta fruición como él en estos últimos meses. Casado ha sabido que no se trata para ganar de elegir entre Rajoy y Aznar, que a él le corresponde la soledad dramática de estar solo en la plaza ante el toro, valga la metáfora en estos tiempos de dominio de lo políticamente correcto. Ambos saben ya que Vox lo contamina todo a su alrededor y lo debilita. Sánchez ha visto en propia carne que la realidad incontrolada se impone a los mejores y más sofisticados presupuestos políticos y que un Gobierno bonito no es sinónimo de un Gobierno con autoridad moral.

Casado y Sánchez se encuentran en una terrible encrucijada que, en la superposición de sensaciones e ideas de las noches electorales, habrán vislumbrado con los primeros datos. Pueden comportarse como líderes de lo pequeño, de una de esas Españas reducidas y mezquinas que se sostienen en la negación y la beligerancia o pueden actuar con grandeza de miras, por encima de sus siglas, como estadistas. Es cierto que en España no tenemos la costumbre política de acuerdos basados en la corresponsabilidad trasversal entre distintos, en todo caso hemos asistido a pactos entre similares, generalmente para arrebatar el poder a la lista más votada. Por tanto, siendo casi imposible un Gobierno de coalición, el pacto entre el PSOE y el PP para ofrecer a los españoles una investidura y un Ejecutivo estable, basado en determinadas condiciones consensuadas, es una oportunidad magnífica para mostrar su grandeza. Esas condiciones se pueden resumir en tres ejes muy fundamentales: ambos, con la colaboración de Ciudadanos, deberían hacer prescindibles a los nacionalistas para la aprobación de Presupuestos y otras cuestiones denominadas de Estado; igualmente cualquier cambio constitucional o de los estatutos autonómicos requeriría de un acuerdo previo entre ambos partidos y por último el compromiso de definir conjuntamente las soluciones políticas que se deben proponer en Cataluña.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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